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Homilías 2009

SANTA TERESA JORNET

      “El amor de Cristo nos urge”. Esta frase del Apóstol ha de estar siempre en nuestros corazones. Lo nuestro es el amar, propio de cada persona y especialmente del cristiano, hijo del Amor.

      Jesucristo es la manifestación del amor misericordioso que se inclina ante el hombre indigente: pecador, pobre, enfermo, etc.

      El anciano, sobre todo el acogido en los asilos de las Hermanas de los Ancianos Desamparados, es una persona indigente de amor y de cariño, de atención preferente cuando las fuerzas físicas y, a veces, mentales están bastante limitadas.

      Ver en cada anciano a Jesús que sale a nuestro encuentro y nos pide su atención, amarle. Simultáneamente ser Jesús para el anciano de tal modo que pueda descubrir y amar a Jesús a través de nosotros.

      El amor que Dios ha derramado en nuestros corazones motivó a Santa Teresa Jornet a fundar la Congregación: Dios le inspiró el carisma de amor y de entrega vital a los ancianos desamparados. Cada hermana debe ser el amparo para todos ellos, bajo la mirada de la Madre la Virgen de los Desamparados.

      La Santa solía repetir lo que puede ser la síntesis del Carisma: “Dios en el corazón, la eternidad en la cabeza, el mundo a los pies” (configuradas, visión sobrenatural, realismo humano).

      De este modo van haciendo presente la solicitud de la Iglesia por los más necesitados, siguiendo a Jesucristo. A través de la Congregación, la Iglesia va cumpliendo su tarea evangelizadora en una parte consustancial a la misma: los ancianos faltos de atención. Po eso les decía su Fundadora: “Tu vida no es para ti: es para Cristo y para su Iglesia”. Ahí encuentran las Hermanas la fuente santificadora de su consagración.

      Y en los documentos de Aparecida leemos: “La vida consagrada es un don del Padre pro medio del Espíritu a su Iglesia, y constituye un elemento decisivo para su misión” (n. 216). Y más adelante afirma: “En la actualidad de América Latina y El Caribe, la vida consagrada está llamada a ser una vida discipular, apasionada por Jesucristo-camino al Padre misericordioso, por lo mismo, de carácter profundamente místico y comunitario” (n. 220).

      Su carisma les lleva a vivir una comunión estrecha entre ellas, que se extiende a cuantos son acogidos en sus casas y a cuantos colaboran con ellas en ese apostolado tan específico. Esa comunión es realización concreta de la Iglesia como casa y escuela de comunión. Renovarnos en esta imagen propuesta por Juan Pablo II y movidos por la caridad de que nos habla constantemente Benedicto XVI.

Chiclayo, 26 de agosto de 2009


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