Clausura del Año Paulino
En este momento, nos unimos a toda la Iglesia que clausura hoy el Año Paulino, el año de gracia a que nos convocó el Papa Benedicto XVI con motivo del Bicentenario del nacimiento de San Pablo. Un año de gracia por las indulgencias que el Papa concedió, así como la reflexión que se ha hecho sobre la persona, la vida y la predicación del Apóstol de los gentiles.
Pablo fue consciente de su elección divina desde la eternidad como dice en la Carta a los Gálatas (1, 15) en consonancia con lo dicho en la Carta a los Efesios sobre la llamada universal a la santidad (1, 4). La afirmación de Gálatas la hace en relación con la vocación recibida para ser ministro del Evangelio entre los gentiles: recibió la misión de anunciar a Jesucristo Salvador, singularmente a cuantos estaban alejados de Dios por motivo de la idolatría o de la increencia (cf He 13, 2. 46). Así lo había indicado el Espíritu Santo. Así lo hará con todo el ardor con que antes había perseguido a su Señor. “Lo que se busca en un ministro es que sea fiel”.
Su vocación tiene como punto de partida la experiencia de la visión de Jesús resucitado en el camino de Damasco (He 9, 5-6; 1Cor 15, 8). La misma que tuvo como fundamento la predicación de los demás Apóstoles desde el día de Pentecostés (He 2, 32). La fe en Jesús resucitado después de su muerte será el punto central de su extensa e intensa, también accidentada, predicación apostólica. No hay otro punto de partida para nuestro apostolado.
Aquí quiero detenerme un poco. El Papa nos recordó en Aparecida que la Iglesia está siempre en misión y que la Misión Continental tiene, en primer lugar, recordar que toda la Iglesia, que todos los bautizados estamos llamados a ser misioneros, a evangelizar de palabra y de obra. Si recorremos el libro de los Hechos de los Apóstoles y las cartas paulinas, encontraremos el ardor del Apóstol para anunciar a Jesucristo. Predica, organiza las comunidades y sigue adelante predicando y formando nuevas comunidades, no importan las dificultades. Es nuestro paradigma en el trabajo pastoral, no podemos detenernos.
San Pablo nos habla de la vida de fe adulta, del hombre perfecto según Dios, a vivir en la novedad de vida en Cristo Jesús. El Apóstol nos “exhorta a no ser conformistas”. Comenta el Papa: “Nos convertimos en nuevos, si nos dejamos conquistar y plasmar por el Hombre nuevo, Jesucristo. El es el hombre nuevo por excelencia” (Vísperas de San Pedro y San Pablo). Y dice de San Pablo que “El se convirtió en hombre nuevo, en otro, porque “ya no vive para sí en virtud de sí mismo, sino por Cristo que está en él”.
Fe adulta para extender el evangelio a “los gentiles” de nuestro tiempo, a aquellos que, tal vez, están bautizados pero no quieren saber de Dios o viven según sus gustos aunque invoquen a Dios. El Papa nos anima a hacerlo con valentía para expresar la fe de la Iglesia en temas tan controvertidos hoy como la honradez en el trabajo y en las relaciones comerciales, en la defensa de la vida humana desde la concepción hasta el deceso natural, el apostolado del matrimonio y de la familia; un asunto tan importante como la gran tarea de reforzar el interior del hombre, tantas veces vacío aferrándose a falsas promesas y narcóticos. En una palabra, seamos apóstoles como el Apóstol de los gentiles, no hay otro camino.
Para esto son necesarios pastores según el corazón de Cristo: “pastorear y custodiar el rebaño y conducirlo a los pastos justos”, buscando la salvación de las almas y rechazando la tentación de servirse del ministerio, de los frutos del rebaño. Ser sacerdote, nos dice el Papa, es “asumir la posición de Cristo. Pensar, ver y actuar a partir de su posición elevada. A partir de El estar a disposición de los hombres, para que encuentran la vida” (Misa en la solemnidad de San Pedro y San Pablo). Seguir en todo el ejemplo del buen Pastor, “que me amó y se entregó por mí”. Siempre siguiendo el consejo del Apóstol a Timoteo: “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1Tim 4, 16).
Como aparece en los Hechos y también en el suceso de Antioquía, Pablo tuvo en cuenta la preeminencia de Pedro sobre la Iglesia, cuyo criterio fue definitivo para él en su tarea evangelizadora. Vivamos muy unidos al Papa, recemos por él y contribuyamos a “La Caridad del Papa”. Esta unidad es necesaria para que la Iglesia realice la misión recibida de Jesucristo. Encomendémosle a María Inmaculada para que lo conserve, lo guarde y proteja, para que sea fiel pastor según el corazón de Cristo.
Chiclayo, 29 de junio de 2009
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