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Homilías 2005

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

      Los últimos domingos del Tiempo Ordinario nos proyectan hacia la segunda venida de Jesús al final de los tiempos. Los textos litúrgicos nos hablan de la espera vigilante de ante esa venida. La clave de la espera: la parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes necias. Debían estar preparadas de aceite para alimentar sus lámparas porque no se sabía a qué hora llegaría el esposo para celebrar las bodas. La parábola nos dice que debemos estar vigilantes, preparados, para la venida de Jesús al fin del mundo.

      Las sensatas se proveyeron de suficiente aceite, hicieron lo que debían hacer, las otras no. Las sensatas fueron diligentes, actuaron con amor a su tarea y al destinatario de su trabajo: el esposo que llegaría. La diligencia no sólo expresa prontitud para hacer las cosas, sino también, como dice su etimología, es actuar con amor poniendo el corazón en lo que se hace. Las necias pensaron más en sí mismas –lo que llamaríamos el suficiente, ya basta, actuaron sin verdadero amor-, y fueron excluidas de las bodas. Se nos pide superar la mediocridad en nuestra vida actuar con diligencia, con prontitud de ánimo, con amor, en el cumplimiento de nuestros deberes personales, familiares, religiosos y sociales.

      La segunda venida de Jesús es la meta de nuestra actitud diligente en todo: nos encaminamos hacia Jesús que llega hacia nosotros para juzgar a cada uno según sus obras buenas y malas, dando la felicidad a unos y la desgracia a los otros. Dar a toda nuestra venida el sentido de ir al encuentro de Jesús, que viene, con las lámparas encendidas de nuestro amor en las obras de cada día. El ilumina nuestro caminar para descubrir por donde debemos caminar, qué debemos hacer ú omitir. El es la luz del mundo, que ha derramado su Espíritu Santo en el corazón de los creyentes para que cada uno sea luminaria en medio de la oscuridad moral de este mundo.

      El amor fiel a Jesús es la gran reserva que tenemos para ser siempre luminarias vivas, que iluminan, no sólo señales fosforescentes. Por fidelidad a la humanidad y a la historia, los cristianos tenemos el deber de mantener encendida, viva, la lámpara de la fe para indicar donde está el verdadero humanismo, la verdadera dignidad del hombre. Porque Jesús es el hombre perfecto, en su Resurrección se ha dado la plenitud de la perfección humana, lo que el hombre debe alcanzar y que aún no ha conseguido del todo. El vendrá al final del mundo para dar esa plenitud a quienes vivieron unidos a El y esperaron en la plenitud de vida, que será la resurrección final: nuestros cuerpos se unirán definitivamente a nuestra alma, para gozar para siempre del amor y de la felicidad de Jesucristo resucitado, como ya lo hace la Santísima Virgen María. “Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús Dios los llevará con El” ( 1Tes 4, 13).

      Mientras llega el encuentro definitivo con Jesús, debemos vivir la verdadera sabiduría. Esta consiste en tener la sensatez de ser fieles cumplidores de nuestros deberes. La sensatez nos llevará reconocer cuáles son esos deberes que debemos cumplir, nos llevarán a conocerlos cada vez mejor. ¿Para qué? Para ser mejores cristianos, para cumplir mejor nuestro rol familiar, para ser buenos profesionales, para ser ciudadanos que contribuyen eficazmente al progreso de la sociedad. Nuestra vida es tiempo de lucha para vivir de acuerdo con nuestra fe, lucha contra todo viento que quiere apagar la lámpara de nuestra alma, lucha contra cuanto quiere inducirnos al mal. Ya descansaremos en el Cielo, que esperamos alcanzar por la misericordia de Dios y nuestras buenas obras: descansaremos para “siempre con el Señor”.

      Para nuestra pelea de cada día en mantener la lámpara encendida, tenemos la Santa Misa , que participamos cada domingo. En ella Jesús realiza una pequeña venida –si cabe hablar así- para fortalecer nuestra fe con su palabra y avivar el fuego de nuestro amor. Si participamos, viviremos siempre con Jesucristo en los sucesos cotidianos, en tanto llega el gran día del encuentro definitivo con El tras la muerte y la resurrección final. La Sagrada Comunión   es el momento en que Jesús nos enciende más intensamente en su amor -para tener más luz en nuestra alma, más fuego en nuestro corazón- y, al salir, seamos luz y fuego que ilumina y calienta a tantas almas frías por su lejanía de Dios y por la desorientación de quienes sólo actúan movidos por el egoísmo. La Santa Misa , sobre todo en la Sagrada Comunión , es también el anticipo del Cielo: vivimos ya la unión con Dios en Jesucristo y, en Jesucristo, con todos los miembros de la Iglesia del Cielo, del Purgatorio y de la Tierra. Parafraseando a San Pablo, consolémonos mutuamente con estas palabras.

Chiclayo, 6 de noviembre de 2005


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