MISA SOLEMNE EN EL IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO EN ZAÑA
“Son las tres y media de la tarde. El enfermo agoniza. Ve cerca de él al prior de los agustinos, Fray Juan Antonio Ramírez, y le pide que taña el arpa, cante el Credo y el Salmo: “En ti esperé, Señor”. En cuanto el canto llegó al versículo que dice: “En tus manos encomiendo mi espíritu”, expiró, dulcemente, suavemente, como se deshace, sin apreturas, el nudo de una cinta de seda” (ESTEBAN PUIG TARRATS, Es hora de caminar, 2006, p. 88).
Santo Toribio muere como vivió, de cara a Dios, con abandono total en sus manos, deseando intensamente el encuentro definitivo con su Señor. Se ha producido el encuentro con Dios “cara a cara”, como anuncia el profeta Isaías y propondrá San Pablo ocho siglos más tarde en la perspectiva de Jesucristo resucitado: “Vemos ahora… confusamente; entonces veremos cara a cara” (1 Cor 13, 12). Ha sido llamado a participar de “la victoria de nuestro Dios” (Is 52, 10), victoria realizada en Jesucristo y de la que van participando los creyentes en El a través de los siglos, no como ríos que desembocan en el mar, sino como soldados triunfantes en una celebración gozosa sin fin, el Cielo.
Toribio de Mogrovejo estuvo dotado de modo excelente para ser el gran evangelizador que va más allá de los estrechos límites en los que vive, cumpliendo literalmente el mandato misionero de Jesús, anunciando “la paz,... la buena nueva”, pregonando “la victoria” de Jesucristo. A todos los bautizados van dirigidas las palabras de Jesús: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio” (Mc 16, 15). Con este mandato misionero Jesús no se impone, sino que hace un llamado a la conciencia de cada hombre para que descubra y participe de las maravillas que Dios ha realizado y realiza entre los hombres y para los hombres, para que todos participen de la redención obrada por Jesucristo.
Si en algún momento hubo desprecio a las personas, si algunos trataron de imponer la fe por la fuerza, Toribio de Mogrovejo, y muchos otros con él, es un claro ejemplo del evangelizador que no coacciona, sino que expone a Jesucristo muerto y resucitado y su mensaje de salvación. Lo hace con los medios de la exposición sincera, con la convicción de quien vive lo que predica, en profundo respeto a las personas especialmente a los más desprotegidos, con el esfuerzo de la comprensión e inculturación con sus interlocutores. Su vida y su obra son un canto a la libertad de las conciencias y de los grupos humanos. Por esta causa libró batallas dialécticas y jurídicas, sin importarle su vida y su honra.
En su tránsito, Toribio se une a la liturgia celestial anunciada por el profeta: “tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor” (v. 8). El es el vigía que se alegra del triunfo definitivo junto con los demás que han librado las batallas del Señor, junto con todos los ciudadanos del Cielo. Su tarea pastoral fue así, de vigía que habla de los peligros o de las derrotas, de las victorias y de cuanto afecta a la vida de la ciudad, a la vida de la Iglesia, a la vida de las personas. Consciente del tesoro de la fe cristiana que se le ha confiado, se dedica a mostrarlo a todos “con la ayuda del Espíritu Santo” (1 Tim 1, 14). No lo guarda para sí, pues no es suyo: no vive encerrado en un intimismo espiritualista ni en un activismo sin sentido. Toribio es hombre de larga y profunda oración, de donde saca fuerzas para evangelizar, de donde obtiene la eficacia apostólica: Santa Misa, Liturgia de las Horas, Santo Rosario, oración personal, bendición de los alimentos,… En la oración y en la vida austera está el punto de partida para orientar la Iglesia aún en fase de implantación: corregirá con firmeza y caridad desviaciones y abusos, procurará la abundancia de formación para todos desde la catequesis a la enseñanza universitaria, pasando por la creación del Seminario, llega hasta lugares recónditos con tal de atender un alma que necesita de su ministerio. No se concedió la dispensa del cansancio o de la carencia de medios o de la enfermedad; más, se desprendió de lo necesario con tal de evangelizar o atender a los pobres. “Dios me dé fuerzas para trabajar en su viña”, escribía (ESTEBAN…, p. 70.)
Como buen sucesor de los apóstoles, buscó otros que continuaran la tarea pastoral en su dilatada diócesis. Confiaba en que saldrían abundantes vocaciones sacerdotales de entre sus feligreses. A ello dedicó mucho tiempo de oración, siguiendo lo dicho por Jesús.: “Rueguen al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. La respuesta del Señor fue generosa, lo mismo que la de los jóvenes. En una carta decía: “Gracias a Dios hay tantos sacerdotes y religiosos aquí que podrían ser enviados a España para poblar conventos… Aquí todos los conventos están llenos de religiosos y tengo más de cien sacerdotes con los que no sé qué hacer. Por eso, podría enviarlos a España” (J.A. BENITO, Santo Toribio, Misionero y Pastor, Pro manuscripto p. 25). Cuidó de que los candidatos al sacerdocio tuvieran cualidades para ser “obreros idóneos” y estableció un decálogo para conseguirlo.
No puedo terminar sin hacer referencia a su profunda y recia devoción a la Santísima Virgen María. Tenía especial amor a dos advocaciones concretadas en otras tantas imágenes: Peña de Francia y Copacabana. Pocos días antes de sufallecimiento, estuvo visitando el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. “Fue como la despedida terrenal de la Madre y la bienvenida para el Cielo”, comenta uno de sus biógrafos (o.c., p. 40). Otro biógrafo (s. XVII) escribe: “Con amor de hijo veneraba a la siempre Virgen María y con tierno afecto la amaba… rezando todos los días su Oficio Divino a que añadía muchas oraciones y preces y por corona de sus devociones el Rosario, sin que en ningún día faltase a esto, aunque las ocupaciones fuesen muchas y graves. Todos los sábados ayunaba con reverencia suya” (l. c.).
Su vida santa de misionero, padre y pastor ha perseverado en la memoria de las personas de muchos lugares de su Diócesis: Carabaillo, Quives, Huánuco, Huaraz, Zaña y tantos otros. En Zaña ha quedado perennizado en múltiple décimas que le rezan, exaltan y proponen como ejemplo de comunión entre todos. Que, al celebrar aquí, en el lugar de su tránsito al Cielo, la Santa Misa, todos nos sintamos llamados a tomar el relevo de su tarea evangelizadora y de servicio a todos sin distinción alguna. Con la bendición del Santo.
Marzo del 2006
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