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Homilías 2007

Homilía de los Oficios Litúrgicos de
la Pasíon y Muerte del Señor

     Hoy muchos medios de comunicación nos presentan ilustraciones de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Si el suceso fuera hoy, tal vez le dedicarían unas pocas líneas en algún periódico de poca difusión. Sin embargo eso es una simple impresión, porque todos los días aparecen en los medios de comunicación noticias sobre asesinatos y otros actos violentos, maltratos a personas que hieren su dignidad, la violación sistemática de los derechos humanos por particulares o grupos o por parte de los estados, organizaciones que lucran con personas humanas como son el tráfico de drogas o de armamentos, las redes de prostitución, la desnutrición o las muertes por hambre cuando sobran alimentos, etc.

     Jesucristo sigue sufriendo su Pasión silenciosa en nuestro mundo: “Cuanto hicieron a uno de estos mis hermanos, a Mí lo hicieron”. Digo silenciosa porque, más allá de la noticia, hay personas concretas que están sufriendo, lo están pasando mal, a causa de otras personas que no les tienen consideración y casi nadie se entera y son pocos los que tratan de ayudarles. Jesucristo ha unido a sí ha unido a los hombres dispersos por el pecado, a toda la humanidad, desde la Cruz, ha unido a los hombres y mujeres de toda la historia humana, ejerciendo en ellos una atracción para que vivan según Dios.

     Esa atracción era necesaria para recomponer la imagen de Dios que es el hombre, rota por el pecado: mediante la Cruz, se puede decir que Dios se repara a sí mismo para que su imagen sea reconocida en cada persona humana, especialmente en quienes viven unidos a Jesucristo por la fe y el amor. Dios repara la imagen suya que es cada persona humana para que viva según su dignidad y sea reconocida por todos.

     La Pasión de Cristo se manifiesta en tantos hermanos nuestros que sufren en contra de su voluntad. También Cristo sintió el rechazo de la violencia que se le venía encima y le costó hasta sudar sangre por aceptar la voluntad del Padre que quería su entrega total para la salvación de todos los hombres y mujeres de la historia. Cristo fue a la muerte pasando por encima de su gusto, tratando de aceptar y unirse libremente a la voluntad del padre, y lo consiguió. Su amor totalmente libre consiguió integrar su voluntad humana con la voluntad divina. “Hágase tu voluntad y no la mía”… “Vino un ángel y le confortaba”.

     A tantos hermanos nuestros que sufren violencia, a tantos hermanos nuestros que sufren a causa de la enfermedad inesperada o del sufrimiento moral por motivos familiares ú otros, les decimos que Jesucristo asumió sus dolores, que vivan su situación en unión con El, que asumió toda dolencia humana, y sigue redimiendo al mundo a través de tantas personas que sufren; les decimos que hagan útiles sus sufrimientos uniéndose libremente a la Pasión de Cristo, aceptando su situación como reparación a Dios por los propios pecados y por los de todo el mundo, para pedir tantas cosas necesarias para la salvación de todos. Que sean crucifijos vivientes que atraigan las miradas hacia ellos y reconozcan en ellos al mismo Jesucristo que se entrega a Dios Padre por la salvación del mundo.

     Todos unirnos a Jesucristo en el cumplimiento fiel de la voluntad de Dios hasta el final, por amor. “La libertad de Dios y la libertad del hombre se han encontrado definitivamente en su carne crucificada, en un pacto indisoluble y válido para siempre. También el pecado del hombre ha sido expiado una vez por todas por el Hijo de Dios… En el misterio pascual se ha realizado verdaderamente nuestra liberación del mal y de la muerte” (Sacramentum Caritatis, n. 9). Mirar al Crucificado y unirnos a El para alcanzar la libertad verdadera y amar de modo digno, para liberarnos del pecado y de la muerte.

     Nuestra Madre al pie de la Cruz experimenta una vez más que “Dios es amor”. “Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad” (Deus caritas est, n. 12). Contempla el amor de Dios que actúa como el pastor que ha perdido a la oveja y la busca hasta que la encuentra y la coloca sobre los hombros. Dios ha buscado al hombre perdido por el pecado y lo ha incorporado a la relación con El para que viva según su dignidad de imagen e hijo de Dios. María vive libremente esos sucesos como su hijo, y, como su hijo, contempla a cuantos a través de la historia serán un muestrario de la Pasión de Cristo, a todos nosotros que queremos amar a Dios y al prójimo con obras, y esto supone el sacrificio del esfuerzo y, a veces, el de la incomprensión y el ultraje, unirnos con nuestros pequeños o grandes dolores.

Chiclayo, 06 de abril de 2007


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