SANTO TORIBIO DE MOGROVEJO
Recordamos La solemne celebración del IV Centenario de la Muerte de Santo Toribio. Una experiencia de fe para esta Parroquia y para muchos fieles del Perú. Agradecemos aún el Jubileo y la Bendición Papal.
Hoy continuamos anunciando con el profeta Isaías: “¡Qué hermosos sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria!” (52, 7). Estas palabras se realizaron en el Santo literalmente en sus diversas actividades, entre las que sobresalen las Visitas pastorales. Anunciaba la victoria de Jesucristo sobre los enemigos del hombre y traía la paz de Dios para los hombres anunciándoles la salvación.
Su vida fue un esfuerzo continuo por mantener la unidad entre todos, incluso con los que no le trataban bien, como algunas autoridades civiles. Su fuerza estaba en un contacto permanente con Dios a través de la oración, no era sólo fruto de su gran inteligencia y habilidad.
Una vida de oración, de vida interior, aprendida en la familia y desarrollada durante los primeros años junto a sus padres y hermanos, y continuada después que salió de la casa solariega como vida asumida personalmente y vivida con madurez.
Importancia de la familia para transmitir la fe. No por costumbre, sino educando a cada uno de los hijos en las virtudes cristianas, formando y respetando progresivamente la libertad personal. Hacer vida de familia y vivirla en el amor, la confianza, la alegría y el respeto entre todos. Animar al matrimonio y la vida de familia a tantos indecisos, tal vez dejándose llevar por lo fácil, sin descubrir la riqueza del amor entre varón y mujer o la alegría de los hijos, de la vida comunicada. Generosidad en la transmisión del don de la vida.
Fruto de la madurez de la fe del Santo iniciada en el hogar paterno fue su disposición a seguir la recomendación de San Pablo a Timoteo: “Toma parte en los trabajos como buen soldado de Cristo Jesús”. Con disciplina de santo, se dedicó intensamente a dar a conocer a Jesucristo con palabras y obras, por escrito, a nobles y plebeyos, a blancos y morenos. No le importó el cansancio, el hambre o la sed, las dificultades de los caminos o las calumnias y enredos de quienes no le entendían o de quienes les molestaba su vida de evangelizador. Su madre y sus hermanos le comprendieron y le animaron a seguir el llamado del Señor. Fiel a Jesucristo echó la red una vez y otra para ganar almas para Dios, aun cuando las circunstancias parecieran adversas.
Hoy como entonces seguimos teniendo necesidad de familias cristianas, educadoras de los valores cristianos. Necesitamos evangelizadores que salgan de esas familias dispuestos a gastar su vida en el anuncio del Evangelio, también a ser sacerdotes que, como buenos pastores, buscan reunir a los seguidores de Jesús, atenderles por la predicación y los sacramentos, a la vez que trabajan para que aumente el número de sus discípulos.
Encomendamos estas intenciones a la Santísima Virgen, de quien fue tan devoto especialmente de la imagen de la Virgen de Copacabana, y a San José.
Zaña, 27 de abril de 2007
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