Inicio separador Biografía separador Decretos separador Homilías separador Artículos separador Cartas separador Discursos separador Galería
esquina esquina
esquina esquina
  
esquina esquina
Homilías 2006

MISA EN EL JUBILEO DE LA DIOCESIS POR SUS BODAS DE ORO
(Zonas)
Vivamos la comunión eclesial en comunidad diocesana

      Jesús oró para que la Iglesia, entendida como la comunidad de los creyentes en Cristo, fuera una. La unión de los bautizados con Jesucristo y entre sí forma parte esencial del Evangelio –recordemos, por ejemplo la alegoría de la vid- y es explicada singularmente por San Pablo. Esta unión es esencial por efecto del mismo Bautismo, lo cual genera su propia dinámica: día a día debe hacerse la unidad, es trabajosa, hay en nosotros una tendencia a la disgregación, a la división; en ella hemos de empeñarnos para que el mundo tenga el gran signo que le motive a creer en Dios revelado en Jesucristo, y le acepte como su Redentor.

      Sin embargo todos tenemos la experiencia del pecado, de lo que afea la unidad o impide que se realice. Más aún, el pecado es ruptura, apartarse de la única vida que hay en Cristo, es un descamino. Por eso se impone un proceso de corrección de sentido, de purificación y de pulido, que nos reintegre a la unidad de la que no debimos apartarnos: la unión con Cristo y, en Cristo, con Dios y los demás. Se impone la conversión, entendida como un proceso por el que cada pecador reconoce la lejanía de la casa paterna, siente nostalgia de Dios, y regresa sobre sus propios pasos hasta los brazos del Padre.

      El pecado necesita de perdón. El pecado afea la imagen de Dios que hay en cada hombre. Esta imagen deformada por el pecado necesita ser liberada de las impurezas y elementos extraños mediante la acción sacramental del perdón, mediante la confesión. Entonces me hago reconocible para los demás, semejante a ellos, que también son imagen de Dios: nos reconocemos. Sobre todo "me hago semejante a Cristo, que es la imagen de Dios sin límite alguno, el modelo según el cual todos hemos sido creados" ( J. RATZINGER, La Iglesia, p. 140).

      Este Jubileo tiene como finalidad obtener del Señor la purificación que elimine cuanto desfigura en nosotros la imagen de Dios a la vez que nos reintegra en la comunidad –la casa paterna- en la que Cristo, y nosotros con El; muestra con toda su autenticidad la imagen de Dios invisible. Todos podrán reconocer al único Dios, Uno y Trino, viviendo en su Iglesia, comunidad de los creyentes en Jesucristo, comunidad de quienes necesitan reconciliarse con Dios, pues su condición es ser santa a la vez que necesitada de purificación.

      La conversión es tarea constante, una y otra vez volvemos al Señor para que resplandezca su imagen en nosotros y todos puedan descubrir el camino hacia la reconciliación con Dios, que es el camino para conseguir la unidad del género humano de que habla el Concilio Vaticano II. El Jubileo nos recuerda esta verdad fundamental: nos recuerda que hemos sido creados y redimidos por amor y hemos de vivir con amor y en el Amor, amor que no siempre se refleja en nuestra conducta. Recordemos el viejo principio: el santo no nace, se hace en la pelea de cada día por serlo. Por fidelidad a Dios y contando con su gracia, se esfuerza por vivir cada vez más unido a Jesucristo y a los hermanos; su esfuerzo está hecho muchas veces de perdón recibido y donado: recibido en la Iglesia y donado a cuantos hemos ofendido, a la vez que lo ofrecemos a todos en Cristo.

      Como consecuencia, necesitamos ser personas de oración, que se abren a la acción de Dios Amor e intentan no resistirse, debemos ser más contemplativos, sobre todo en la Santa Misa y ante el Sagrario. Debemos vivir el perdón confesándonos con frecuencia con el deseo de parecernos cada vez más a Jesucristo, la imagen perfecta de Dios, fomentando el arrepentimiento sincero y el propósito firmísimo de no pecar más, poner los medios, romper con las ataduras.

      Unidos en Jesucristo y contemplando su oración al Padre por la unidad de los creyentes debemos contribuir a la limpieza de la Iglesia, a su purificación, mediante la conversión, la comprensión y el perdón. Que la caridad anime todas nuestras acciones como anima la vida de la Iglesia por la acción vivificadora del Espíritu Santo. Debemos buscar la unidad en la verdad y en la caridad mediante un apostolado más profundo, más audaz, más amplio.

      Partiendo del lema de las celebraciones por las Bodas de Oro de la Diócesis, cuánto nos falta para hacer que la comunión radical en Jesucristo se manifieste con mayor fuerza, se palpe cada vez más por el esfuerzo de todos en ser fieles a Jesucristo, descubriéndole en los hermanos, atendiendo sus múltiples carencias materiales y espirituales. Me refiero ante todo a los grupos eclesiales, a las parroquias, a la Diócesis. Con la conciencia purificada, nos sentiremos impulsados a trabajar para que la Iglesia sea una comunidad cada día más auténtica, a la que muchos se sientan atraídos porque brilla en ella el rostro de Cristo Jesús, manifestación de Dios, del que se sienten necesitados, a quien anhelan desde lejos con nostalgia.

      En este Jubileo brilla nuestra Madre Inmaculada al pie de la Cruz. Con su actitud firme de amor nos señala el camino para la conversión y el perdón, el camino hacia la unidad de la Iglesia y del género humano, el camino para hacer que la Iglesia –familias, grupos, parroquias y Diócesis- sean casa de unidad a la que se llega y de la que se parte para traer a tantos tullidos por el pecado y el egoísmo, y resplandezca en ellos la imagen de Dios y se reconozcan semejantes a los demás.

Chiclayo, 12 de noviembre de 2006


esquina esquina
Inicio separador Biografía separador Decretos separador Homilías separador Artículos separador Cartas separador Discursos separador Galería
Copyright 2007 © Obispado de Chiclayo.
Todos los derechos reservados