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Homilías 2009

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

      Jesús tiene prisa de anunciar el Evangelio a muchos en Israel: va de un lugar a otro sin detenerse muchos. Le urge que los israelitas puedan cumplir la misión para la que fueron elegidos como Pueblo de Dios.

      Jesucristo es el primer evangelizador y modelo para todo evangelizador. Debe cumplir por amor el encargo recibido de Dios Padre de anunciar a todos su amor misericordioso que les llama a la conversión para que se salven y tengan la vida en plenitud. Jesús cumple su tarea evangelizadora no porque sea de su agrado, sino con total desinterés, por puro amor a Dios y a nosotros, no buscando su propio bien sino el de los demás. Y así le vemos evangelizando en Cafarnaún, en casa de la suegra de Pedro, en las diversas aldeas de Galilea. Fiel a Jesucristo, San Pablo nos ha dicho que él evangeliza sin esperar beneficio alguno: su recompensa está en la de predicar sin recompensa. Por fidelidad a Jesucristo, irá de un lado para otro anunciando el Evangelio.

      Como recordábamos el domingo pasado, Jesucristo es la Palabra de Dios, “el Evangelio de Dios (cf. Rom 1, 3). Creemos y anunciamos “la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1, 1)” (Aparecida, 103). Jesús acompaña la predicación con diversos signos de su poder divino: los milagros: forman parte del anuncio del Reino. Es la pedagogía divina que, a través de lo visible, nos lleva a lo invisible: a través de las cosas creadas podemos llegar al autor de las mismas, a través de los milagros podemos reconocer la presencia especial de Dios en Jesucristo, es Dios.

      A veces el hombre niega a Jesucristo porque se cierra a la posibilidad de que exista algo más allá de lo que percibimos por los sentidos exteriores. Es uno de los problemas de nuestro tiempo, no sólo por razones ideológicas, sino también por una actitud pragmática ante la vida dejándose llevar por lo útil o lo del momento y, a veces, por lo fácil y lo que supone menos esfuerzo intelectual. Como ejemplos están la falta de interés por la matemática –tan necesaria para conocer la ciencia y avanzar en muchas dimensiones de la ciencia, para hacer avanzar la tecnología-, o la falta de interés por la filosofía, que impide tener una visión correcta del hombre y de la realidad –Dios y el mundo-, dejando sin respuesta el sentido de la vida, de la muerte y el dolor, dejando sin fundamento los valores de que tanto se habla.

      Unidos a Jesucristo por el Bautismo, el deber de evangelizar surge en nosotros como algo connatural, como surgía la predicación de Jesucristo: El es predicación, Evangelio, anuncio del Reino. Así nosotros. No se trata de hacer apostolado, sino de ser lo que somos, apóstoles, participantes de la Vida de Jesucristo, misionero del Padre. Somos cristianos y, en todos nosotros, surge el grito interior de San Pablo: “¡ay de mí si no evangelizare!”. Si no evangelizo, estoy atentando contra mi fe cristiana, me estoy debilitando y poniendo en peligro la Vida sobrenatural que hay en mí por la gracia, algo así como sucede con el agua estancada. Como sabemos, nuestra evangelización será paradójica, pues se realiza en medio de contradicciones entre lo que decimos y lo que hacemos. Pensemos que no todos entendieron a Jesús, pues su realidad humana –no defectuosa- opacaba su ser divino (“galileo”), incluso su conducta era motivo de escándalo para algunos (“amigo de publicanos y pecadores”). La lucha por superar nuestras propias contradicciones será muchas veces el mejor testimonio, el mejor signo evangelizador. Y la exigencia de ser un testimonio transparente de Jesucristo será un gran estímulo para avanzar en vida cristiana, en santidad.

      Evangelizadores, apóstoles, misioneros. “Con la alegría de la fe, somos misioneros para proclamar el Evangelio de Jesucristo y, en El, la buena nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, del trabajo, de la ciencia y de la solidaridad con la creación” (Aparecida, 103).

      Que nuestra Madre nos ayude.

Chiclayo, 08 de febrero de 2009


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