Domingo XVI del Tiempo Ordinario (B)
Conmueve la actitud tan humana de Jesús: invita a sus discípulos a un descanso después de sus correrías apostólicas por Palestina. Les lleva a un lugar apartado, donde la conversación corra más fluida y pueda instruirles de modo más distendido. A la vez conmueve el rasgo de dejar esos momentos de intimidad con los suyos pata atender a las multitudes que buscan en El orientación para sus vidas, quieren descubrir a Dios y, en Jesús, escuchan palabras de vida eterna. En El encuentran la paz.
La paz, esa palabra maravillosa que tanto anhelamos los hombres, pero que, a veces, parece esquiva en su consecución. San Pablo nos ha recordado que el hombre encuentra la paz en Dios manifestado en Jesucristo. La paz no es posible porque los hombres nos empeñamos en radicalizarnos en nuestras posturas, en dar un carácter absoluto a nuestras opiniones personales, en negar la posibilidad de enriquecer nuestra opinión con la del otro, en dar valor relativo a verdades absolutas.
Con esa radicalización de posturas, los líderes sociales provocan la dispersión y división en la sociedad, atentando con ello al bien común. A ellos se les pueden aplicar las palabras del profeta Isaías: “Vosotros dispersasteis mis ovejas, las expulsasteis, no las guardasteis”. Quien se aferra a su propia opinión rechaza a quienes opinan de modo diverso, los “expulsan” de su propuesta o modo de actuar. Los líderes sociales y, en general, los constituidos en autoridad deben buscar el entendimiento, la unión, pues hay una sola comunidad, la de los hombres y mujeres de este mundo. Cuando uno busca su propio provecho o el de su grupo sin considerar el derecho de los demás, está provocando la dispersión, la división, la alienación. En un mundo globalizado, tal actitud no es consecuente y, hasta cierto punto, es irracional. Por naturaleza, estamos llamados a ser y actuar con los demás: nos realizamos personalmente en la medida en que nos unimos a los demás en nuestros proyectos, en la convivencia social, en la participación en las responsabilidades sociales.
Dios tiene una providencia, nos viene a decir Isaías, y realizará su plan original de unión entre los hombres, aunque ahora parezca ilusorio. La indeterminación de la historia no es absoluta y Dios hace concurrir las cosas en el tiempo para bien de la humanidad; no niega las libertades y responsabilidades personales, las estimula.
No es ningún secreto decir que nuestro país vive las divisiones de un modo exacerbado, que esta actitud está haciendo difícil el progreso social y el de muchas personas. Es necesaria una cultura de pensar constantemente en el bien común, integrando posturas y las diversas minorías. Pero no podemos pensar sólo en categorías de país, sino que es preciso pensar en categorías de región y aun mundiales. Unas categorías que son de orden económico, pero también espirituales y culturales, unas categorías en las que Dios –fundamento de toda realidad- no quede excluido o reducido a una serie de prácticas al margen de la conducta de las personas o de los grupos. El Papa Benedicto XVI decía en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz: “Una de las vías maestras para construir la paz es una globalización que tienda a los intereses de la gran familia humana. Sin embargo, para guiar la globalización se necesita una fuerte solidaridad global, tanto entre países ricos y países pobres, como dentro de cada país” (n. 8). Y añade la necesidad de un “código ético común”, cuyas normas no sean sólo fruto de acuerdos, sino que estén arraigadas en la ley natural inscrita por el Creador en la conciencia de todo ser humano” (cf Rm 2, 14-15).
Si hacemos así, Jesucristo nos acoge y nos ayudará a vivir en paz y disfrutar de modo personalista de la convivencia social y de cuantas cosas hay en el mundo a nuestro alcance, siendo solidarios con las generaciones venideras.
Chiclayo, 19 de ju1io de 2009
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