DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
Las semillas germinan en los lugares más dispares: frío calor, tierra, roca, etc. Hay semillas que crecen en el lugar preparado por el hombre, como sucede con el arroz. De modo semejante acontece con la Palabra de Dios: es como una semilla que Dios siembra en nuestros corazones germina, crece y fructifica según nuestras disposiciones personales.
Tal como dice el profeta Isaías, la Palabra de Dios es eficaz en su conjunto. Es una palabra que realiza lo que contiene, no se la lleva el viento: viene de Dios y se orienta a integrar a los hombres y al universo en la salvación traída por Jesucristo. Quienes rechacen o no acojan esta Palabra quedarán excluidos de esa salvación.
La Palabra de Dios es aceptar al mismo Jesucristo tal como es, Dios y Hombre, y lo que El nos comunica. Aceptar la Palabra es aceptar al mismo Jesucristo y dejarle actuar a El, presente en nuestro corazón: sus palabras no son otra cosa que comunicaciones suyas, revelaciones de Dios tendentes a integrarnos en la vida de Dios, a vivir la intimidad con El en nuestra vida de cada día. Jesucristo, Palabra de Dios, nos lleva a vivir su misma vida hasta alcanzar su plenitud, hasta la perfección. Por eso dirá San Pablo al final de su vida: “Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí”. De este modo la Palabra de Dios, Jesucristo, es una palabra viva, que da vida: la vida que hay en Jesucristo (“Yo soy la Vida”).
Conocemos las dificultades de las semillas para que germinen, crezcan y den fruto. A veces la tierra no está bien preparada, hay plagas, falta agua, hace calor o frío, etc. Nuestra experiencia personal nos muestra las dificultades que encontramos para que la Palabra de Dios se manifieste en nuestra vida. Dejando aparte a quienes no la escuchan o no quieren saber de ella (lo sembrado en el camino), las palabras de Jesús tienen actualidad sin tener que recurrir a especiales interpretaciones.
Puede darse en nosotros la actitud de acoger la Palabra de Dios con entusiasmo. Será una homilía o predicación, un retiro, una lectura, una conversación, etc. Pero no estamos dispuestos a poner en práctica de modo perseverante lo que nos dice la Palabra de Dios, comenzamos con entusiasmo, pero, en cuanto pasa el entusiasmo, vamos cayendo en faltas y dejamos de vivir lo que vimos claro que el Señor nos pedía. Jesucristo dice que eso ocurre a los que no tienen raíces, a quienes no perseveran en vivir en El y, por tanto, no están dispuestos en el empeño de vivir lo que nos dice, a levantarnos tan pronto como caemos. Tal vez no fructifica porque tenemos miedo a lo que los demás puedan pensar o decir de nosotros por vivir en cristiano (la imagen). Es una persecución insidiosa, de casi todos días.
La preocupación por sacar a la familia adelante, la búsqueda de un trabajo digno, la convivencia social, la salud propia o de un familiar o amigo y tantas cosas buenas por las que luchamos cada día, pueden hacer, sin embargo, que perdamos de vista a Jesucristo, que sólo le tengamos presente a la hora de pedirle algo que solucione nuestros problemas. Dicho en pocas palabras, que Jesús cuenta muy poco en nuestra vida, no es ni el segundo de nuestros amores. El mismo Jesús nos previene de la “seducción de las riquezas”, de lo que tenemos o esperamos tener, creyendo que no necesitamos de Dios o convirtiéndolo en un objeto más de consumo. (Por ejemplo ir a una procesión o rezar como un medio más para conservar lo que tenemos o esperamos tener, para satisfacer un sentimiento religioso, que no llega a transformar nuestra vida en cristianos auténticos.)
Hay eficacia de la Palabra de Dios en nosotros cuando hay frutos, es decir, cuando tratamos de poner en práctica lo que Jesús nos dice y porque El lo dice, siendo misericordiosos con todos, promotores de paz y de justicia, evangelizadores, leales con nuestros amigos y familiares, laboriosos, honrados en los negocios o en las pruebas -si son estudiantes-, serenos ante las dificultades de la vida, alegres. Para ser así tenemos las palabras de Jesucristo, su ejemplo y su gracia. El es el Camino para llegar a Dios, para ir al cielo. ¿Leemos con frecuencia el Evangelio para descubrir nuestra vida y avanzar como Jesucristo espera de nosotros?
Este Jesús, Palabra de Dios, se nos da como alimento en la Sagrada Comunión. Comulgar es garantía para hacer crecer la Palabra de Dios en nosotros, para dar eficacia sobrenatural a toda nuestra vida. “Sin Mí no pueden hacer nada”. ¿Comulgamos con este deseo de eficacia de mejor vida cristiana, de ser más eficaces en el apostolado?
(Necesitamos sacerdotes para la Palabra y la Eucaristía. Jóvenes valientes).
Santa María está junto a nosotros para animarnos a cultivar la Palabra de Dios en nosotros, haciendo lo que Jesús nos dice, sabiendo esperar los frutos como Ella los vio en Pentecostés.
Chiclayo, 10 de julio de 2005
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