DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO
Buscando un punto de unión entre las diferentes frases del Evangelio que acabamos de escuchar, he encontrado esto: Iglesia. Somos Iglesia, comunidad salvadora fundada por Jesucristo, comunidad santa y necesitada de purificación, en la que debemos tener un comportamiento fraterno, que está presidida por quienes ha puesto el Espíritu Santo. Su fuerza reside en la oración en común, pues Cristo está en medio.
Con motivo de la preparación para la Gran Misión de Chiclayo, estamos tomando mayor conciencia de que la Iglesia la formamos todos los bautizados y, por tanto, todos somos responsables en buena parte de la marcha de la Iglesia. Ella es la comunidad a la que somos incorporados por el Bautismo. Más aún, ella nos acoge, a través de los padres y padrinos para administrarnos el Bautismo y hacernos miembros suyos. En ella participamos de los bienes de la salvación como es la Palabra de Dios, los Sacramentos -sobre todo de la Eucaristía-, la Jerarquía y la Comunión de los Santos. La Iglesia es así comunidad salvadora y de salvación.
En el centro de la Iglesia, como indica hoy el mismo Jesús, está El, Dios humanado -"donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"-, que nos une con el Padre y el Espíritu Santo: la Iglesia formada a imagen de la Santísima Trinidad. La unión plena con Jesús es posible dentro de la Iglesia, "signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia, 1).
Porque todos los bautizados estamos unidos en Jesucristo, todos y cada uno somos responsables de la santidad de cada uno de los demás. San Pablo lo expresará con la imagen del cuerpo, cuyos miembros son solidarios unos de otros (cf. 1Cor 12, 12ss) y, desde un punto de vista práctico, lo expresa diciendo: "¿quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?" (2Cor 11,29). Jesús nos habla, por este motivo, de la corrección fraterna: la actitud que debemos seguir ante un defecto de otro, ayudándole a que se santifique: decírselo a solas, luego, si no hizo caso, delante de otros dos, por fin, si no resultó lo anterior, a la comunidad. Porque lo que debemos buscar primeramente en los demás es su santidad. Por ello debemos ayudarles a corregir sus defectos y no propalarlos. Siempre con caridad, que es el primer deber en relación con los demás, pues "uno que ama a su prójimo no le hace daño", hemos escuchado en la Segunda Lectura. Le haremos daño al hermano que actúa indebidamente si no le corregimos con caridad y claridad. Así se evitan muchas murmuraciones, chismes. ¿Y si no me acepta? Te leo este texto de San Josemaría: "Si con lealtad, caritativamente, un buen amigo te advierte, a solas, de puntos que afean tu conducta, se alza dentro de ti la convicción de que se equivoca: no te comprende. Con ese falso convencimiento, hijo de tu orgullo, siempre serás incorregible" (Surco 707). Somos responsables de la salvación de los demás.
Esa es la actitud que se siguió con algunos que fueron sacerdotes de la Diócesis de Chiclayo y no se comportaron debidamente. Al final hubo que decirle a la comunidad que su conducta era reprobable, primero prohibiéndoles el ejercicio del ministerio y, después, cuando constituyeron un grupo cismático, una secta, se les dijo que estaban fuera de la Iglesia Católica, pues ellos mismo lo decían (quedaron excomulgados). Ahora van extendiendo sus errores aprovechándose de la sencillez de algunos cristianos, como son las supuestas ordenaciones de obispos y sacerdotes. Recemos por su conversión.
Estos hechos nos llevan a recordar que la Iglesia es Jerárquica por voluntad de Jesucristo. El mismo instituyó pastores que la guiaran en su nombre: el Papa y los Obispos, cuyos colaboradores inmediatos son los Sacerdotes. En virtud del Sacramento del Orden Sacerdotal están dotados de unos poderes para guiar al Pueblo de Dios en su peregrinar por el mundo, para servir a todos y cada uno de los fieles en cuanto se refiere a Dios, no para sobresalir o dominar, tal como dijo Jesús: "Quien quiera ser el primero entre Vds. hágase el servidor de todos (Mt 20, 26)". Que veamos en el Papa, en los Obispos y en los sacerdotes, dispensadores de los misterios de Dios, de la gracia de Dios, no pretender otra cosa de ellos.
Hoy, Día de la Familia, podemos aplicar lo dicho a la familia, "Iglesia doméstica". En ella se recibe no sólo la vida natural, sino, en la mayoría de los casos, la vida sobrenatural al llevar a los hijos a bautizar. En la familia, los hijos deben ser educados en las virtudes cristianas y sociales, entre otras la corrección fraterna. "Aquí se aprende [debe aprenderse] la paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de su vida" (Catecismo de la Iglesia Católica 1657). Recordar lo que nos dice el Concilio Vaticano II: "En el seno de la familia, los padres han de ser para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y han de fomentar la vocación personal de cada uno y, con especial cuidado, la vocación a la vida consagrada" (l. c. 11).
Hoy celebramos la Fiesta de Nuestra Señora de la Paz, Madre de la Iglesia y, por tanto, Madre de cada uno de nosotros. Ella estará contenta si tratamos de vivir cuanto se acaba de exponer porque así habrá paz en las familias, fundamento para la paz en el mundo. Acudimos a Ella para que cesen tantos ataques a la familia, para que la familia sea tenida en gran aprecio, como fuente de humanismo y primera escuela de virtudes sociales, que se regularicen tantas situaciones que ofenden a Dios y a la dignidad de la persona humana en relación al matrimonia y a la familia. Le pedimos que haya educadores de los niños y de los jóvenes para que descubran la alegría del amor humano: del matrimonio y de la familia -"es bonito", me decía un joven-. Le encomendamos a tantas familias carentes de ingresos fijos. Le encomendamos a tantos niños y adolescentes maltratados en sus hogares o fuera de ellos, a tantos niños y adolescentes en peligro moral. Que Ella, junto con Jesús y San José, nos enseñe a ser apóstoles de la familia, y nos comprometamos. Si trabajamos bien la Gran Misión, fomentaremos la vida en familia porque Jesús se hará cada vez más presente en cada una de las familias por la oración y por el deseo creciente de vivir según el plan de Dios Creador y Salvador.
Chiclayo, 4 de setiembre de 2005
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