EPIFANIA 2009
“Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. Dios es el Creador y Señor del Universo y se sirve muchas veces de él para comunicarnos sus mensajes, en este caso, de una estrella. Dios utiliza el medio oportuno de acuerdo con la capacidad de entender o la cultura propia de las personas con las que se quiere relacionar. Entre todos esos medios, sobresale lo dicho en la Carta a los Romanos de que Dios puede ser conocido por las realidades del universo, preguntándose la causa, el origen último, de este mundo (Cf. Rom 1, 19-20). No es el momento de hablarlo, pero repito que no hay oposición entre creación y evolución.
Dios sigue actuando en nuestra vida diaria, y esa es nuestra tarea: descubrir esas acciones divinas en nuestra vida, ese algo divino que hay en los pequeños acontecimientos diarios. Para ello se requiere vida de fe: esa actitud del alma que trata de descubrir a Dios presente en nuestra vida y actuar en consecuencia. Pedir al Espíritu Santo luz para descubrir esas acciones de Dios actuar, porque a veces no las descubrimos debido a la inconsecuencia con luces anteriores. Dios tiene una “estrella” para cada uno de nosotros que nos conduce hacia Cristo, una providencia singular con cada uno de nosotros en el camino de nuestra santificación.
La estrella se oculta en algunos momentos, como les sucedió a los magos. Reaccionar y ponen los medios para volver a encontrarla. Ellos acudieron a quienes podían darles orientación, no preguntaron a la primera persona que se encontraron por la calle. Y encontraron la solución: apareció la estrella y llegaron hasta Jesús, que estaba con su madre. Así sucede en nuestra vida: Jesús parece que se esconde, no encontramos sentido a sucesos de nuestra vida, a la vida misma incluso. Si ponemos los medios para salir de esa oscuridad, si acudimos a una persona bien formada en cuestiones de fe, también a un sacerdote, y ponemos por obra las indicaciones que se nos han dado, volveremos a encontrar la “estrella” y llegaremos hasta Jesús y, junto a El, a su madre. Esta ha sido una constante en la historia de la Iglesia y Dios nos da más, a su madre. Quien acude a María también encontrará a Jesús. La alegría de los magos al ver de nuevo a la estrella es la alegría del cristiano que vive su vocación de entrega, de hacer de Jesús la meta y el punto de partida de su vida.
“Cayendo de rodillas lo adoraron… le ofrecieron sus regalos oro, incienso y mirra”. Esa es la actitud del alma que descubre a Dios: la adoración, el reconocimiento de Dios como Creador y la de él como criatura, como proyecto divino en realización, poniéndose a sus pies y ofreciéndole lo mejor de sí mismo –el corazón-: ponerse a su disposición. Esa es la tarea de nuestra vida.
Han ido hasta Jesús unos personajes que no pertenecían al Pueblo de Dios. Jesús mismo nos hablará de que la salvación que El realiza es para todos los hombres y mujeres de este mundo, primero para los israelitas. Así lo dice, por ejemplo, en la institución de la Eucaristía y, sobre todo, en la misión de los Apóstoles. Todos los hombres y mujeres de este mundo están llamados a la salvación, a vivir en relación filial con Dios y a heredar la Vida eterna. Ahora nosotros somos esa estrella que ha de orientar a tantos hacia Jesús, único Dios y Salvador. Nuestras buenas obras serán el brillo que oriente a tantos hacia El, para encontrar el sentido de sus vidas. Ciertamente a veces nuestras obras deficientes o malas harán que a veces los demás pierdan la orientación por unos momentos, pero si persisten descubrirán la estrella, entenderán que, igual que ellos, debemos luchar cada día para permanecer en el seguimiento de Jesucristo. Y volverá la alegría a sus vidas. No seamos estrellas fugaces: buenos por un rato o de vez en cuando. Unidos a Jesucristo siempre seremos luz, con mayor o menor brillo. María nos acompaña y está siempre mostrándonos a Jesús, fruto bendito de su vientre.
Chiclayo, 04 de enero de 2009
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