San Juan María Vianney Domingo XVIII del Tiempo Ordinario (B)
Jesús nos habla del trabajo que está al alcance de todos y en el que debemos empeñarnos siempre: Creer en El. La fe como confianza total en Jesucristo, el enviado por el Padre para la vida del mundo. De este modo conseguimos el pan, lo que necesitamos para la vida de cada día. Jesús nos habla de una fe que es camino hacia El: “El que viene a mí no pasará hambre”. Dar dinamismo a nuestra fe, cada vez más, pedir que nos aumente la fe hasta confiar en Dios tanto que tomemos en serio sus palabras ante tantas preocupaciones de tipo material: “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas?” (Mt 6, 26). Y continúa hablando de los lirios y de nuestras preocupaciones. Nos propone el gran principio para superar nuestras preocupaciones: “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás [lo que nos preocupa] se os dará por añadidura” (v. 31).
En última instancia, todo viene de Dios, así como les envió el maná a los israelitas en el desierto. Esta confianza en la providencia divina es para todos, si bien se da de modos diferentes en cada persona o grupo de personas. El Santo Cura de Ars, que recibía abundantes limosnas, no las empleaba en provecho propio, sino en bien de la Iglesia y de los pobres. De él afirma el Papa Juan XXIII: “era rico para dar a los otros y muy pobre para sí mismo”. “Mi secreto –decía el Santo- es simple: dar todo y no conservar nada”. Por aquí está el camino de santidad elegido por muchos cristianos anónimos y el de obtener medios para las obras de culto y apostolado. Es cuestión de fe confiada, que pone todo en manos de Dios y no pide nada a cambio.
Pero Jesús en el evangelio de hoy va más lejos: nos ha introducido en o que escucharemos los domingos siguientes: “Yo soy el pan de vida”. El es el pan “que baja del cielo y da la vida al mundo”. Es el alimento que da al hombre la satisfacción de su anhelo más profundo: vivir siempre.
En Jesús, los hombres y mujeres de este mundo alcanzamos la satisfacción de cuanto necesitamos como personas, en el equilibrio de lo material y espiritual para cada uno. Unos reciben más bienes materiales y/o espirituales que otros, siguiendo el camino de fe. Estemos seguros de que Dios, en su providencia, nos da lo conveniente para vivir como personas y alcanzar el Cielo. Lo importante es que caminemos hacia Jesús para identificarnos cada vez más con El en la vida de cada día.
Por eso San Pablo, quien lo puso todo al servicio de Jesucristo, nos anima a vivir según nuestra fe y no dejarnos llevar del ambiente materialista y hedonista, aprendiendo de Cristo. El Apóstol dice “es así como habéis aprendido a Cristo”. No es posible separar la fe en Jesucristo de su estilo de vida: pendiente de Dios y utilizando los bienes materiales al servicio del Reino de Dios. Aprender a Jesucristo hacer que El sea nuestro criterio de vida, tal como los evangelios y la Iglesia nos enseñan. Y nos habla de dejarnos renovar en nuestro interior, en nuestra “mentalidad” por el Espíritu Santo, que nos guía hacia la verdad completa, que es Cristo.
Para ello, para vivir confiado en Jesucristo y vivir de fe en toda circunstancia, contamos con el alimento que nos fortalece: la Sagrada Comunión. Decía el Santo Cura de Ars a sus feligreses: “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de El para poder vivir con El”. Y añadía: “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”.
Si queremos Comunión –la queremos-, necesitamos más sacerdotes para que todos puedan vivir en Cristo, para que todos puedan conocer, amar y seguir a Jesucristo, identificados con su estilo de vida.
Que Santa María y San Juan María Vianney nos ayuden.
Chiclayo, 02 de agosto de 2009
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