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Homilías 2009

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO (B)
PRIMEROS MINISTERIOS

      Sorprende la similitud entre la respuesta de los israelitas a Josué y la respuesta de Pedro a Jesús. Los primeros dicen que no quieren servir a dioses sino sólo al Señor, Pedro no quiere apartarse de Jesús porque sólo El tiene “palabras de vida eterna”. El Espíritu Santo, que guía la Iglesia, nos plantea a veces estos dilemas para que no vivamos una fe mediocre.

      El evangelio nos ha descrito las diferentes reacciones de la multitud al discurso de Jesús sobre la Eucaristía. Ha hablado claramente de que El es el verdadero alimento que Dios les da para alcanzar la vida eterna -el cielo-, que es necesario comerlo para vivir la vida de Dios en nosotros, más, que la comunión de su cuerpo y de su sangre produce el máximo de unión: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56). Ante estas palabras, unos se escandalizaron y otros se marcharon. Fue una dura experiencia para Jesús, que no le amilanó, sino que buscó la decisión firme, la rectitud de intención, de los que se quedaron: “¿También Vds. quieren marcharse?”. Ya sabemos la respuesta firme de Pedro.

      Ciertamente la Eucaristía es incomprensible con criterios meramente humanos, incluso con cierta actitud de fe: podemos seguir la Palabra de Dios, pero que Dios mismo se haga hombre y se nos dé en comida requiere una gran fe en Dios mismo. Los sentidos no nos dicen nada, sólo atendiendo al poder de Dios puede aceptarse la realidad de la Eucaristía tal como la afirma Jesús. Sólo fiándonos de las palabras de Jesús se puede creer en la Eucaristía. Como dice Santo Tomás de Aquino: “La vista, el tacto y el gusto fallan ante Ti, Jesús Eucaristía, sólo podemos creer atendiendo a tus palabras”.

      Porque las palabras de Jesús “son espíritu y son vida”. Es la palabra de Dios, que creó el Universo (“dijo Dios: hágase… y se hizo), el aliento divino que dio vida a Adán, la palabra de Jesús que resucitó al joven de Naím o a la hija de Jairo, es el mismo Jesús, la Palabra de Dios que se encarnó para que tuviéramos vida en abundancia. El es la Vida de la que participamos en la Eucaristía. Necesitamos comulgar para vivir y vivir cada vez más, pues sólo en Jesús está la Vida, que sacia totalmente. La lectura de la Palabra de Dios, hecha con fe, nos lleva necesariamente a la Eucaristía: Jesús es esa Palabra que nos vivifica y se nos da totalmente al comulgar: “El en mí y yo en El”.

      Por eso podemos decir que la participación plena en la Santa Misa nos hace vivir el máximo de vida cristiana. Pero también nos hace vivir simultáneamente el máximo de vida humana. El hombre es sobre todo racionalidad, espíritu encarnado, alma que se expresa en el cuerpo y a través del cuerpo. La mera corporalidad no sirve para nada, dice Jesús: el hombre queda mutilado, alienado. Es el gran drama de nuestro tiempo, la imposibilidad de que los hombres se entiendan porque sólo buscan lo material y ponen las facultades espirituales al servicio de lo material, hay un desorden de raíz.

      Participar en la Santa Misa cada domingo nos permite vivir el máximo de vida humana porque la Palabra de Dios toca nuestras facultades espirituales, que se van manifestando en gestos y oraciones comunes, y nos va llevando a la plenitud de la Palabra humanada a través de la Consagración y de la Comunión: la palabra se hace espíritu y vida en nosotros, que tiende a prolongarse en los hechos de la existencia diaria. El gesto de ir a comulgar expresa el avance hacia el encuentro pleno con Jesús, que se inició en las lecturas de la Misa. La Comunión nos da el máximo de vida humana porque Jesucristo es perfecto hombre, nos transforma en El, y es perfecto Dios, a quien anhelamos, como todo hombre, desde lo profundo de nuestro ser, pues nos creó para vivir con El. Comulgar con las debidas disposiciones, nos hace más humanos y más divinos, cristianos en resumen.

      Queridos hijos Carlos y Roger (Oyuquito y Rocotito), parece que aún no les he dicho nada y voy a terminar. Como son inteligentes y doctos, saben que lo dicho tiene que ver mucho con su ministerio de Lectores y de Acólitos: desde hoy quedan destinados al ministerio de la Palabra y al ministerio de la Eucaristía en la Iglesia, una misma realidad, Jesucristo, en doble vertiente. Que desde hoy vivan para la Iglesia, procurando vivificarla con la abundancia de la Palabra de Dios y del servicio eucarístico. Vivan con el deseo de que todos puedan alimentarse debidamente, busquen la ayuda de otros porque muchos desean saciarse del Pan bajado del Cielo, pero no pueden lograrlo porque faltan servidores, es decir, más sacerdotes. Colaboren en una intensa y extensa pastoral vocacional.

      Invocamos a María Inmaculada, la siempre atenta a la Palabra de Dios, que la concibió en su seno y, por la fe, en su alma y después la comulgó, para que les haga fieles dispensadores de los misterios divinos.

Chiclayo, 23 de agosto de 2009


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