XV Aniversario del Fallecimiento de Don Álvaro del Portillo
“El que me sigue… tendrá la luz de la vida”. Toda la vida cristiana es seguimiento de Jesucristo, quien vino a hacer divinos todos los caminos humanos de la tierra. Nos lleva a pensar en las huellas en la nieve de aquel religioso que tanto impresionaron a San Josemaría.
Este seguimiento del Señor lo estamos considerando especialmente en este tiempo de Cuaresma, tiempo de gracia en que se nos recuerda cómo el ir tras los pasos de nuestro Redentor es caminar hacia la cruz para participar con El de su Resurrección.
Porque nos reconocemos pecadores, porque reconocemos que, a veces, nos hemos apartado del Camino, la Iglesia nos dice que este tiempo de Cuaresma es tiempo de conversión, de negarnos a nuestros egoísmos y soberbias, de olvidarnos más de nosotros mismos, caminando en la dirección que Jesús nos señala con su caminar. Hemos de hacerlo, como nos dice el Maestro, tomando la cruz de cada día, hecha de nuestra singular personalidad, de nuestras faltas y pecados, de las circunstancias del mundo en que vivimos, del ambiente del que estamos rodeados.
Se trata, en definitiva, de una actitud de conversión constante. San Josemaría ilustra esta afirmación diciendo que “desde nuestra primera decisión consciente de vivir con integridad la doctrina de Cristo, es seguro que hemos avanzado mucho por el camino de la fidelidad a su Palabra. Sin embargo, ¿no es verdad que quedan aún tantas cosas por hacer?, ¿no es verdad que queda, sobre todo, tanta soberbia? Hace falta, sin duda, una nueva mudanza, una lealtad más plena, una humildad más profunda, de modo que, disminuyendo nuestro egoísmo, crezca Cristo en nosotros” (Es Cristo que pasa, n. 58).
Ante la proximidad de la Semana Santa, es el momento de realizar esta conversión profundizando más en la oración y en la penitencia, tal vez no tanto en extensión del tiempo cuan poniendo más devoción, más fe y más amor a Jesucristo que camina delante de nosotros hacia la entrega total a Dios Padre. Uno de los medios será una confesión en la que se cuide más el dolor de haber ofendido a Dios y los propósitos concretos de una vida más cristiana, más según Dios.
Con esa actitud estaremos contribuyendo a desarraigar el mal en los corazones de los hombres y mujeres de este mundo, comenzando por el nuestro. Pero esto es gracia de Dios. Por ello “debemos pedir a Dios, ante todo, la conversión del corazón, en el que tiene sus raíces toda forma de mal y todo impulso hacia el pecado” (JUAN PABLO II, 05.03.2003). Estas palabras del Papa nos traen a la memoria aquellas otras de San Josemaría: “Estas crisis mundiales son crisis de santos” y aquellas otras: “De que tú y yo seamos santos, no lo olvides, dependen muchas cosas grandes”.
Nuestro pensamiento se dirige ahora a Don Álvaro como hombre de Dios, con grandes dotes humanas y sobrenaturales, puestas al servicio de Dios en el Opus Dei, que es tanto como decir en servicio a la Iglesia. Todos lo recordamos la paz y la alegría que difundía su presencia y sus palabras, lo hemos visto al menos en diversas filmaciones. La raíz de esa actitud estaba en la conciencia de la filiación divina, una de las verdades más grandes de la vida cristiana, que había aprendido junto a San Josemaría: “La conciencia de ser hijo de un Padre misericordioso y omnipotente da razón de la profunda paz interior de don Álvaro”, explicaba el Prelado del Opus Dei (MONS. JAVIER ECHEVARRIA, Homilía, 23.03.2003).
“El que me sigue… tendrá la luz de la vida”. Es lo que hemos visto en la vida santa de D. Alvaro. Iba por el mundo con la seguridad de quien camina en pleno día, con la luz que permite ver con seguridad el camino y los obstáculos que puedan aparecer, con la seguridad de quien se sabe orientado por la fuerza que viene de lo alto, del Espíritu Santo. La seguridad que deseamos para cada uno y para todo el mundo. La seguridad que hemos de dar los hijos de Dios con nuestras palabras y con nuestra conducta. Ser de verdad “luz del mundo”, apóstoles de Jesucristo cada día más fieles a la misión recibida en el Bautismo y en la Confirmación.
A Nuestra Señora de la Paz, acudimos para que D. Alvaro sea puesto pronto en la gloria de los altares, a la vez que tomamos la decisión de dar un tono más deportivo a nuestra conversión a Jesucristo, que camina hacia la Pascua, desde la que irradia luz y paz para este mundo, que es el nuestro y del que nosotros debemos ser siempre luminarias de paz y alegría en el Señor.
Chiclayo, 30 de marzo de 2009
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