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Homilías 2009

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

      Jesús se sirve de los medios a su alcance para anunciar el Evangelio, la Buena Nueva de la salvación: banquetes, barcas, caminos,… Hoy nos habla desde un lugar muy conocido para El y sus discípulos, la sinagoga de Cafarnaún, el lugar de culto de los judíos, fuera del templo de Jerusalén, centrada en la escucha y respuesta a la Palabra de Dios. Por eso, cuando Jesús habla en esta sinagoga, le escuchan, se remueven interiormente y “se quedaron asombrados de su enseñanza, porque no hablaba como los letrados, sino con autoridad”.

      ¿Qué diferencia había entre la explicación que daban los letrados o entendidos en la Palabra de Dios y la que daba Jesús? Los primeros hablan como entendidos no tanto como “vivientes”, sin embargo Jesús hablaba desde su vivencia de la Palabra de Dios. La vivía porque El es esa Palabra de Dios que se ha hecho hombre para dar a conocer a Dios y su plan de salvación para con los hombres y la creación entera sometida al pecado.

      La palabra de Jesús es una palabra que hace lo que El dice, es eficaz, salva y sana. Como tal, cura enfermedades y resucita muertos (leprosos o ciegos, el joven de Naím), toca el interior de las personas, provocando un proceso de conversión, como en el caso de Zaqueo o de la samaritana, o el deseo de seguirle, como Pedro, Andrés y los demás discípulos.

      Todo Jesús es Palabra de Dios: sus gestos y palabras nos hablan de Dios. Por eso se nos habla muchas veces de contemplarle para que su vida misma quede grabada en cada uno. Es un proceso que nos irá identificando con Jesucristo en la medida en que la contemplación lleve a la acción, en la medida en que nos esforcemos para que su palabra sea vida nuestra: que nuestra vida manifieste a Jesucristo para gloria de Dios y bien de quienes nos rodean. “Tus palabras son espíritu y son vida”, dice San Pedro cuando muchos han abandonado a Jesús.

      Porque se trata de un proceso interior por el que las palabras y gestos de Jesús se hacen nuestros, de que vivamos de su palabra, prohíbe a los demonios que digan quién es. No le interesa un conocimiento humano o meramente intelectual, sino ese proceso interior por el que el hombre le va descubriendo en su interior, ayudado por la gracia de Dios, y va vivenciando y experimentando ese descubrimiento de Jesucristo. Hay quienes saben mucho de la doctrina cristiana, sin ser creyentes en Jesucristo.

      Las consecuencias de todo esto son fáciles de sacar. En primer lugar se trata de que estemos en trato asiduo con Jesús, Palabra de Dios, para contemplarla y con el deseo de llevarla a nuestra vida, ayudados por la gracia de Dios: discípulos de Jesucristo. Esto nos llevará a anunciarla a los demás con gestos y palabras, admitiendo nuestras contradicciones: misioneros. Ante la transmisión de nuestro anuncio, unos se moverán más aprisa o más despacio en su conversión: es un proceso interior en el que la gracia de Dios y la libertad humana interactúan. Lo nuestro es hablar, siempre con autoridad, es decir, con la humildad de quien trata vivir aquello que transmite, de quien día a día trata de ser iluminado por la Palabra de Dios y continuar o renovar el proceso de conversión. Que día a día estemos a la escucha del Señor y no endurezcamos el corazón a sus requerimientos a vivir más unidos a El. Seamos asiduos a la lectura de la Biblia, haciendo oración con ella, tratando de vivir su mensaje salvador y de transmitirla a los demás con vibración y autoridad.

      Que la Sagrada Familia nos ayuden a estar a la escucha de la Palabra de Dios y a practicarla para ocuparnos de las cosas del Padre Celestial.

Chiclayo, 01 de febrero de 2009


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