II DOMINGO DE ADVIENTO
Las disposiciones personales son muy importantes para descubrir la presencia de Dios entre nosotros, para hacer que la Navidad sea la celebración del Emmanuel, del Dios con nosotros. Juan Bautista, recordando al profeta Isaías, nos habla de lo que sobra y falta en nuestra vida para llegar a descubrir a Dios Salvador.
"Una voz clama en el desierto". Se nos pide, en primer lugar, una actitud de fe para poder escuchar y acoger la Salvación de Dios. Fe en su Palabra que nos llega a través de la Sagrada Escritura, leída y meditada en la el interior de la comunidad eclesial, de la Iglesia. Porque pertenecemos a la Iglesia de Jesucristo, podemos recibir el mensaje divino, del que ella es depositaria. Como depositaria, ella lo administra en fidelidad al Espíritu Santo para que los fieles podamos percibir con mayor claridad su contenido -para que podamos comprenderla-, la vivamos y la transmitamos a otros, bajo la guía de los legítimos pastores.
Al hablar del desierto, no se refiere al "sermón perdido", sino al mundo en que vivimos, en el que la Palabra de Dios resuena, a veces, de modo estridente porque no sintoniza con el ruido de muchos que no quieren saber de Dios. Saber hacer desierto en nuestro corazón para llegar a descubrir la verdad de las cosas y de la vida, para escuchar la voz de Dios que habla en el interior de nuestro corazón. Jesús es un ejemplo de esta actitud de desierto interior tanto por los momentos de oración en soledad como por tener presente a Dios Padre en medio de las multitudes que le reclaman de una ú otra forma.
Escuchar a Dios para convertirnos. Es lo que nos pide la Iglesia de modo acuciante ante la próxima Navidad. Siempre necesitamos convertirnos porque no siempre somos fieles a la amistad con Jesucristo. Ahora se nos pide una conversión más profunda, tal vez por un mejor examen de conciencia o una confesión más cuidada o una decisión más firme para adquirir tal o cual virtud, para superar este o aquel defecto.
Esto es lo que nos pide Juan Bautista: que el camino que lleva a Belén, al encuentro con Jesús en la Misa de Navidad y en la vida de familia, se haga más expedito. El profeta nos pide quitar de nosotros toda actitud de cerrazón sobre sí mismo, eliminando la autosuficiencia, la soberbia o el desentendernos de los demás; nos pide que desarrollemos más las virtudes, tal vez la más urgente es la de la esperanza en El como Salvador, no tanto para que resuelva nuestros problemas inmediatos, y desaparezcan tantas angustias, irritaciones, desesperaciones. Descubrir que cuanto sucede es para nuestro bien en orden a la salvación. Pedírselo al Espíritu Santo.
Entre las disposiciones personales –también grupales y comunitarias-, San Pablo enumera la colaboración "en la obra del evangelio". Se nos pide una actitud positiva y permanente para que el mensaje de Jesús, su Evangelio, llegue a todos los rincones de la tierra, que su palabra resuene incluso allí donde se toman las decisiones que afectan a la comunidad internacional. El ha venido a salvar a todos los hombres y a todo el hombre, ha venido a redimir todas las realidades de este mundo que muchas veces se encuentran bajo el poder del pecado y del demonio: hay situaciones a nivel mundial o local, que incitan al pecado, a la lejanía de Dios, a prescindir insensatamente de su presencia y actuación en el mundo. Si, en Jesucristo, se ha hecho Dios con nosotros y sólo en El está la salvación, la vida plena, la vida feliz.
Al celebrar los cincuenta años de nuestra Diócesis el próximo día 17, no podemos dejar de pensar que el Evangelio ha llegado muy débilmente a muchos hermanos nuestros, de que hay actitudes de personas y de grupos que sólo buscan su propio interés, que hay situaciones pecaminosas entre nosotros y faltan propuestas para que desaparezca el mal que hay entre nosotros. Ante la próxima Navidad, debemos ser más y mejores evangelizadores.
Aún hay otra disposición que debemos mejorar: la perseverancia. A ella aludo en mi última Carta pastoral, publicada en estos días. Somos muchas veces "plantas de temporada": comenzamos algo con mucho entusiasmo, pero lo vamos dejando en la medida en que va desapareciendo el entusiasmo. San Pablo nos dice que sigamos "creciendo más y más en penetración y en sensibilidad par apreciar los valores". Para perseverar, se nos pide que crezcamos cada vez más en las virtudes, en santidad, que actuemos con una fe cada vez más profunda, arraigada en la Palabra de Dios, leída y meditada al interior de la Iglesia. Fe que nos lleva a vivir cada vez más esperanzados. El secreto de esta perseverancia es el Amor, en expresión de San Josemaría.
Recurrimos a Santa María de la esperanza para que nos haga más perseverantes y virtuosos en estos días que faltan para la Navidad, para convertirnos más y celebrar mejor la fiesta del Enmanuel.
10 de diciembre de 2006
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