II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)
La escena de las Bodas de Caná nos ofrece un marco maravilloso y sencillo dentro del cual se desarrolla inicialmente la fe de los discípulos, fe que continúa hasta nuestros días. Dentro del ambiente bullicioso con el que solían celebrarse aquellos matrimonios, la figura central es Jesús, que pasa como uno más entre los invitados.
Hay otra figura importante en segundo plano: María. Ella está allí sin duda porque alguno de los novios era pariente próximo y, por eso, está atenta a lo que pasa en la celebración de la fiesta. Todo indica que la tarea de María es hacer que otros atiendan bien a los invitados. Aparentemente todo muy normal. Su intervención es decisiva para el milagro.
En un tercer plano están los discípulos que han sido invitados y unos sirvientes que ejecutaron lo que se les pidió y que posiblemente no entendieron mucho lo del agua convertida en vino, como le sucedió al mayordomo. Entender lo ocurrido suponía un mínimo de fe inicial. Ante el signo los discípulos creyeron en El. Hasta entonces su fe era algo difusa, necesitaban de un signo para creer que Jesús de Nazaret -el hijo de María y que estaba participando en la fiesta del matrimonio- era el Mesías esperado por siglos, aquél que venía a salvar a los hombres del pecado y conducirlos a la amistad con Dios, a la abundancia del Reino de Dios que el Mesías establecería.
Nuestro seguimiento de Jesús tiene mucho querer con lo que aconteció a esos primeros hermanos nuestros en la fe. A veces nuestra fe es algo difusa, con poca vibración, pero, de pronto, hay un suceso que nos hace descubrir la presencia salvadora de Jesús y lo descubrimos con nitidez, nuestra fe cobra impulso. Estos sucesos esporádicos de nuestra vida serán los que nos mantengan firmes a la hora de la prueba o de la dificultad. Algunos estuvieron en el Tabor y, sin embargo, sucumbieron a la tentación, pero no abandonaron. La memoria de las maravillas de Dios en nuestra vida nos anima a ser perseverantes en el seguimiento de Jesús con la cruz de cada día.
La cruz de cada día, hecha de los pequeños deberes de nuestro estado, profesión, relaciones familiares o de amistad, etc.; una vida igual a la de cuantos nos rodean. Ahí es donde Dios actúa sin que los demás perciban muchas veces lo que pasa en nuestro interior. Dios ama la santidad, la relación con El de modo ordinario, sin espectáculos o grandes noticias. Amar lo ordinario de Dios en nuestras vidas, sin esperar grandes milagros o revelaciones o sentimientos de emoción. Dios los da si, en su providencia, lo estima conveniente. El gran milagro de Jesús ocurrió en medio de mucha gente y sólo unos pocos supieron lo que pasó realmente; los demás siguieron con la fiesta, disfrutando ahora de un vino mejor que los anteriores. Así en la vida de fe de cada uno.
La presencia de Jesús en las bodas de Caná, al comienzo de su predicación, ha sido vista por la Iglesia como manifestación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que éste será un signo eficaz de su presencia en la Iglesia y en el mundo. Es el estado ordinario de santificación para la inmensa mayoría de los fieles, santidad que deben buscar en su vida ordinaria de casados y padres de familia.
La abundancia del vino es también signo de la presencia del Reino de Dios, tal como anunciaron los profetas. En el contexto de fe de la escena nos habla de la abundancia de bienes que Dios da a los hombres si éstos están dispuestos a recibirlos, sin separar lo material de lo espiritual. Todo es don de Dios. La abundancia del vino viene a ser signo también de la abundancia del amor de Dios que se nos da totalmente en la Eucaristía, en cada Misa -miles de Misas cada día-, presencia de Jesucristo en cuanto Dios y en cuanto hombre bajo las especies de pan y de vino: mi sangre derramada por vosotros y por todos para el perdón de los pecados. Por último, la abundancia del buen vino participado por los comensales de Caná es signo de la abundancia con que Jesús derramará su Espíritu Santo sobre la Iglesia, provocando la multiplicidad de carismas para el bien de todos: El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como a él le parece.
En síntesis, el suceso de las bodas de Caná viene a ser anuncio y prefiguración de los bienes que Dios derrama sobre los fieles, nosotros en Jesucristo y por el Espíritu Santo; bienes para provecho propio y de todos. Abramos nuestros corazones a la acción de Dios en nosotros en la vida de cada día, fortalecidos por la Eucaristía y tratemos de hacerlo todo bien por amor a El. El Cielo ya ha comenzado en la tierra.
Reavivemos esta escena en nuestra vida ordinaria. Todo sucedió por una intervención discreta de nuestra Madre Santa María. Nuestra oración sencilla y confiada podrá conseguir muchas gracias de Dios para nosotros y para los demás. No puedo terminar sin citar a San Josemaría a propósito de esta intervención de nuestra Madre: “Muchas conversiones, muchas decisiones de entrega al servicio de Dios han sido precedidas de un encuentro con María. Nuestra Señora ha fomentado los deseos de búsqueda, ha activado maternalmente las inquietudes del alma, ha hecho aspirar a un cambio, a una vida nueva. Y así el haced lo que El os diga se ha convertido en realidades de amoroso entregamiento, en vocación cristiana que ilumina desde entonces toda nuestra vida personal” (Es Cristo que pasa, 149).
Chiclayo, 14 de enero de 2007
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