III Domingo de Cuaresma (B)
Como Jesús, también nosotros nos cansamos por el trabajo, en nuestro esfuerzo por vivir la vida cristiana, en el apostolado sobre todo cuando no responden. En realidad Jesús va en busca de la samaritana como va en busca de nosotros en la oración. “Allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber” (S. Agustín, CIC, n. 2560). “Vengan a Mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré, y encontrarán descanso para sus almas”.
En ese contexto de cansancio y de encuentro con Jesús en el brocal del pozo, escuchamos sus palabras reveladoras: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías tú, y El te daría agua viva”. Nos preguntamos por el “don” y por su interlocutor. La respuesta la encontramos en el mismo evangelio de San Juan: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito”. Y añade la finalidad del don: “para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna” (3, 16). Es la fe que salva. Jesucristo es el don de Dios a nosotros para que, en El, alcancemos la salvación.
Jesucristo es el salvador y cuantos están unidos a El por la fe y por el amor alcanzan la salvación. Jesucristo provoca nuestra conversión a El –estemos dónde y cómo estemos-, quiere darnos de beber el agua que sacia los deseos más profundos del hombre. Por eso dirá más adelante: “Si alguno tiene sed que venga a mí, y beba el que cree en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). Y el evangelista explica: “Esto decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en El” (7, 39). Ahora hemos entrado en intimidad con Jesús, presente en nosotros y hace que se sacien nuestros deseos más profundos, que se sintetizan en Dios: “quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta”. Es el Espíritu Santo que Jesús nos da en el Bautismo y en los demás sacramentos quien nos llena plenamente y se manifiesta en alegría, paz, vida plena, como ríos de agua limpia y fresca, que vivifican cuanto riegan. Esto sucederá si no le ponemos resistencias, si colaboramos con la acción del Espíritu Santo vivificador, que quiere hacernos partícipes de la vida en abundancia que hay en Jesucristo.
Es una realidad, una historia de amor que se da lo más íntimo de nuestro corazón, que se traduce en adoración “al Padre en espíritu y verdad”. En esa intimidad, cada uno percibimos la grandeza de Dios y nuestra pequeñez, la luz de Dios y nuestra resistencia a salir de las tinieblas del error y del pecado, nuestras verdades a medias, la tendencia a justificar nuestra tibieza y nuestras cobardías para desechar, dejar, cuanto sea pecado, aun el venial. Luchar contra cuanto haya de mentira en nosotros por pequeño que sea. Rectitud de intención.
La relación con nuestro Padre Dios se centra, en primer lugar, en lo íntimo de nuestro ser –alma, conciencia, corazón-, y tiende a expresarse en múltiples acciones interiores y exteriores. Si no buscamos a Dios, de nuestro interior surgirán en mayor o menor medida “los robos, los adulterios, los homicidios, las fornicaciones, etc.”, como dice Jesús. Es, en definitiva, una lucha que se libra cada día en nosotros. Dios o yo (ídolo).
En esta Cuaresma, cuidemos más el tiempo de la oración: mejor hecha o prolongarla un poco más, o hacer una mejor confesión o vivir mejor la Misa dominical con el deseo de encontrarnos con Jesús y recibir el agua viva del Espíritu Santo, que ilumine y fecunde nuestra vida diaria. Renovarnos en un deseo permanente de conversión, de lucha, para vivir más a Jesucristo en nuestra vida, siendo auténticos adoradores del Padre en espíritu y en verdad.
Con la ayuda y el ejemplo de María, que alcanza la alegría en Dios, su Salvador.
Chiclayo, 15 de marzo de 2009
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