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Homilías 2005

ASUNCION DE MARIA 2005

      La Iglesia celebra hoy la Asunción de María en cuerpo y alma al Cielo. Quien no padeció el pecado original tampoco debía padecer las consecuencias del mismo. Llena de gracia, siguió en todo a su Hijo, por lo que su paso por la muerte debía ser breve como el de Jesús y llegar a la plenitud gozosa de vida en el Cielo junto a Jesucristo, siendo recibida en el abrazo eterno de la Santísima Trinidad. San Josemaría nos explica así la unión de María con Jesucristo: “Nuestra Señora, hecha partícipe de modo pleno de la obra de nuestra salvación, tenía que seguir de cerca los pasos de su Hijo: la pobreza de Belén, la vida oculta de trabajo ordinario en Nazaret, la manifestación de la divinidad en Caná de Galilea, las afrentas de la Pasión y el Sacrificio divino de la Cruz, la bienaventuranza eterna del Paraíso” (Es Cristo que pasa, 176).

      María es la primera criatura que goza de la redención obrada por Cristo: su ascensión en cuerpo y alma al Cielo es la manifestación de que esa es la meta de cuantos siguen a Jesucristo, la nuestra. María, en su asunción, nos está indicando que toda nuestra vida debe ser una elevación: mejorar día a día nuestra vida de relación con Jesucristo, ser cada vez mejores servidores de los demás, superar la calidad de nuestro trabajo profesional, crear un ambiente más positivo en la vida social y de la Iglesia.

      La resurrección de nuestro cuerpo para unirse definitivamente a nuestra alma en el Cielo nos habla de la gran dignidad de nuestro cuerpo. San Pablo nos dice que le pongamos al servicio del espíritu, es decir, que nuestras obras corporales sean expresión de nuestra vida espiritual, de nuestro amor a Dios y al prójimo. Más aún, para evitar la fornicación, el Apóstol nos da una razón fundamental: nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo y, por tanto, no podemos entregarlo a cualquier capricho; él habla de no entregarlo a una meretriz. También habla en contra de la embriaguez y de la flojera. Dios habita en la totalidad de nuestro ser, que es alma y cuerpo.

      Una consecuencia es buscar la unidad de vida: no separar lo material de lo espiritual, realizando todas las acciones con rectitud de intención, es decir, hacerlo todo por amor a Dios y amor al prójimo. Todos nuestros actos, aun los más materiales, deben estar impregnados de ese amor, todos deben orientarnos hacia el Cielo. Esto nos llevará, por ejemplo, a cuidar nuestra salud espiritual a semejanza de cómo cuidamos la salud corporal, haciendo todo lo que esté a nuestro alcance para conseguir una salud espiritual cada vez más fuerte contando con la gracia de Dios.

      La Asunción de María fomenta en nosotros la esperanza de ir al, así como de conseguir los medios para alcanzar esa bienaventuranza. La experiencia de nuestra vida cristiana nos habla de que esa esperanza no defrauda, de que, cuando ponemos los medios, progresamos en vida cristiana.

      Estas afirmaciones no tienen sólo un destino personal. Tienen valor para todos, para las comunidades cristianas, para la Iglesia, para el mundo. Jesucristo es la Cabeza de la Iglesia, del Cuerpo Místico, cuyos miembros somos nosotros: todos los bautizados estamos unidos unos con otros. El ya está en el Cielo y le ha seguido su Madre Santísima. Le seguiremos nosotros también si caminamos juntos con El, si nos dejamos llevar por El: nos atrae para que donde El está estemos también nosotros, alabando a la Santísima Trinidad junto con la Santísima Virgen María. Le han seguido los santos en cuanto al alma. Todos debemos caminar unidos tras de Jesús pues somos una sola cosa con El. De aquí la importancia de la evangelización y de la catequesis para que todos conozcan a la realidad a la que están llamados y vivan en consecuencia. Este es el objetivo de la Gran Misión de Chiclayo. Es una consecuencia principalísima de nuestra fe la de misionar.

      Nos preguntamos, ¿qué diferencia hay entre la glorificación de María y la de los santos que están en el Cielo sólo con el alma? Los santos ya participan de la gloria de Dios, de la felicidad con el alma. Pero esta realidad será total en la resurrección final cuando el cuerpo se una al alma para nunca más morir. Quienes mueran en pecado mortal, dice Jesús, tendrán una resurrección de muerte: apartados de Dios para siempre, que es un morir sin llegar a morir, la eterna insatisfacción en lo íntimo del ser personal.

      En esta Fiesta de nuestra Madre del Cielo, alimentemos nuestro afán de superación, llenémonos de esperanza en que podremos alcanzar la resurrección de vida poniendo los medios a nuestra alcance -como son la oración y los sacramentos- dignifiquemos nuestro cuerpo poniéndolo al servicio de Dios y del prójimo y no envilecernos dejándonos llevar de tendencias negativas, de caprichos y del placer por el placer. Como aspecto práctico, se trata de poner el cuerpo con sus energías al servicio de las cosas del espíritu. Contamos con el infinito amor de Dios manifestado en Jesucristo, cuya manifestación es esta Santa Misa. “Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra” (l. c., 178).

Chiclayo, 14 de agosto de 2005


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