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Homilías 2009

Pentecostés

      El Papa decía esta mañana: “La Iglesia, sin el Espíritu Santo, sería una institución social… una compleja y sólida institución social”, como la ven los que no tienen la óptica de la fe. Sin embargo la Iglesia es otra realidad, que surge de su interior: el Espíritu Santo, que es fuerza de Dios, paz y gozo, luz que guía hacia la verdad completa, fuente de agua que salta hasta la vida eterna, como dijo Jesús.

      El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, que se ha derramado sobre nosotros, miembros de la Iglesia, en el momento del Bautismo. Por ser el amor de Dios, nos hace hijos de Dios, al que llamamos con propiedad “Padre”. Y, por ser hijos, nos hace “herederos de Dios y coherederos de Cristo”. De esta manera el Espíritu Santo se convierte en el alma de la Iglesia –por tanto, como el alma de nuestra alma-, dándole su contenido específico, el amor de Dios, el Amor, que lo penetra todo y lo trasciende todo.

      El Espíritu Santo es el que guía a la Iglesia y la garantía de la verdad de la misma y de cuanto anuncia en cumplimiento de cuanto dijera Jesús: “El les guiará hacia la verdad completa”, “les enseñará todo y les recordará cuanto les he dicho”. Porque el Espíritu Santo está en ella, podemos afirmar que es infalible cuando anuncia las verdades del Evangelio y propone la conducta en consonancia con esas verdades. Así hasta el fin del mundo, porque Jesús la instituyó con esa duración. Amar a Jesucristo es amar a la Iglesia y viceversa. No es posible separarlos. No poner en tela de juicio las verdades que anuncia la Iglesia, pretendiendo una modernización que es traicionar a la verdad, que es mentira, que es un descamino para el hombre, como sucede con el aborto. Hay verdades de siempre, que se profundizan o se comprenden mejor con el paso del tiempo o que se explican de modo diferente, permaneciendo las mismas.

      Si la Iglesia realiza obras de carácter social, es siguiendo el ejemplo de Jesús, quien se compadeció de los enfermos, los hambrientos, los pobres. Y, como en Jesús, las obras de caridad quieren ser expresión visible del amor de Dios por los hombres, a la vez que son anuncio de ese amor a los hombres de buena voluntad; son frutos del Espíritu Santo, alma de la Iglesia. Por eso ha dicho también hoy el Papa que, en Pentecostés, “Dios envía a la Iglesia a anunciar el triunfo del amor sobre el pecado”.

      Los Apóstoles realizaron puntualmente ese envío con su predicación en la mañana de Pentecostés, tan pronto como había desaparecido la presencia visible del Espíritu Santo. Por ese anuncio temprano, se convirtieron tres mil personas. Y el Espíritu Santo sigue presente en el interior de la Iglesia impulsándola a seguir anunciando el mensaje de Jesús con palabras y obras, provocando nuevas conversiones.

      En esta Fiesta, se nos pide que tomemos mayor conciencia de nuestra tarea evangelizadora, que es el Espíritu Santo quien hace fructificar en vida cristiana nuestras palabras y nuestros ejemplos. Por ser Iglesia, todos debemos evangelizar, y, ahí, está nuestro premio. En este Pentecostés de la Iglesia, debemos situar Aparecida: todos los bautizados urgidos a ser discípulos y misioneros de Jesucristo ardorosos, vibrantes de amor a Dios y a los hombres para que todos se salven. Examinémonos sobre qué hacemos para que quienes nos rodean conozcan y sigan mejor a Jesucristo. Sembremos amor para tener una cosecha de amor, cambiando progresivamente el interior de las personas, cambiando poco a poco el mundo como una corriente de agua que fecunda y crea las condiciones para que se den abundantes frutos.

      Porque estamos en un Pentecostés permanente, nos colocamos unidos en oración, teniendo como centro a María y a los Apóstoles.

Chiclayo, 31 de mayo de 2009


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