DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (B)
Mañana celebra la Iglesia la Exaltación de la Santa Cruz. La Cruz de Cristo que debe estar en el centro de nuestro corazón y de todas nuestras actividades. Por eso se ha colocado en esa fecha la celebración del Señor Nazareno Cautivo de Monsefú, que celebraremos mañana.
Esa Cruz que, a San Pedro, le pareció un disparate, una locura, lo que le valió una fuerte reprensión de Jesús, que le llama “Satanás”. Lo mismo nos pasa a nosotros: tendemos a rechazar cuanto es molesto y nos quejamos cuando algo supone esfuerzo o dolor, y más si va en contra de nuestros gustos o intereses egoístas. El ambiente actual alienta la vida hedonista y trata de eliminar u ocultar el dolor, a veces incluso eliminando a las personas. Nos olvidamos de que el dolor es un componente de la vida humana.
Jesús, con su Pasión y Muerte, ha puesto de relieve la dimensión humana del dolor al asumirlo como camino para la redención del hombre, y le ha dado un sentido trascendente, divino: mediante su entrega dolorosa hasta la muerte, ha llegado hasta Dios y ha conseguido la vida eterna, el Cielo, para todos los hombres.
El dolor humano tiene sentido cuando va unido a la Pasión de Cristo: para el cristiano, el dolor es una participación en la Pasión del Redentor, que le permite entregarse a Dios Padre -renunciando a algo tan preciado como es la salud, el honor o unos bienes materiales, etc.-, a la vez que le santifica y ayuda a la santificación de los demás: “sufro en mis miembros lo que falta a la Pasión de Cristo”, dirá San Pablo.
Jesús, en la respuesta a Pedro, aún va más lejos: su seguimiento implica la negación de sí mismo y cargar con la propia cruz: el destino de Jesús es nuestro propio destino, si queremos alcanzar la plenitud de vida. Jesús va a la Cruz con la resistencia de su naturaleza humana: “Pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, y fue hasta el final dando su vida porque Dios pedía esa entrega total de amor para salvar a los hombres, de los que Jesús hacía cabeza. Se puede afirmar que el hombre es redimido por el hombre, el hombre Cristo Jesús, incluso cada hombre que se esfuerza por vivir unido a Jesucristo es redentor de sí mismo y de la humanidad, pues no hay otro camino para la redención, para la vida, sino Jesucristo. “No hay ningún otro nombre por el que podamos salvarnos”.
En esto podemos ver que hay otro nivel de dolor, de cruz. Me refiero a la actitud interior de quien acepta por amor a Dios y al prójimo sus dolores físicos y espirituales, el esfuerzo diario por realizar el amor concreto a Dios y al prójimo, el afán de superación en el camino de la santidad. Es la fuerza del amor que mueve al hombre a hacer de su vida una ascensión hacia el Calvario hasta la entrega amorosa de la propia vida en el momento de la muerte. Yendo más lejos que el filósofo, cada hombre es un ser para la muerte, pero una muerte que tiene el sentido de la vida, pues el amor es más fuerte que la muerte, es lo único que permanece y en eso consiste el Cielo.
Por difíciles y duras que sean las circunstancias en que se desenvuelva la vida de un hombre, siempre hay motivos para estar serenos anímicamente, para ser positivos, optimistas. Todo tiene remedio, incluso la muerte. El pecado de Adán, que introdujo el pecado y la muerte, es superado por el cristiano si vive unido a Jesucristo sin importar las contrariedades ni las dificultades propias de la vida. Su testimonio de amor será siempre un estímulo para cuantos buscan un sentido para sus vidas, una razón para amar por encima de todo, será también una cachetada para cuantos ponen la felicidad en vivir de modo hedonista.
La “bendita entre todas las mujeres” al pie de la Cruz.
Chiclayo, 13 de setiembre de 2009
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