FIRMES EN EL AMOR CONYUGAL*
Podemos enmarcar al matrimonio como una dimensión del amor. El amor entre varón y mujer se ordena por su propio dinamismo interior a establecer una alianza matrimonial, ordenada “por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole” (Código de Derecho Canónico, cn 1055 #1).
Si bien el amor suele ser el origen último del matrimonio, sin embargo éste se constituye sobre “el consentimiento de las partes legítimamente manifestado entre personas jurídicamente hábiles” (cn 1057, #1. Y el Código de Derecho Canónico explica la naturaleza del consentimiento matrimonial diciendo que “es el acto de voluntad, por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio” (#2). El matrimonio, por tanto, no se fundamenta sobre el amor, sino sobre un acto de voluntad específico. El amor entre varón y mujer afecta –debe afectar- a la totalidad de la persona de cada uno de ellos, la rodea y penetra, la matiza y la expresa en la mayoría de sus actos. a vivir en el amor y a la procreación y educación de los hijos.
El amor de los esposos, conyugal, “es fiel y exclusivo hasta la muerte y fecundo, abierto a la vida y a la educación de los hijos, asemejándose al amor fecundo de la Santísima Trinidad” (Documento de Aparecida, n. 117), incluye el tiempo de que pueda disponer: “hasta la muerte. Con estos presupuestos, se puede entender mejor lo que hizo Jesucristo con el matrimonio: lo elevó a la dignidad de sacramento, convirtiéndolo en un medio de santificación para la inmensa mayoría de los fieles, signo y expresión de su amor esponsal por la Iglesia. El Documento de Aparecida explica la realidad del matrimonio cristiano de este modo: “El amor conyugal es asumido en el sacramento del Matrimonio para significar la unión de Cristo con su Iglesia, por eso, en la gracia de Jesucristo, encuentra su purificación, alimento y plenitud (cf. Ef 5, 25-33)” (l. c.).
De lo expuesto se deduce una dinámica, un modo concreto de vivir el matrimonio, aplicándole lo que San Pablo dice sobre el amor cristiano: “Déjense guiar por la humildad y consideren siempre superiores a los demás. No se encierren en sus intereses, sino busquen el interés de los demás” (Fil 2, 3-4). Propone tener a Jesucristo como modelo de vida: “Tengan entre ustedes los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús” (v. 5), y habla luego de la actitud de humildad de Jesucristo por amor a nosotros y de la exaltación que recibió por su humillación en servirnos (vv. 6-11).
Aplicado a la vida matrimonial, los esposos deben evitar cuanto suponga el querer sobresalir uno más que el otro (somos iguales en dignidad, fuera el machismo), tratando de considerar más al otro mediante el espíritu de servicio, comprendiéndose incluso en los defectos y faltas; evitar el buscar o prevalecer en los propios gustos, sino tener en cuenta los gustos (no caprichos) del otro por amor, por buscar siempre el bien de la persona amada. Vivan en Cristo, que es cuidar la oración y los sacramentos –la relación con el Padre-, así como su comportamiento, sintetizado en las bienaventuranzas.
Los años pueden agriar el buen vino si se expone al aire libre, o mejorar si está bien envasado; así en el matrimonio: se agría por la falta de comprensión, por vivir con los sentidos abiertos, por la rutina, por la falta de esfuerzo, o mejora por la comprensión, la mutua ayuda, por considerar al otro, por mirar juntos al futuro. Los hijos pueden convertirse en obstáculo o punto de unión, según la capacidad de sacrificio. Generosidad en el amor, como Jesucristo.
†Mons. Jesús Moliné Labarta, Obispo de Chiclayo
*Publicado en la Revista Vida en Familia
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