DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (B)
En tiempo de Jesús, la lepra era una enfermedad más o menos frecuente. El leproso debía vivir aislado a causa del peligro de contagio. Además se consideraba manifestación de pecado, como sucedió con María, la hermana de Moisés, por haber murmurado de su hermano. El sacerdote declaraba si había quedado limpio/a de la lepra.
Jesús accede ante la súplica del leproso y le cura, se compadeció. Resaltamos esa misericordia de nuestro Salvador que se conmueve ante la petición de un hombre agobiado por su enfermedad incurable, y actúa. Muchas veces las curaciones realizadas por Jesús suelen tocar el fondo de la persona enferma o pecadora, como hace con el paralítico de Siloé o con la adúltera. Jesús ha venido a redimir al hombre total –alma y cuerpo- y liberarle de sus dolencias físicas y espirituales, sobre todo en la resurrección final. Las curaciones, además de ser muestra de la misericordia divina son manifestaciones, como anticipos, de lo que será la resurrección al final del mundo. Mantener viva la esperanza de la resurrección final.
Mientras llega ese momento, que pasará a través de la muerte como en Jesucristo, vayamos a El para que nos libere de nuestras dolencias, conscientes de que hará lo conveniente. Pidamos para que nos libere de nuestros males interiores, acudiendo al sacramento de la Confesión siempre que sea necesario. A veces puede darse en nosotros como una lepra del alma: un defecto que no queremos superarlo o no luchamos lo suficiente para vencerlo, como puede ser el escuchar o propalar chismes, provengan de donde sean. El chisme es un pecado contra la caridad, pues lleva a pensar mal del otro y, a veces, a actuar en contra del otro; también puede ser un pecado contra la justicia, pues todos tenemos derecho a la buena fama, pecado que puede ser calumnia si además es falso lo que se dice. Actuar enérgicamente contra cuanto puede manchar nuestra alma, al menos como tratamos de evitar una enfermedad de la piel.
Si el chisme recae sobre nosotros, muchas veces es mejor callar o, tal vez, sea necesario la aclaración por los medios de comunicación social o recurrir a los tribunales. Siempre tengamos presente el ejemplo de Jesús y nos unamos a El en su acción redentora, quien presenta el aspecto de leproso al ser portador de los pecados de los hombres, que se verán curados a través de sus heridas (Is 53, 3-12), como cita San Pablo. Los sucesos que llamamos negativos, siempre son una invitación a participar de la Cruz redentora de Cristo, ofreciéndonos con El por la salvación, curación, de todos. Sigamos la exhortación de San Pablo de hacer todo, de vivir todo, para gloria de Dios, encauzando nuestras intenciones hacia El: “Si Dios quiere, …”.
San Marcos, en el relato que nos ocupa, destaca la actitud del leproso curado dando testimonio a favor de Jesús, proclamando el favor y dando gracias por el favor recibido. La acción de gracias, que consiste en dar a conocer el beneficio recibido, es un modo de vivir en el Reino y alabar al Padre. Esta alabanza del Padre la espera Jesús al realizar sus milagros. Y cualquiera que tenga conciencia de haber sido salvado por el Señor debe corresponder con la alabanza y acción de gracias. A San Josemaría Escrivá le gustaba repetir que debemos dar gracias a Dios por los muchos beneficios que de El recibimos, también por los que desconocemos.
La acción de gracias a Dios manifestada ante los demás nos llevará a lo que San Pablo nos ha dicho: “Yo procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de ellos, para que todos se salven”. No se trata de buscar el bien de los demás simplemente, sino que busquemos el bien de los demás considerando que la salvación es el máximo bien para el hombre.
Acudamos a la Santísima Virgen para que nos ayude a conseguir una mayor pureza de conciencia, de alma, una mayor confianza en Jesús en nuestras necesidades materiales y espirituales.
Chiclayo, 15 de febrero de 2009
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