San Josemaría
Con motivo de los 150 años de la muerte de San Juan María Vianney, el Cura de Ars, el Papa Benedicto XVI ha proclamado un Año Santo con el fin de que todo el Pueblo de Dios, la Iglesia, rece por los sacerdotes y cuide de ellos. El lema es: “Fidelidad de Cristo, Fidelidad del Sacerdote”. Con este motivo he dirigido una carta a los sacerdotes y fieles de la Diócesis de Chiclayo.
San Josemaría nombró a San Juan María Vianney como uno de los intercesores del Opus Dei. Hablaba con mucha devoción del Santo Cura de Ars como sacerdote fiel, por su dedicación al confesonario, por ser santo. Sin embargo, en el Opus Dei, la gran mayoría de los fieles son laicos, pero con alma sacerdotal, propia de los fieles laicos en la Iglesia.
[En su homilía “Sacerdotes para la Eternidad”, parte de un texto de San Pedro para hablar del sacerdocio en la Iglesia: “Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1Pe 9-10). Este texto le permite hablar de la misma condición en la Iglesia de sacerdotes y laicos, todos elegidos por Dios desde la eternidad para ser santos (Cf Ef 1,3-4).]
San Josemaría hace la distinción entre sacerdocio ministerial –propio de quienes han recibido el sacramento del Orden- y el sacerdocio común de los fieles. Al decir del Concilio Vaticano II, ambos sacerdocios son “diferentes esencialmente y no sólo de grado”, y se ordenan “el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (LG, 10).
A quienes llamamos sacerdotes son fieles que han recibido, además del Bautismo y otros sacramentos, el sacramento del Orden Sacerdotal. Como gustaba decir a San Josemaría, si no fueran fieles, serían infieles. El Concilio Vaticano II sintetiza lo propio del ministerio de los sacerdotes: “El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo de Dios” (l. c.). El sacerdote actúa en la persona de Cristo, Cabeza de la Iglesia.
La acción central del sacerdote es la Santa Misa. El sacerdocio en la Iglesia nace en el contexto de la institución de la Eucaristía cuando Jesucristo ordena a los Apóstoles: “Haced esto en conmemoración mía”. Les viene a decir que lo que yo acabo de hacer convirtiendo el pan y el vino en mi cuerpo entregado y en mi sangre derramada en la Cruz, Vds. deben hacerlo a partir de ahora, lo harán con mi poder, es decir, seré yo quien seguirá actuando en Vds. este momento crucial de la Redención del mundo. “Por el sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser, es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad” (SAN JOSEMARIA, Amar a la Iglesia, 39). Y un poco más adelante dice que el sacerdote hace bajar a Jesucristo a sus manos, por indignas que sean, cada vez que pronuncia las palabras de la Consagración dentro de la Santa Misa.
“No quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta no se dirige a ellos, sino a Mí, en virtud de la Sangre que yo les he dado para que la administren”. Son palabras que, Santa Catalina de Siena dice que le dirigió Jesucristo. El Fundador del Opus Dei hacía referencia a este texto y comenta: “Si no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares, y no más” (o. c., 38). Fue tan grande su amor por los sacerdotes, singularmente diocesanos, que estuvo decidido a dejar el Opus Dei para dedicarse totalmente a la atención de los sacerdotes diocesanos. Una vez más el Señor le pidió el sacrificio de Abrahán y, en el último momento, le detuvo la mano y le hizo ver que los sacerdotes diocesanos, por ser seculares y no pertenecientes a una congregación religiosa, podían pertenecer al Opus Dei: podía dedicarse a ellos siguiendo en el Opus Dei y, a la vez, los sacerdotes diocesanos podían pertenecer a esta institución de la Iglesia, surgida por inspiración divina.
En estos tiempos en que algunos hablan mal de algunos sacerdotes, es bueno recordar el consejo de nuestro Santo: si los sacerdotes no son más santos es porque reza poco por ellos el pueblo cristiano.
Por lo que se refiere al sacerdocio de los fieles, el Concilio Vaticano II afirma: “Los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante” (LG, 10). Los fieles de la Iglesia, laicos o seglares en su inmensa mayoría, son sacerdotes en cuanto que han quedado unidos íntimamente a Jesucristo Sacerdote desde el Bautismo. Sólo los bautizados pueden participar de la Santa Misa con pleno sentido y sólo los bautizados pueden dar auténtico testimonio de vida cristiana en la vida de cada día, ser verdaderos apóstoles. Ciertamente es un gran honor, pero también una gran responsabilidad de actuar de tal modo que Cristo quede reflejado en sus vidas y todos puedan llegar a ese momento cumbre de unión con Jesucristo, que es la Sagrada Comunión.
De ahí surge el alma sacerdotal de que hablaba San Josemaría. El fiel cristiano, por su unión con Jesucristo Sacerdote, que vive para siempre intercediendo por nosotros ante Dios, está llamado a ofrecer oraciones y sacrificios por todos los hombres y mujeres, colaborando decididamente con su trabajo a que todas las actividades humanas (la familia, la profesión, el estudio, la cultura, la empresa, la política etc.) y las realidades materiales (la producción, el comercio, los resultados de la investigación, las tareas de la casa, el medio ambiente, el universo entero) se orienten hacia Dios. Esta tarea está encomendada especialmente a los seglares mediante su vida de fe práctica y mediante su competencia profesional puesta al servicio de sus conciudadanos. “De este modo, también los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios” (LG, 34).
Encomendemos a María Inmaculada la vida santa de los sacerdotes, la abundancia de vocaciones sacerdotales y que todos los laicos de la Iglesia vivan con alma sacerdotal y mentalidad laical.
Chiclayo, 26 de junio de 2009
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