III DOMINGO DE PASCUA (B)
Las lecturas bíblicas de este domingo nos llevan a los primeros momentos pospascuales en los que los discípulos de Jesús exultan diciendo: “Era verdad, el Señor se apareció a Simón”. Es una vivencia personal y comunitaria, que se va avivando conforme pasan los días al ritmo de las apariciones de Jesús, pues conviven con El.
Frente a quienes pretenden distorsionar el hecho de Jesús resucitado, lo que descubrimos, como en el evangelio de hoy, es que Jesús mismo va buscando a los discípulos y darles evidencias de que es El, “en carne y hueso”, que ha resucitado como anunciaron los profetas y El les había dicho, después de haber muerto en la Cruz.
Esa fe que se desarrolla en los discípulos queda plasmada en los escritos neotestamentarios leídos hoy: desde una fe incipiente del día de la Resurrección a la fe firme y evangelizadora expuesta por Pedro después de Pentecostés hasta la fe madura de Juan en su primera Carta. Una fe que se fundamenta no tanto en los milagros de Jesús cuanto en la experiencia del contacto con el Resucitado según había sido anunciado. La fe anterior a la Pasión se ha derrumbado, una fe por los milagros por la doctrina por las expectativas de un reino espiritual-temporal. Ahora es una fe que se fundamenta totalmente en el ser personal de Jesucristo como señor de la muerte y de la vida, cuya palabra se realiza más allá de los aparentes fracasos. Fe por la experiencia con Jesús resucitado, con quien convivieron por espacio de cuarenta días. Fe llena de esperanza y optimismo a pasar de las personales miserias: “si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, a Jesucristo”.
Ese es el camino de la fe cristiana, de nuestra fe. Esta fe es la semilla de la Palabra de Dios, lanzada en nuestro interior para que germine y fructifique según nuestras disposiciones personales, según nuestra disponibilidad a secundarla, a colaborar con lo la orientación que propone a nuestra vida. Esa Palabra que se va desarrollando en el Antiguo Testamento y alcanza su plenitud, su novedad en Jesucristo muerto y resucitado. Por eso no seguimos un libro, sino al mismo Jesucristo en quien Dios Padre ha depositado el mensaje de revelación, siendo El mismo la revelación de Dios. Jesucristo había anunciado que esa palabra nos sería inteligible gracias al Espíritu Santo que les enviaría, que nos envío en Pentecostés y que nos lleva a la verdad completa a Jesucristo.
Ante esa palabra de Dios comunicada en Jesucristo, sobre todo en la Pascua, cabe la actitud de Judas, que se encerró sobre sí mismo y no quiso ponerla en práctica o la actitud de Pedro que reconoce sus errores, sus pecados, y la actitud totalmente confiada de los discípulos al ver a Jesús, sin dejarse llevar por prejuicios y ambiciones personales, sin poner condiciones a Dios. Esa es la raíz de su alegría desde el contacto con el Resucitado, es la alegría de la fe que contagia a otros para acercarse a Jesucristo, es la alegría que les lleva a no temer a los poderosos de este mundo, a quienes pretenden apartarlos de su camino de fe cristiana.
La conclusión a la que nos lleva lo expuesto es la de avivar en nosotros la fe en Jesús resucitado, a tener la experiencia de El a través de la Palabra, la oración y los sacramentos, de la puesta en práctica de sus mandamientos, “guardarlos”, porque “quien dice: yo le conozco” y no guarda sus mandamientos es un mentiroso”. Experiencia personal de Jesucristo, quitando de nosotros los prejuicios, el deseo de obtener ventajas materiales por la práctica religiosa, a la vez vivimos con optimismo nuestra fe a pesar de que no todos nos entiendan o, incluso, nos ataquen por nuestra fe. Alegría en nuestro apostolado, sabiendo que “quien guarda su palabra, en él, ciertamente, el amor de Dios ha llegado a su plenitud”. “Alégrate, María, Aleluya, rezamos con la Iglesia. Mayo.
Chiclayo, 26 de abril de 2009
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