VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C) DÍA DEL ENFERMO
San Lucas, a lo largo de estos domingos, nos hace estar sentados en torno a Jesús contemplándole y escuchándole. Nos ayuda a ser mejores discípulos de Jesús para intimar con El y ser mejores evangelizadores.
Hoy le escuchamos a Jesús el discurso programático sobre las bienaventuranzas. Con ellas nos dice que lo importante en la vida del hombre es Dios, estar con El, que las alabanzas, la comida y los bienes materiales en general no son fundamentales y, más aún, pueden ser un medio de descamino para perder a Dios e ir a la condenación. Jesús nos dice más: alegrémonos cuando no tenemos bienes materiales o estamos tristes o somos maltratados por ser discípulos suyos. Jesús da la razón por la que debemos alegrarnos: "vuestra recompensa será grande en el cielo".
El fondo de lo que Jesús nos dice es que Dios debe ser nuestro primer y fundamental bien y que todos los demás son accesorios, accidentales. Lo importante es estar con Dios para siempre, y esto comienza ya en la tierra, cualquiera que sea nuestra situación.
Lo dicho tiene hoy una aplicación singular por celebrarse el Día del Enfermo, Fiesta de la Virgen de Lourdes. El Papa ha dirigido un mensaje para esta fecha y, entre otras cosas, dice: "Una vez más la Iglesia vuelve sus ojos a quienes sufren y llama la atención hacia los enfermos incurables, muchos de los cuales están muriendo a causa de enfermedades terminales. Se encuentran presentes en todos los continentes, particularmente en los lugares donde la pobreza y las privaciones causan miseria y dolor inmensos". Esta realidad que señala el Papa tiene lugar también entre nosotros. Pensemos en los enfermos terminales de nuestros hospitales, asilos, casas particulares o, lamentablemente, los abandonados a su suerte.
Como si escribiera sólo para Chiclayo, el Papa añade: Además, muchos millones de personas en el mundo viven aún en condiciones insalubres y no tienen acceso a los recursos médicos necesarios, a menudo del tipo más básico, con el resultado de que ha aumentado notablemente el número de seres humanos considerados "incurables". Y continúa haciendo propuestas que nosotros deberíamos concretar: "La Iglesia desea apoyar a los enfermos incurables y en fase terminal reclamando políticas sociales justas que ayuden a eliminar las causas de muchas enfermedades e instando a prestar una mejor asistencia a los moribundos y a los que no pueden recibir atención médica". Las soluciones generales son ciertamente de las autoridades políticas, ayudadas por instituciones particulares. La Iglesia ha trabajado y trabaja mucho en este campo. Pensemos, por ejemplo, en las diversas congregaciones religiosas e instituciones católicas dedicadas a estas tareas, como son hospitales, albergues, lugares para moribundos, etc. Nosotros, en concreto, podríamos juntarnos en grupos para atender mejor y animar espiritualmente a los enfermos incurables, terminales o moribundos, ancianos desasistidos, etc. en los hospitales o en otros lugares de nuestra Diócesis. Así se lo viene a decir el Papa a los enfermos: "A través de sus sacerdotes y de sus agentes pastorales, la Iglesia desea asistiros y estar a vuestro lado, ayudándoos en la hora de la necesidad, haciendo presente así la misericordia amorosa de cristo hacia los que sufren".
Dirigiéndose a los enfermos en situación precaria, dice Benedicto XVI: "Ahora me dirijo a vosotros, queridos hermanos y hermanas que sufrís enfermedades incurables y terminales. Os animo a contemplar los sufrimientos de Cristo crucificado, y, en unión con El, a dirigiros al Padre con plena confianza en que toda vida, y la vuestra en particular, está en sus manos. Confiad en que vuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, resultarán fecundos para las necesidades de la Iglesia y del mundo. Pido al Señor que fortalezca vuestra fe en su amor, especialmente durante estas pruebas que estáis afrontando".
Me permito añadir que no se trata de actuar sin más, de poner manos a la obra como si se tratara de cumplir un reglamento. Lo que se nos pide es la actitud de fe para ver en el hermano que sufre al mismo Jesucristo y hacer con él de buen samaritano. A la vez quiero resaltar que las situaciones deficientes en que podamos encontrarnos deben ser medios para reafirmar que Dios es lo más importante en nuestra vida, y apoyarnos en El en la búsqueda de soluciones, que llegarán si convienen para nuestra salvación. Si hacemos así, el cielo ya ha comenzado en la tierra.
Que María Santísima, la bendita entre todas las generaciones por su fidelidad a la Palabra de Dios, salud de los enfermos, nos sostenga a todos la mirada hacia Cristo, incluso cuando pasan nubes ante los ojos de la vida.
Chiclayo, 11 de febrero de 2007
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