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Homilías 2008

DOMING0 VII DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

      Jesús “arrastraba” multitudes, querían verle, escucharle, presenciar sus milagros. Era la fuerza de Dios que realizaba ya las promesas de salvación, de un nuevo Reino de Dios. Jesús atraía con su porte y su mirada porque de El salía una gracia especial; lo hemos visto en santos como Madre Teresa o el P. Pío o Juan Pablo II en sus últimos años. Querían escucharle porque hablaba con autoridad, sus palabras tocaban los corazones, haciendo que se removieran en actitud de conversión (los dos de Emaús). Muchos acudían en busca de curaciones, como el ciego del evangelio de hoy. A todos llegaba Jesús, por todos actuaba, pues había venido a salvar al hombre en su totalidad.

      En este contexto, podemos situar mejor el relato del paralítico descolgado para ponerlo frente a Jesús. La casa estaba llena hasta la calle, todos querían estar cerca de Jesús porque de El salía una virtud especial. Los que llevaban al paralítico se sintieron descorazonados por el “lleno”. Alguien tuvo la feliz idea de levantar una parte del tejado de la parte donde estaba Jesús. La fe es intrépida, capaz de trasladar montañas como dijo Jesús. Y, cuando hay amor – en este caso al paralítico-, las dificultades se superan en buena parte. Tal vez entendemos que por aquí va la respuesta a nuestra oración: la fe intrépida y el amor decidido al prójimo.

      A Jesús le impresionó la fe de los que llevaban la camilla. Comienza por sanarle en la raíz de su mal, los pecados, que muchas veces son la causa de los males físicos o psicológicos, propios o ajenos. Cuando el hombre actúa al margen o en contra de Dios introduce el desorden en su persona y a su alrededor. Si tenemos fe en Jesucristo, podemos hacer mucho por aliviar los males físicos o espirituales de quienes nos rodean. Fe que requerirá poner los medios a nuestro alcance para llegar hasta Jesús: fe que obra por la caridad. Como Jesús, no vayamos sólo a dar de comer o medicinas, etc., sino vayamos más al fondo, intentado que esas personas perciban en lo posible a Jesús.

      A veces nos sucederá como años más tarde a Pedro ante otro paralítico en la puerta del Templo de Jerusalén: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: ¡En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda!... y comenzó a andar”. No tenemos para remediar el mal material, pero les damos la palabra de aliento y la cercanía de Dios para resolver su problema; y nuestra oración.

      En la proximidad de la Cuaresma como preparación para la Pascua del Señor, este suceso es una invitación a la penitencia, una invitación para acercarnos más a Jesús, poniendo los medios adecuados: una mejor confesión, una lucha más decidida para superar algún defecto, la privación de algo que no es malo –p. e., menos helados-, leer con mayor atención la Biblia o algún documento de la Iglesia, etc. Acercarnos a Jesús, que, en este suceso, se nos manifiesta con todo su amor y poder de Dios, para ponernos ante El, contemplarle y recibir su gracia seguirle. A la vez animar a otros, ayudarles, para que, en esta Cuaresma, se acerquen a Jesús, sanen las heridas de su alma y le sigan con paso decidido.

      En este camino de conversión que es la Cuaresma, quiero concretar un punto: la sinceridad. San Pablo nos ha recordado que, en Jesús, no había un “sí” y un “no”. Jesús es el SI de Dios, en quien cumplen las promesas hechas por los patriarcas y profetas de llevar a cabo la redención del hombre alejado de El por el pecado. Ese “sí” lo espera Dios de nosotros por la sinceridad de nuestra vida, viviendo en fidelidad a El y evitando toda duplicidad en lo grande y en lo pequeño (fidelidad matrimonial o la vista), hablando la verdad y evitando propalar chismes o cualquier cosa que pueda empañar la buena fama del prójimo, trabajando bien sabiendo que trabajamos, en última instancia, para el Señor. Como dice el Apóstol, esta sinceridad de vida es posible por la actuación del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones.

      Que Santa María del Camino nos ayude en esta Cuaresma para avanzar mucho más en fe y en caridad, en sinceridad y en apostolado.

Chiclayo, 22 de febrero de 2009


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