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Homilías 2006

SAN JOSEMARÍA

      La vida cristiana es gracia de Dios. Por otra parte hay en nosotros una tendencia realizarlo todo contando sólo con nuestro esfuerzo, incluso en lo que se refiere al comportamiento cristiano. Caer en esa tendencia es destructivo para progresar en el camino de la santidad. “Sin Mí no pueden hacer nada”. La vida cristiana es participación en la vida de Dios, es decir, se trata de una realidad sobrenatural, que necesita de medios sobrenaturales para ser vivida. Esos medios son principalmente la Palabra de Dios, la oración y los sacramentos. Por tanto debemos pedirlos y esperarlos con humildad, pues Dios, que nos ha hecho hijos suyos, no nos pide imposibles.

      En la petición de gracia para vivir como hijos de Dios, para vivir vida sobrenatural en las realidades de cada día, San Pablo nos recuerda que “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables”. Entendemos así tantas expresiones de San Josemaría sobre la necesidad de la oración para todo, una oración confiada de hijos que se dirigen a su padre, que lo puede todo. Si necesitamos de la gracia de Dios, lo importante es orar con el corazón abierto manifestándole al Señor lo que nos parece que necesitamos, pero que, en realidad, El sabe bien de qué cosas tenemos necesidad. El Espíritu Santo provoca en nosotros la oración adecuada.

      La oración fue una de las grandes enseñanzas del Santo tanto en su predicación y catequesis como en su ejemplo. ¡Cómo impresiona verle orar en las diversas filmaciones que hemos visto! Un ejemplo plástico es la noche que pasó en oración al llegar por primera vez a Roma, pidiendo por el Romano Pontífice. Se cumplen ahora 60 años de este suceso. Había ido a Roma para trabajar en la solución jurídica de la Obra y, sin concederse descanso después de un viaje muy fatigoso, dedicó largas horas a rezar por el Papa.

      Deseaba realizar la voluntad de Dios, consciente de que El le abriría los caminos que, por entonces, no existían, pero que partían de Roma. Lo hizo con oración y poniendo todos los medios humanos a su alcance, como fue el estudio y hacer estudiar para alcanzar el camino jurídico del Opus Dei. Con la confianza de Pedro que vuelve a pescar después de una noche infructuosa, insistió y consiguió después de muchos avatares lo que deseaba. Vivió constantemente las actitudes de Jesús y de los Apóstoles en la escena de la pesca milagrosa que hemos escuchado en el Evangelio. Es un ejemplo para nuestra vida: trabajamos y no vemos resultados; cuando queremos abandonar, Jesús da las indicaciones oportunas, no precisas, y la obediencia de fe nos hace comprobar unos resultados maravillosos. Esto que admiramos en la vida de Mons. Escrivá, se puede repetir en nuestra vida, porque “no se ha empequeñecido el poder de Dios”, nos recordaría con palabras de la Escritura. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre, nos gusta repetir, pues vivámoslo.

      Uno de los medios que puso y que acompañó constantemente con oración propia y de otros fue la formación de sus hijos. Era consciente de que el ropaje jurídico de la Obra serviría de muy poco si los miembros del Opus Dei no vivían bien su espíritu, lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928. Una formación dirigida en primer lugar a quienes se había comprometido en vivir ese espíritu dentro de la Obra, pero también a todos los cristianos y a todas las mujeres y hombres de este mundo.

      Su actividad formativa sigue siendo un estímulo para todos nosotros. El gran enemigo de Dios y del hombre es la ignorancia. Hemos de dar la gran batalla de la formación, que no basta con unas lecturas o con unos consejos; está bien, pero es insuficiente. La tarea de la formación humana y espiritual requiere, como en la pesca milagrosa, de competencia, constancia y oración; crecerse ante las dificultades. Un ambiente primordial para la educación es la familia; nada la suple. Por eso los padres de familia han de poner mucho empeño en adquirir la competencia necesaria para ser buenos educadores de sus hijos, para ayudarles a formar una personalidad recia, libre y responsable, que no claudica ante gustos inconvenientes propios o ajenos. Una actitud fundamental para la educación de los hijos es hacerse amigos de ellos. Lo sabemos, pero se ven pocos padres que sean verdaderos amigos de sus hijos. Otra dimensión de la formación son los valores que se cultivan en la familia. Lamentablemente se suele poner mucho como primer valor el dinero y, en función de ello, el éxito o el fracaso en la vida. Dios y el prójimo deben ser lo primero como clave para la felicidad, para reconvertir la sociedad en que vivimos, haciéndola más humana.

      Refiriéndose a la formación religiosa, San Josemaría afirma que “el cristiano sabe que, si quiere ser coherente con su fe, tiene la obligación grave de formarse bien en ese terreno, que ha de poseer –por tanto- una cultura religiosa: doctrina, para poder vivir de ella y para poder dar testimonio de Cristo con el ejemplo y con la palabra” (Conversaciones, n. 73). La enseñanza de la Religión, hecha con competencia por cristianos coherentes, será también una gran contribución para establecer una sociedad más justa, más solidaria y más fraterna. Enseñanza religiosa que debe continuarse siempre para vivir la unidad de vida -para vivir como personas integradas y sin doble vida-, porque la vida cambiante plantea nuevas situaciones que deben ser vividas con sentido cristiano, conscientes de que siempre habrá suficiente gracia de Dios.

      El cuerpo de San Josemaría reposa ahora bajo el altar, a los pies de la imagen de Santa María de la Paz. Mirar esta “fotografía” es dejarse llevar por el Santo hacia nuestra Madre del Cielo para alcanzar de la Santísima Trinidad todas las gracias que nos ayuden a penetrar y empapar todas las realidades de este mundo con el espíritu del Evangelio.

Lunes, 26 de Junio del 2006


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