DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO CLAUSURA DE LA GRAN MISIÓN DE CHICLAYO 2005
También nosotros, como en la Jornada Mundial de la Juventud, podemos decir que Venimos a adorarle. Durante dos semanas nos hemos preparado para este encuentro especial con Jesucristo en la Eucaristía, como manifestación de la Iglesia que peregrina en Chiclayo. Aquí está visible la Iglesia de Jesucristo, en la que se hallan presentes fieles de todas las parroquias de nuestra Diócesis, de los diversos movimientos y grupos diocesanos, de diferentes condiciones sociales y culturales, presentes nuestras autoridades. Somos reflejo del Pueblo de Dios, unido en la fe cristiana y vivida en las más diversas circunstancias; queremos que Jesucristo esté presente en todos y en todos los acontecimientos variados de nuestra vida ordinaria.
Venimos a adorarle en la Santa Misa porque creemos que aquí está la presencia por antonomasia – la presencia de las presencias- de Jesucristo en cuanto Dios verdadero y hombre verdadero. No se trata sólo de la presencia de su divinidad ni una presencia meramente espiritual. Se trata de su presencia real bajo las apariencias de pan y vino. Lo hace con todo el poder de Dios Creador, capaz de convertirlos en su Cuerpo y en su Sangre a través del ministerio del sacerdote. Aquí está la Iglesia que hace la Eucaristía a la vez que afirmamos que la Eucaristía hace la Iglesia. Hace a la Iglesia en sentido dinámico, en cuanto que la va llevando hacia una comunión cada vez más perfecta con Jesucristo y entre todos los bautizados, en cuanto que la hace crecer como comunidad salvadora y de salvación. Las sucesivas generaciones representadas en este Estadio son muestra de ese dinamismo de crecimiento de la Iglesia en comunión.
Venimos a adorarle atraídos y movidos interiormente por su palabra que acaba de ser proclamada en estos días de las Asambleas Familiares y en los diversos momentos de oración y de instrucción, singularmente en las lecturas de esta Santa Misa. Conscientes de la acción del Espíritu Santo en nuestra Diócesis, hemos seleccionado los textos que nos hablan de misión, de evangelización. Sentimos su impulso que nos lleva a continuar anunciando la Palabra del Señor a todas las gentes, a trabajar para que se haga realidad el texto de la oración: Que todos tengan un encuentro vivo contigo, Jesús. Con el Apóstol nos preguntamos: ¿cómo creerán si no se les predica, si no oyen hablar de Jesucristo? La tarea de la evangelización continuará hasta el final del mundo porque nuevas generaciones irán haciéndose presentes en el devenir histórico y a ellas habrá que anunciar también el mensaje evangélico, pues éste es para todas las mujeres y hombres que van llegando a la existencia en este mundo.
Queremos evangelizar a todos en nuestra Diócesis y más allá de nuestra Diócesis para que todos lleguen a participar de la Eucaristía y se establezca una verdadera cultura de la comunión por el encuentro con Jesucristo, presente en la Eucaristía, celebrada por la Iglesia, instrumento de unidad para el género humano. Para la convivencia social no bastan la serie de leyes que pretenden orientarla, es necesario llegar al interior del hombre, de modo que, dejándose llevar de la tendencia innata a la apertura a los demás, se convierta: que su interior sea reconciliado y purificado de todo egoísmo y cerrazón por la acción de la presencia de Jesucristo en su interior y en la Comunidad cristiana; que por la fuerza de Cristo, que atrae a los hombres hacia El hasta su presencia eucarística, se vaya cimentando y construyendo la unidad a la que todos aspiramos, en el respeto a la dignidad de la persona y a las legítimas expresiones –por lo demás opinables y, a veces, históricas – a las que conduce una misma fe cristiana. Jesucristo en la Eucaristía es el centro de la historia humana y de la creación en general.
Saliendo de esta Eucaristía queremos continuar anunciando lo que en estos días hemos comenzado a descubrir, como los pastores que adoraron a Jesús en Belén. En cada Parroquia se les dirá el modo de hacerlo. Pero recordemos que nuestra evangelización debe transformarse en cultura de comunión, es decir, en diálogo sincero entre nosotros, en la que todos piensen en el bien de los demás como parte del bien propio y actúen en consecuencia, en la que todos nos enriquecemos participando de los bienes espirituales y materiales de todos, construyendo el bien común. La Parroquia es el espacio ordinario en que personas y grupos, sobre todo por la Misa dominical, se vive la Iglesia como comunidad que forma a los fieles en Jesucristo.
Hablamos de cultura de comunión en este Estadio, testigo de diversas competiciones deportivas en las que tanto trabajo en equipo se ha hecho. Cultura de la comunión al aire libre, es decir, sin limitación de espacio o tiempo, sin limitaciones a cuanto signifique trabajar unidos para promover el bien, la justicia y la paz, la solidaridad entre todos los habitantes de nuestra Diócesis y del mundo. Construyamos la civilización del amor, que es la característica de la persona. Jesucristo en la Eucaristía es principio y modelo de comunión para la salvación del mundo.
Clausuramos también el Año de la Eucaristía. Al coincidir estas dos clausuras, decimos que, a la vez, son comienzo de una nueva etapa en la que todos tratamos de formarnos bien para que nuestra vida tenga unidad: que todos se esfuercen por vivir como buenos cristianos: los padres de familia como tales, lo mismo que los políticos, jueces, deportistas, profesores, estudiantes, amas de casa, etc. En Jesucristo en la Eucaristía, Señor de los Milagros, encontraremos la fuerza para la unidad de vida y evitar toda división, toda doblez.
La Misa de cada domingo ha de marcar para nosotros el ritmo ascendente hacia la unidad de vida, hacia la comunión con Jesucristo y, como consecuencia, con los hermanos. Necesitamos de la Santa Misa, necesitamos comulgar, necesitamos evangelizar más. En nuestra Diócesis, aún quedan bastantes lugares en los que no es posible participar de la Santa Misa dominical. Necesitamos más sacerdotes para que todos los fieles sean debidamente alimentados por el Cuerpo y la Sangre del Señor. Pidamos por esta intención.
María Inmaculada, Mujer Eucarística, de quien ha tomado Cuerpo y Sangre el Hijo de Dios, Madre de la Iglesia, nos ayudará a crecer en la vida de la Iglesia y a ser siempre misioneros que promueven la cultura de la comunión.
Para terminar, recordemos que esta Gran Misión fue preparada para conmemorar los 400 años de la muerte de Santo Toribio en Zaña y los 50 años de creación de nuestra Diócesis, cuya Patrona es María Inmaculada. Con la protección de ambos, nos disponemos a participar de un Año Jubilar en la Diócesis de Chiclayo.
Chiclayo, 16 de octubre de 2005
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