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Homilías 2006

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO

      El dinero y los bienes materiales siempre han ejercido un atractivo especial. La posesión o el control de bienes materiales han desencadenado numerosos conflictos a lo largo de la historia. Las riquezas, pocas o muchas, tienen en bastantes casos el carácter de ídolos, algo por lo que se vive, se mata y se muere, que centraliza la vida de algunas personas.

      Jesús nos habla hoy de que los bienes materiales son bienes que deben emplearse en el servicio de Dios y del prójimo. Nos habla también de que lo importante es la intención con que se dan esos bienes y la cantidad en proporción con lo que uno tiene, el sacrificio con que se da: las dos monedas o la comida que la viuda de Sarepta da al profeta Elías.

      La limosna, junto con el ayuno y la oración, son formas concretas de vivir la piedad con Dios y la ascesis cristiana. Todos debemos practicar la limosna como medio de desprendimiento interior y purificación de nuestro corazón de modo que no se apegue a los bienes materiales. Al hablar de las obras de misericordia, el Catecismo de la Iglesia Católica dice que, "entre estas obras, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna: es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6, 2-4)" (n. 2447).

      Jesús nos habla de compartir nuestros bienes con los demás (Lc 3,11), es decir, recibir a nuestros hermanos entre nuestras cosas, como hizo Juan con María, de modo que realmente sean de los nuestros, les tratemos como hermanos. Dicho de otro modo, la ayuda al prójimo debe entrar dentro de nuestro presupuesto, que siempre será exiguo (todos queremos más). Al hacer la limosna, debemos hacerlo desde el corazón; Jesús habla de lo que guardamos dentro ( Lc 11, 41), de aquello que tiene especial valor para cada uno. Y, en otro lugar, nos habla de la discreción con que debemos dar la limosna: "que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha, para que tu limosna quede en lo oculto; de este modo, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará" ( Mt 6, 3-4). Hagamos un examen de conciencia de cómo nos molesta la falta de agradecimiento y si sólo buscamos el amor de Dios en el prójimo cuando damos limosna o hacemos favores o, por el contrario, buscamos los agradecimientos, los aplausos; "ya recibieron su recompensa" ( Mt 6, 2).

      La limosna es una forma de culto a Dios, cuando la damos viendo en el otro al mismo Jesucristo presente en el hermano y se nos presenta necesitado. Con ello reconocemos que todas las cosas nos vienen en última instancia de El y todas deben ayudarnos para que nosotros volvamos a El de quien hemos salido (criaturas e hijos suyos). Reconocemos su supremacía por encima de todo lo creado.

      A la vez el culto a Dios tiene unas necesidades también en lo que se refiere a la vida litúrgica y a otras necesidades de la Iglesia. "El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia" ( Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2043). Seamos generosos con la Iglesia, que tiene tantas necesidades: culto, seminario, medios pastorales,…

      La limosna puede darse de múltiples formas, como sabemos: a una persona, a una institución con fines caritativos, a una parroquia, aun movimiento, etc. Siempre que sea algo que salga del corazón y atendiendo a la generosidad. Con ello volvemos al comienzo de la humanidad cuando Dios puso todos los bienes al servicio de todos los hombres para que alcanzaran su perfección personal y comunitaria. El pecado introdujo las injusticias y los desequilibrios en el mundo, causando muchos daños materiales y espirituales, sobre todo en quienes viven más allá de la extrema pobreza, que pueden verse tentados a retirar la mirada en su padre, Dios.

      Una vez más recordemos que son necesarias más iniciativas –la imaginación de la caridad de la que habló Juan Pablo II- para ir remediando tantas necesidades de educación, de salud, de alimentos, de atención a madres en peligro de abortar, de hijos abandonados, de enfermos de sida o de tuberculosis. Se requiere sumar esfuerzos de personas, de medios económicos, de especialistas, evitar actuar por cuenta propia, que puede ser un modo de buscarse a sí mismo.

      Que la pobre de Nazaret nos ayude a encontrarnos con los más necesitados, ofreciéndole la limosna que necesitan según las posibilidades de nuestro corazón.

Chiclayo, 12 de noviembre de 2006


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