DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (B)
La lepra es una enfermedad desagradable y contagiosa, por lo que quien la contraía debía vivir alejado de la población sin contacto con las personas sanas. La lepra ha sido considerada en la espiritualidad cristiana como signo del alma en pecado: su vida de hijo de Dios está deteriorada y afeada por la ofensa a Dios. El pecado es el verdadero mal que hemos de temer y evitar por encima de todo, pues nos aparta de Dios y nos expone a perderlo todo, a Dios.
Ante nuestra realidad pecadora –todos somos pecadores- hemos de reaccionar recurriendo a Jesús como el leproso, suplicándole con fe que nos limpie, que nos cure. Una petición sencilla como la del leproso: “Si quieres, puedes limpiarme”. Jesús es el médico de nuestras almas, pero es necesaria la decisión sincera de acudir a El para obtener la purificación, el perdón de los pecados. Pedir con insistencia es suplicar: sólo con la gracia de Dios y nuestra voluntad de amar cada vez más a Dios iremos quitando de nosotros cuanto sea pecado e iremos acercándonos más a El, según el modelo Cristo Jesús. Si nuestro arrepentimiento es perseverante, provocaremos, como el leproso, que Jesús se vuelva hacia nosotros y nos cure: “sana mi alma y mi corazón, pues pequé, Señor contra Ti” (Sal 50).
Todo será algo íntimo, entre Jesús y yo, entre el divino Médico y el pecador arrepentido. Así como Jesús le pidió al leproso que no dijera a nadie la curación de que había sido objeto: “No se lo digas a nadie”. El leproso, alegre por la curación obtenida, comienza a dar gritos de alegría. Pero, a la vez, hay un detalle de naturalidad. Era necesario que un sacerdote certificase que el leproso había quedado libre de su enfermedad. Así es Jesús, no buscaba la excepción, y así actúa con cada uno de nosotros. Confiemos en El.
Una confianza en Jesús que se expresa en hacer las cosas por amor a El, aún las más materiales como el comer y el beber, nos ha dicho San Pablo. Aquí está la esencia de la vida cristiana. A veces pensamos que la vida cristiana está en los grandes milagros, en las predicaciones elocuentes, en las visiones o apariciones. Está en hacerlo todo por amor a Dios y al prójimo –la primera de nuestras intenciones-, evitando cuanto pueda ser ocasión de inducción al pecado para quienes nos rodean. Dicho de otra manera, la vida cristiana está en el cumplimiento de nuestros deberes hasta lo más pequeño, buscando sólo la gloria de Dios y no el aplauso o el sensacionalismo, no siendo objeto de escándalo para nadie.
Lucha personal para vivir así en la vida de cada día. Si Dios permite que haya algo extraordinario en nuestra vida, bendito sea, pero que sepamos que eso no quiere decir que seamos más santos. Lo nuestros es el amor de Dios puesto en los pequeños detalles: la puntualidad en la oración y en el trabajo, la tarea bien finalizada, evitar la mala cara cuando alguien nos molesta, el orden en nuestras cosas, la amabilidad en el tarto sobre todo con los de casa, la confesión bien hecha y cuidando el arrepentimiento y el propósito de enmienda, la comunión bien preparada y acercándonos con recogimiento, etc.
Siguiendo el ejemplo del Apóstol, el cual a su vez sigue el de Cristo, procurar hacer el bien a todos tanto en los detalles materiales como en los espirituales. Teniendo en cuenta el comentario a la curación del leproso, procuremos que muchos purifiquen su alma, aunque no tengan pecados graves, acercándose con frecuencia al sacramento de la Confesión; animar a muchos a que hagan oración personal, enseñándoles que la oración ha de ser sencilla y confiada, como la del leproso –“si quieres, puedes limpiarme”- o como la de María en Caná: “No tienen vino”.
Jesús busca sobre todo el aplauso de nuestro corazón encendido en amor a El y al prójimo, reconociéndolo como nuestro Dios, nuestro Redentor, nuestro Médico, nuestro amigo. Por eso evitaba que se divulgaran los milagros, pues los demás pudieran no entender su misión salvadora y tomarle por una especie de curandero. Buscar en todo a Jesús y, cuando quiera y porque nos quiere, nos dará también los bienes materiales o hará cosas extraordinarias en nuestra vida. Trabajemos para que nuestras intenciones al actuar sean cada vez más según Dios.Chiclayo,
12 de febrero de 2012
V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
El dolor y la enfermedad son una experiencia para todo hombre a lo largo de su vida. Job nos recuerda que esta vida pasa, “es un soplo”, dice. Los hombres nos aferramos a la salud y la vida. Y es que el hombre tiene un ansia de inmortalidad, que es una dimensión del deseo de infinito, de Dios, con el que nos creó.
Jesús vino y viene para remediar los males de la salud y de la muerte. No siempre, pero todos tenemos también la experiencia de haber invocado directamente a Dios o a la intercesión de la Virgen María o de algún Santo y haber obtenido la salud para sí o para otros. El evangelio de hoy nos recoge varias curaciones que hizo Jesús en Cafarnaún. El evangelista narra que “la población entera se agolpaba en la puerta” de la casa donde estaba Jesús.
Pero Jesús no ha venido sólo para remediar las enfermedades. Después de una jornada de atención a muchos enfermos, se retiró a orar. Lo hizo para ponerse en contacto con su Padre Dios, pues sólo quería hacer su voluntad de hacer que todos los hombres y mujeres consigan la salvación. Los milagros eran signos de su poder salvador, de que el hombre no estaba abandonado a su suerte, sino que Dios quería que todos recobráramos la integridad primera, perdida por el pecado, mediante la redención obrada por Jesucristo con su Muerte y su Resurrección. Dios quiere que logremos de modo progresivo la unidad de vida mediante la fe práctica en Jesucristo y alcancemos la perfecta unión cuerpo-espíritu en la resurrección final, supuesto que hayamos vivido unidos a Jesucristo.
Hemos escuchado cómo Jesús no se detiene en un solo lugar para hacer curaciones, a pesar de que todos le buscaban, sino que va “a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido”, dirá. Esta actitud de Jesús nos hace reflexionar sobre la realidad de nuestra fe. Tal vez le buscamos muchas veces para obtener beneficios y nos acordamos poco de acudir a El para hacer vida nuestra su mensaje, su vida. Lectura frecuente y meditada del Evangelio (lectio divina) para descubrir mejor a Jesús y qué debemos hacer para mejorar nuestra relación con El.
En esa lectura descubriremos cada vez con más fuerza la tarea de evangelizar que debemos realizar como fruto de nuestra unión con El: participamos de su misión evangelizadora desde el Bautismo. Todos debemos evangelizar, es uno de los datos que se ha afirmado con fuerza en la reciente Asamblea diocesana.
Pablo es consciente de ese deber y exclama: “ay de mí si no anuncio el Evangelio”. Este deber no es para Pablo un motivo de gloria, sino una tarea que le ha sido confiada gratuitamente y que gratuitamente debe realizar, no recibiendo más paga que la de “dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde”. Hablará de su trabajo manual para tener con qué sustentarse y no ser gravoso a nadie. Creo que este ejemplo del Apóstol tiene especial aplicación a los laicos. También ellos, Vds., están llamados a anunciar el Evangelio desde su trabajo profesional, haciéndolo de modo gratuito y sin esperar recompensa humana. El trabajo profesional no será excusa para disminuir el fervor apostólico, sino ocasión para anunciar a Jesucristo a quienes entren en contacto con él con motivo del trabajo. Puede hacerse ahí mucho apostolado, sin que sea necesario recurrir a un apostolado organizado. Siempre partiendo del Bautismo, raíz de todo apostolado cristiano. Recordemos cómo el Papa Benedicto nos hablaba, al comienzo de su Pontificado, del apostolado que puede hacer una madre de familia con su esposo y con sus hijos.
Los métodos que sugiere el Nuevo Testamento para este apostolado son variados. En Jesús descubrimos que el punto de partida de todo apostolado es la oración, pues Dios es quien mueve los corazones a través de nosotros. Si queremos mucho fruto en nuestro apostolado, seamos constantes en la oración, cada vez más intensa, cada día. Hablando a Dios de quienes queremos hablarles de El. Retomando el comienzo, los dolores propios o ajenos serán un gran apoyo, si se ofrecen a Dios en unión a la Cruz de Jesucristo.
“Haced lo que El os diga”. María en Pentecostés.
Chiclayo, 5 de febrero de 2012
PRESENTACION DEL SEÑOR
La Fiesta de la Presentación del Señor o de la Candelaria nos causa simpatía por tantas cosas como sucedieron en el hecho: María y José presentando y recuperando al Niño, Simeón profetizando con tono venerable, Ana correteando por el templo anunciando a Jesús.
Nos detenemos en María y José, que iniciaron algo así como la primera procesión de ofrendas del tiempo cristiano. Con la ilusión de creyentes, introducen al Niño Jesús en el templo, llevándolo en sus brazos. Ofrecen lo mejor de sí mismos y ofrecen lo que Dios les ha dado. Es una ofrenda que anticipa de algún modo la ofrenda que Jesús hará de sí mismo al Padre en la Cruz, una ofrenda que prefigura de algún modo la que nosotros, la Iglesia, hacemos a Dios Padre en cada Misa ofreciéndole a Jesucristo por la acción del Espíritu Santo.
Esta entrada nos hace recordar la parábola de las vírgenes prudentes que esperaban al novio con las lámparas encendidas y entraron con él a la celebración de las bodas. María y José son esas vírgenes –lo eran en el sentido pleno de la palabra- que acompañaron al esposo –Jesucristo- con la luz de la fe y de la caridad, gozosos por entrar en la casa del Señor, por la que Jesús sentiría un gran celo como casa de oración.
La luz de la fe que brilla en el corazón de los jóvenes esposos es la luz -Cristo- que proclama el anciano Simeón: “luz para alumbrar a las naciones”. Participan ya de la luz del mundo, que es su hijo a quien llevan en brazos. Y, con la profecía de Simeón, entienden que esa luz tiene alcance universal, sus corazones se extienden a todo el mundo, van participando de la extensión de esa luz a todas las gentes, van comprendiendo mejor la misión salvadora de Jesús que se les había comunicado en la Anunciación.
En la fiesta de hoy, todo es luz y evangelio, todo es ofrenda y alegría. Por eso La Iglesia celebra el “Día de la vida consagrada”. Jesús llama a algunos a vivir en una ofrenda permanente a El, estando siempre en la presencia de Dios con las lámparas del amor encendidas para acogerle en toda circunstancia, para transmitir la luz de Cristo a todos los hombres y mujeres. Son vírgenes que se han entregado totalmente a su Señor viviendo sólo para El en pobreza, castidad y obediencia, siendo ante el mundo anuncio y prefiguración de la vida del Cielo, donde todos viven para Dios y Dios lo es en los elegidos.
La vocación religiosa es una llamada, es gracia de Dios, que con la gracia de Dios hay que responder y mantenerse en fidelidad. Todos debemos orar para que los consagrados en la vida religiosa sean fieles a la vocación recibida, que iluminen y no sean como las vírgenes necias que, por no poner los medios, se les apagaron las lámparas, dejaron de iluminar y no entraron ni dejaron entrar a otros a las bodas, a la vida en Cristo, que es paz y alegría en el Espíritu Santo.
Si hay mucho ambiente materialista, apartado de Dios, hoy es más necesario que la vida religiosa, la entrega total al Señor, sin condiciones, brille más que en otros tiempos. Ser luz por la radicalidad de la entrega, por la fidelidad incuestionada al propio carisma, por no permitir que entre nada mundano en sus vidas: “no son del mundo, aunque viven en el mundo”.
La fecundidad de la vida religiosa se manifiesta en la entrega a la evangelización con todas las energías, anunciando a Jesucristo resucitado con obras y palabras, con alegría. La edad u otras circunstancias no deben ser obstáculo para esta tarea a la que el Señor les llama. Uno de los resultados serán las nuevas vocaciones.
María y José les acompañan, les introducen en la presencia del Señor, y les sirven de modelo. Y todos nosotros invocamos a María y José para estar en las manos de Dios, como Jesús en las de Simeón, que lo es al acercarnos al sacerdote para recibir de sus manos los sacramentos sobre todo la Sagrada Comunión.
Chiclayo, 2 de febrero del 2012
DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (B)
Uno de los puntos de que habla el Papa al referirse a las vocaciones sacerdotales es que esa vocación nació en el trato con un sacerdote entregado a su ministerio. Muchas conversiones a Jesucristo han tenido algún acompañante importante como San Ambrosio en la vida de San Agustín. San Josemaría Escrivá comenzó a percibir el llamado de Dios viendo las huellas en la nieve de un fraile que caminaba descalzo, siguiendo su vocación. Etc.
Todos ellos nos actualizan lo ocurrido con los primeros seguidores de Jesús: Juan Bautista pone a sus discípulos en relación con el verdadero Maestro; a su vez ellos lo hacen con otros. Se trata de alguien que pone en contacto con Jesús y, al descubrirle, quieren seguirle. Más aún, hay una experiencia inicial: “Maestro, ¿dónde vives? El les dijo: Vengan y verán”. Ser cristiano es haber recibido el llamado de Jesús y seguirle. Para que ese llamado tenga consecuencias, se requiere un tiempo inicial de convivencia con Jesús. Es el tiempo que muchos tuvimos en nuestra propia familia cristiana, donde aprendimos sobre Jesucristo y su Iglesia, aprendimos a rezar, aprendimos a cumplir los mandamientos de Dios. Para otros, habrá sido el colegio o la parroquia o un retiro u otras experiencias. Casi siempre hay alguien que pone en contacto con Jesús y un tiempo inicial de convivencia con El. Después viene la perseverancia en el seguimiento, en el camino descubierto, que lleva a la felicidad, a Dios y a los hermanos.
En ese camino, puede haber muchas cosas que quieran apartarnos del camino, nada está hecho de modo definitivo en este mundo, lo importante es caminar y no pararse, a no ser para reflexionar sobre lo andado para mejorar el modo de hacerlo. Así, San Pablo nos cuenta que, después de varios años de reflexión y vivencia de la fe, subió a Jerusalén para comprobar si caminaba correctamente en el seguimiento de Jesucristo.
Los cristianos de Corinto se desenvolvían en un ambiente de mucha lujuria. Tenían que vivir su fe en un ambiente opuesto a la vivencia de la castidad. Y muchos perseveraban firmes en la fe. Ciertamente que la lujuria se da hoy también como ambiente generalizado a través de la pornografía, del erotismo, las desinformaciones sobre el sexo, las conversaciones, etc. Si el ambiente está difícil para vivir la castidad, hay más gracia de Dios para vivirla. San Pablo sale al paso de ese ambiente negativo para la fe exponiendo los principios fundamentales para vivir la castidad, no como simple continencia (aguantarse), sino como vivencia de la fe y de la caridad en unión con Jesucristo, empleando las energías espirituales y físicas viviendo en plena relación con Jesús; no propone una ley de mínimos, sino de de entrega generosa a El de cuanto somos.
El Apóstol da una primera razón. Por el Bautismo fuimos incorporados a Jesucristo en nuestro ser personal, no sólo en el alma. Como consecuencia debo huir de hacer un mal uso de mi cuerpo, como la fornicación, y vivir unido a Jesucristo en alma y cuerpo. San Pablo refuerza esta realidad recordando que estamos llamados a la resurrección del cuerpo con Jesucristo y vivir en Dios para siempre. A continuación nos recuerda otra realidad. También por el Bautismo la Santísima Trinidad comenzó a habitar en nuestra alma, por eso la fornicación es profanar el templo del Espíritu Santo, que es nuestro cuerpo. Profanar un templo es dedicarlo a otros usos diferentes del sagrado, como ha ocurrido en tiempos de persecución religiosa dedicándolo a almacén o sala de cine o pista de baile. Por último, San Pablo nos recuerda que hemos sido comprados a gran precio, el de la sangre de Cristo. “Por tanto –dice-, glorificad a Dios con vuestros cuerpos” Luchemos por vivir al máximo –fuera los mínimos- el seguimiento de Jesucristo y seremos castos, viviremos alegres y esperanzados. Esto es para todos los bautizados.
No puedo terminar sin aludir a ese llamado especial que Jesús hace a algunos a la vocación sacerdotal o a algunas a la vocación religiosa viviendo en virginidad, en una entrega especial y total a El y a los hermanos y siendo anuncio de lo que seremos en el Cielo.
Que María Inmaculada nos ayude a todos a seguir decididamente al Maestro por el camino que nos indique, siendo castos pese al ambiente.
Chiclayo, 15 de enero de 2012
EPIFANIA 2012 (B)
“Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”. Los Magos recogen el llamado de Dios ir hasta El y ofrecerle su corazón, ofrecimiento expresado en la entrega de unos regalos. Esta es la vocación cristiana: Dios se fijó en nosotros y, a través de unas personas o de unas circunstancias, llegamos a Jesucristo por el Bautismo. El Bautismo es el compromiso de caminar hacia Jesús en nuestra vida, de caminar con El ofreciéndole nuestro amor día a día, expresado con múltiples detalles: oración, buen trato con los demás, trabajo bien hecho en actitud de servicio, esfuerzo por vivir en gracia de Dios, pues el pecado nos hace perder de vista a Jesucristo, a semejanza de lo ocurrido a los pastores con la estrella.
Especialmente en la Navidad la liturgia resalta la luz, que viene de Dios. Jesús es la fuente de esa luz, que ilumina la vida de los hombres para darle sentido, poner de relieve el valor auténtico de las personas y de las cosas, para caminar sin temor por la vida “porque, Tú, Señor, vas con nosotros”. Luz que tiende a manifestarse en nuestro interior y nos hace ver la calidad de nuestros amores, nuestras intenciones, lo correcto y malo que hay en nuestro corazón. Lo que cuenta ante Dios es nuestro corazón, lo que nos hace ser auténticas personas o no es nuestro interior. Jesús es la luz, dejarnos penetrar de esa luz y actuar en nuestra vida con transparencia y sinceridad ante Dios siempre –lo ve todo- y ante los demás siempre que sea necesario, pero nunca con mentira ni doblez.
La luz de Dios, que es Jesucristo nacido en Belén, brilla para algunos con nuevo resplandor. Es una llamada a salir de sí mismo y caminar hacia Jesús dedicándole todas las energías espirituales y físicas. Me refiero a la vocación religiosa y también a la vocación sacerdotal. Normalmente se presenta como una lucecita, pero, en la medida en que nos vamos acercando a Jesús, se va haciendo una luz cada vez más intensa hasta que nos envuelve. La vocación es luz que da seguridad en la vida, su intensidad hace que se vea mejor el camino y los obstáculos que se puedan encontrar en el recorrido hacia la luz.
A veces, en el caminar de la vocación como en nuestra vida de fe, podremos perder de vista la estrella que nos guía, Jesús, quedamos desorientados, no vemos qué debemos hacer, no entendemos lo que nos pasa, nos sentimos fríos, tal vez en pecados que no acabamos de superar: la estrella de nuestra vocación se ha ocultado. ¿Qué hacer? Como los Magos y Herodes acudir a quien nos puede orientar, indicarnos el camino que debemos seguir para encontrar la estrella, a Jesucristo. Se trata de que vivamos no sólo con sentido común, sino con sentido de fe. Qué alegría la de los Magos cuando vieron de nuevo la estrella, como resultado de seguir la orientación recibida. En nuestra vida de fe, habrá siempre luz, aunque momentáneamente se apague, si buscamos siempre esa luz.
Esa luz en nuestras vidas, la presencia de Cristo, atraerá a muchos, como sucedió con la estrella y que les llevó hasta la presencia de Jesús. Nuestra vida luminosa será la de Cristo y, por tanto, se trata de que descubran a Jesucristo, que no la ocultemos con nuestra vanidad pensando qué buenos somos. Jesús atrae a todos desde su nacimiento, a todo hombre cualquiera que sea su raza, lengua, pueblo o nación. El ha venido a salvar a todos y, en Belén, lo mismo reciben el anuncio los humildes pastores que los encumbrados Magos, unos y otros llamados de distinto modo, pero todos caminando al encuentro con Jesús.
Unos y otros, pastores y Magos, anunciarán a otros al Niño Dios para que vayan a adorarle. Como siempre, son unos pocos quienes reciben al Salvador al principio. Después serán éstos los encargados que lo darán a conocer a otros muchos. Esta es la historia del desarrollo de la Iglesia. Es tu historia, Madre y Vds. que se van a confirmar: reciben la luz que es Cristo para que ilumine sus vidas siendo luz y lleven esa luz a otros muchos estimulándoles por el camino del bien, por el camino de la fe y se acerquen al resplandor de la luz que brilló en la Noche buena. Todos necesitaremos de tu oración, Madre, porque todo es gracia de Dios.
“Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre”. Buscar a Jesús es encontrar a María, acercarse a Jesús es descubrir a María que nos lo muestra. El cariño a nuestra Madre es garantía para caminar en la luz de la fe y para cuando esa luz brilla de modo especial por la vocación sacerdotal o religiosa.
AÑO NUEVO 2012
Estamos concluyendo el año 2011. Un año de muchas gracias de Dios, unas conocidas y otras sin saberlo, muchas gracias a nivel personal y eclesial, materiales y espirituales. Un año de cosas que hemos considerado negativas, pero que habrán sido otros tantos reclamos del Señor para seguirle mejor, para colaborar con El en el establecimiento del amor y de la paz en nuestros ambientes y en el mundo. Muchas gracias y muchas peticiones de perdón por nuestros pecados, propios y ajenos, y por nuestras faltas de correspondencia a sus gracias, a sus requerimientos para una vida más entregada, más cristiana, más testimonial. Entre las gracias recibidas en el 2011 están los dos sacerdotes y un diácono, ordenados al servicio de la Diócesis y la solemne celebración del Corpus Christi en el Estadio Elías Aguirre. En el orden material, quiero resaltar la perforación del túnel transandino, que traerá muchos beneficios para la Región en los próximos años, aunque también muchos problemas.
Aprender a maravillarse de las acciones de Dios nuestro Padre y a contarlas a otros con agradecimiento, como hicieron los pastores. Aprender de María a reflexionar sobre las acciones de Dios en nuestra vida, sobre todo cuando no entendamos lo que pasa, con la confianza en que Dios nos hará ver con claridad las cosas. Y, siempre, acciones de gracias.
Para el 2012, quiero repetir lo que hemos recitado en el salmo responsorial: “El Señor tenga piedad y nos bendiga”. Esta súplica nos llena de esperanza, pues el Señor escucha siempre las oraciones de sus hijos, que acuden a El confiadamente. El Apóstol Pablo nos ha recordado lo que somos por el Bautismo: hijos de Dios. La conciencia de nuestra filiación divina nos dará la decisión para acudir a nuestro Padre y pedirle “la Luna”, sabiendo que nos la dará, si conviene para nuestra salvación. Si nos ha dado a su Hijo y nos promete el Cielo si le somos fieles, ¿cómo no nos dará cuanto le pidamos, confiados de que nos lo dará?
En este contexto, les expreso a todos Vds. mis mejores deseos para el nuevo año. “Que Dios nos bendiga”. Y nos bendice con su Palabra hecha carne, Jesucristo, a quien veneramos hecho niño en estos días. Una bendición que lo es para toda la humanidad.
En este día celebramos la Maternidad divina de María porque Ella dio a luz a Jesucristo el Hijo de Dios hecho hombre. En Jesucristo hay una sola persona, un solo yo, la del Hijo de Dios, en la que se unen la naturaleza divina y la humana. Así nos pudo redimir. María es la madre de Jesucristo en cuanto hombre. “A María, Madre del Hijo de Dios que se hizo hermano nuestro, dirigimos confiados nuestra oración, para que nos ayude a seguir sus huellas, a combatir y vencer la pobreza, a construir la verdadera paz, que es opus iustitiae (obra de la justicia)” (BENEDICTO XVI, Homilía01.01.09).
El primero de enero se celebra cada año la Jornada Mundial de la Paz, en la que el Papa nos dirige un mensaje. Este año va dedicado especialmente a los jóvenes con el tema “Educar a los jóvenes en la justicia y la paz”. Muchos son los aspectos que les preocupan como es el trabajo, formar una familia, como contribuir a que la sociedad tenga “un rostro más humano y solidario”. En cuanto a su educación, Benedicto XVI dice que es un proceso “que se nutre del encuentro de dos libertades, la del adulto y la del joven”.
Y hace un llamado a los educadores (familia, instituciones educativas, políticos, los medios de comunicación, etc.) para que sean testigos que viven “el camino que proponen”. En primer lugar, habla de los padres para que compartan el camino de la vida con los hijos para “transmitirles la experiencia y el cúmulo de certezas que se adquieren con los años”. A las instituciones educativas, les dice que les ayuden a descubrir su propia vocación, haciendo “fructificar los dones que Dios le ha concedido. Que aseguren a las familias que sus hijos puedan tener un camino formativo que no contraste con su conciencia y principios religiosos”. A los responsables políticos, que “ayuden concretamente a las familias e instituciones educativas a ejercer su derecho-deber a educar”. A los medios, que hagan “una aportación notable a la educación de los jóvenes”, no sólo informar.
Aunque lo desarrolla ampliamente, el Papa nos habla de que “el rostro humano de la sociedad depende mucho de la contribución de la educación a mantener viva esa cuestión insoslayable”: el amor a la verdad. Y añade: “En efecto, la educación persigue la formación integral de la persona, incluida la dimensión moral y espiritual del ser, con vistas a su fin último y al bien de la sociedad de que es miembro”.
Como temas concretos propone la educación en la verdad y en la libertad, que permitan al joven superar el relativismo generalizado en muchas partes, “sin los cuales la paz y la justicia se quedan en palabras sin contenido”. Por último, Benedicto XVI habla de la educación en la paz, “fruto de la justicia y efecto de la caridad”.
Termino con el llamado a los jóvenes, que dice, entre otras cosas: “Sed conscientes de que vosotros sois un ejemplo y estímulo para los adultos, y lo seréis cuanto más os esforcéis por superar las injusticias y la corrupción, cuanto más deseéis un futuro mejor y os comprometáis en construirlo”… “La Iglesia os anima”. Jesús está siempre con vosotros, no estáis solos.
NAVIDAD 2011
En esta noche santa, la liturgia nos habla de su esencia: todo es luz y claridad porque ha nacido el Salvador del mundo, Jesucristo. El profeta Isaías nos orienta sobre esos momentos en que los hombres experimentamos la oscuridad a causa de los problemas, de los pecados y de los errores, propios y ajenos. Tal como nos dice el profeta, la actitud es la de seguir caminando, es decir, seguir esperanzados en que habrá solución, habrá luz, tal vez no la veamos nosotros en algunos aspectos. Vivir confiados en Dios que nos ama y poner los medios para salir de la oscuridad, conscientes de que Dios camina con nosotros.
La luz de que habla Isaías se hace realidad radiante para los pastores, hombres rudos, sencillos y no muy religiosos. Dios elige muchas veces a los sencillos, a los que son poca cosa ante la apreciación de los demás, para realizar grandes prodigios (Lourdes, Fátima,… pero sobre todo María y José y los pastores). A Dios le basta un poco de fe para seguir haciendo maravillas que iluminen la vida de los hombres, que les dé sentido y estímulo (el grano de mostaza). San Pablo lo ha explicado diciendo que “ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres”. La luz que llena la noche de claridad para el mundo es Jesucristo, “la luz verdadera que alumbra a todo hombre”, dice el evangelista San Juan.
En Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, encontramos esa luz, que nos descubre la realidad de Dios, de cada uno de nosotros y de los demás y del universo. La luz que brilla en Belén no es algo difuso, sino luz concreta como faro que guía y llena de esperanza de llegar a buen puerto. Por eso, en esta noche santa, nos volvemos hacia ese faro, que es Jesucristo, Niño nacido de María por obra del Espíritu Santo. Con María y José y los pastores y los ángeles le acogemos y le cantamos con el amor de nuestras palabras y de nuestra esperanza puesta en El para que nos guíe por el camino de la vida.
El Niño Dios nacido en Belén es eso, niño. Nos enseña la necesidad que tenemos de ser humildes, de hacernos pequeños ante Dios, de quitar de nuestra vida todo engreimiento, toda actitud de soberbia, conscientes de que cuanto de positivo podamos hacer es gracia de Dios. Por eso nos dice el Apóstol que llevemos “una vida sobria, honrada y religiosa”. Un estilo de vida que, tal vez, contrasta con nuestras actitudes de consumismo, buscando la autosatisfacción o el lucimiento o ambas cosas, sin tener muy en cuenta que nuestra riqueza verdadera, el centro de nuestra vida es Dios. Además debemos seguir pensando y actuando a favor de los más pobres que siguen esperando tener acceso al progreso y a una vida digna. Volvamos una y otra vez a contemplar a Jesús Niño, a dejarnos inundar por esa luz de Dios y actuar en consecuencia, tal como nos enseña con su vida y con sus palabras y nos muestran los evangelios.
Los pastores, recordemos, recibieron el gran mensaje de salvación que cantaban los ángeles glorificando a Dios. Ellos “fueron presurosos y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre”. La fidelidad a la Palabra de Dios es luz para nuestra vida, garantía para descubrir las grandezas de Dios en cosas aparentemente pequeñas, que sólo descubre el hombre de fe. Y más adelante dice el evangelista Lucas: “Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho”: alababan a Dios que había realizado su anuncio de salvación, tal vez con una fe poco profunda, pero respondieron. Nuestra vivencia del Nacimiento de Jesús en esta Noche Buena se convertirá en fuente de apostolado, de animar a otros para que vivan la Navidad de un modo más cristiano, que se vuelvan a Jesús Niño y aprendan de El las grandes lecciones de amor, humildad, alegría, desprendimiento, apertura a Dios y a los demás, que nos da Jesús desde el pesebre. Concretemos también actitudes de piedad, por ejemplo cantar villancicos ante el Nacimiento o rezar todos los días el ángelus con devoción, hacer una buena confesión y animando a otros a que nos acompañen en estas prácticas.
Aprender de María y José dando vueltas en nuestro corazón sobre este gran acontecimiento, que es luz y guía para todo el mundo, para nosotros. Que la paz que nos deseemos sea compromiso de sembrar paz en nuestros ambientes.
IV DOMINGO DE ADVIENTO
La profecía de Natán habla de éxitos y tiempos de paz para el Rey David y su Reino como fruto de la presencia de Dios en David: “Yo estaré contigo en todas tus empresas”, incluso su reino durará por siempre. Sin embargo, una mirada somera a la historia de Israel nos dice que los tiempos de paz de que habla el profeta nunca se dieron, hasta hoy duran las guerras y conflictos en Israel, y el reino desapareció.
Dios cumple su palabra, no fracasa, es necesaria otra lectura del texto bíblico. El evangelio de hoy nos orienta por otro camino, por las acciones de Dios en el interior de las personas, en ese lugar del corazón en el que el hombre se abre a Dios y decide vivir según El. Es en María el momento cumbre de esa acción de Dios en el interior del hombre. Dios está en Ella, le ha dicho el ángel, para que se realice el designio redentor de Dios, que trae la paz a los hombres. Dios hace la propuesta a María para ser la Madre del Redentor y se detiene porque ha entrado en ese lugar del corazón de María, como en el de todos los hombres, donde se toman las grandes decisiones, hay un momento de suspense: ahora el plan de Dios depende de María. Y María dijo SI a Dios, que quería cumplir su voluntad. Y, en ese momento, el Redentor comenzó a hacerse presente entre los hombres, en el seno de María, como la semilla que germina.
Los acontecimientos del Antiguo Testamento son anuncio y figura de cuanto ocurrirá en Jesucristo y a partir de Jesucristo. El reinado que Dios quiere establecer es aquél en el que los hombres se sometan a su voluntad con una decisión libérrima del corazón, aceptando vivir según nos indica. Nos hace recordar palabras y hechos de Jesús: “Mi reino no es de este mundo”, dijo a Pilatos; “no todo el que dice: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial”; etc. El reinado de Dios se realiza a través de los corazones que le aceptan. Pero no es algo meramente interior, sino que, como las semillas que germinan, salen hacia afuera y determina unos comportamientos. Como María, el sí a Dios, la fe cristiana, lleva a un compromiso de vida, a unas acciones exteriores, fruto del corazón. Ese compromiso con Dios nos lleva a que vayamos realizando la paz y la justicia tocando los corazones de los hombres, provocando su conversión, que suele comenzar siendo algo pequeño: una idea que se entiende, un defecto que se va corrigiendo, una oración que se hace cada vez más firme. Dios cuenta con nosotros para establecer en este mundo su reino de justicia y de paz. Gracia de Dios no falta, sólo hace falta que los hombres pongamos lo que depende de nuestra voluntad.
En la cercanía de la Navidad, se nos pide una decisión más firme para hacer realidad nuestros compromisos de fe, una fe con obras que mueva a otros a hacer lo mismo. Esta Misa nos permite hacer un alto en este tiempo de Adviento para ver si caminamos en dirección a Jesús que viene a nosotros en esta Navidad. Sabemos del peligro de que nos quedemos fundamentalmente en lo exterior, en las luces que anuncian y no lleguemos a lo anunciado. Los pastores percibieron una gran claridad y corrieron hacia Jesús con sus dones, no se quedaron admirando la luz en plena noche. El Papa nos invitaba hace pocos días a prepararnos para la Navidad con sobriedad como estilo de vida, sin dejarnos llevar por el consumismo; y proponía: “Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida. Dejémonos iluminar por un rayo de la luz que proviene de Belén, la luz de Aquel que es “el más Grande” y se hizo pequeño, “el más Fuerte” y se hizo débil” (Angelus 4.12.11).
Fruto de ese examen bajo la luz del Niño de Belén, se dará en cada uno una conversión más profunda, un deseo más grande de instaurar el Reino de Dios mediante el anuncio del Evangelio, que lleva a la fraternidad entre los hombres, a procurar la paz, la justicia y la alegría en la sociedad, comenzando por los que conviven habitualmente entre nosotros.
Con María y José, caminemos en estos días hacia Belén, donde se desvelará el misterio escondido por siglos a los hombres: Dios nos ama y quiere que seamos sus hijos, Dios nos ama y confía en nosotros para establecer su reinado entre los hombres, conscientes de que éste se dará de modo definitivo y seguro en el Cielo. Caminemos llenos de esperanza como María y José.
Chiclayo, 18 de diciembre de 2011
IV DOMINGO DE ADVIENTO
La profecía de Natán habla de éxitos y tiempos de paz para el Rey David y su Reino como fruto de la presencia de Dios en David: “Yo estaré contigo en todas tus empresas”, incluso su reino durará por siempre. Sin embargo, una mirada somera a la historia de Israel nos dice que los tiempos de paz de que habla el profeta nunca se dieron, hasta hoy duran las guerras y conflictos en Israel, y el reino desapareció.
Dios cumple su palabra, no fracasa, es necesaria otra lectura del texto bíblico. El evangelio de hoy nos orienta por otro camino, por las acciones de Dios en el interior de las personas, en ese lugar del corazón en el que el hombre se abre a Dios y decide vivir según El. Es en María el momento cumbre de esa acción de Dios en el interior del hombre. Dios está en Ella, le ha dicho el ángel, para que se realice el designio redentor de Dios, que trae la paz a los hombres. Dios hace la propuesta a María para ser la Madre del Redentor y se detiene porque ha entrado en ese lugar del corazón de María, como en el de todos los hombres, donde se toman las grandes decisiones, hay un momento de suspense: ahora el plan de Dios depende de María. Y María dijo SI a Dios, que quería cumplir su voluntad. Y, en ese momento, el Redentor comenzó a hacerse presente entre los hombres, en el seno de María, como la semilla que germina.
Los acontecimientos del Antiguo Testamento son anuncio y figura de cuanto ocurrirá en Jesucristo y a partir de Jesucristo. El reinado que Dios quiere establecer es aquél en el que los hombres se sometan a su voluntad con una decisión libérrima del corazón, aceptando vivir según nos indica. Nos hace recordar palabras y hechos de Jesús: “Mi reino no es de este mundo”, dijo a Pilatos; “no todo el que dice: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial”; etc. El reinado de Dios se realiza a través de los corazones que le aceptan. Pero no es algo meramente interior, sino que, como las semillas que germinan, salen hacia afuera y determina unos comportamientos. Como María, el sí a Dios, la fe cristiana, lleva a un compromiso de vida, a unas acciones exteriores, fruto del corazón. Ese compromiso con Dios nos lleva a que vayamos realizando la paz y la justicia tocando los corazones de los hombres, provocando su conversión, que suele comenzar siendo algo pequeño: una idea que se entiende, un defecto que se va corrigiendo, una oración que se hace cada vez más firme. Dios cuenta con nosotros para establecer en este mundo su reino de justicia y de paz. Gracia de Dios no falta, sólo hace falta que los hombres pongamos lo que depende de nuestra voluntad.
En la cercanía de la Navidad, se nos pide una decisión más firme para hacer realidad nuestros compromisos de fe, una fe con obras que mueva a otros a hacer lo mismo. Esta Misa nos permite hacer un alto en este tiempo de Adviento para ver si caminamos en dirección a Jesús que viene a nosotros en esta Navidad. Sabemos del peligro de que nos quedemos fundamentalmente en lo exterior, en las luces que anuncian y no lleguemos a lo anunciado. Los pastores percibieron una gran claridad y corrieron hacia Jesús con sus dones, no se quedaron admirando la luz en plena noche. El Papa nos invitaba hace pocos días a prepararnos para la Navidad con sobriedad como estilo de vida, sin dejarnos llevar por el consumismo; y proponía: “Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida. Dejémonos iluminar por un rayo de la luz que proviene de Belén, la luz de Aquel que es “el más Grande” y se hizo pequeño, “el más Fuerte” y se hizo débil” (Angelus 4.12.11).
Fruto de ese examen bajo la luz del Niño de Belén, se dará en cada uno una conversión más profunda, un deseo más grande de instaurar el Reino de Dios mediante el anuncio del Evangelio, que lleva a la fraternidad entre los hombres, a procurar la paz, la justicia y la alegría en la sociedad, comenzando por los que conviven habitualmente entre nosotros.
Con María y José, caminemos en estos días hacia Belén, donde se desvelará el misterio escondido por siglos a los hombres: Dios nos ama y quiere que seamos sus hijos, Dios nos ama y confía en nosotros para establecer su reinado entre los hombres, conscientes de que éste se dará de modo definitivo y seguro en el Cielo. Caminemos llenos de esperanza como María y José.
Chiclayo, 18 de diciembre de 2011
MISA DE NAVIDAD EN LA USAT
La lectura del profeta Isaías es un canto a la esperanza en Dios Salvador. Así hemos escuchado: “Mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria”. Es una esperanza que se mantiene viva a través de los siglos aun en medio de los aparentes fracasos de Israel como pueblo, con tantas derrotas y deportaciones, en medio de idolatrías e inmoralidades. Esa esperanza secular explica la aceptación de la predicación de Juan Bautista, predicación que tiene como fin disponer al Pueblo de Dios para la llegada inminente del Mesías.
La esperanza mesiánica se fue abriendo paso como fuente de agua fresca a través de las rocas de la aparente ausencia de Dios, de la aridez del materialismo de la vida de unos o del normativismo y ritualismo de otros. Jesús mismo está inmerso en esta aparente paradoja: externamente es un galileo, considerado de este modo como poco desarrollado en comparación a los habitantes de Judea, ¿qué podía enseñar a los habitantes de Jerusalén? Es uno más de los habitantes de Israel y, sin embargo, afirma ser Dios. Debe recurrir a sus obras para confirmar su pretensión divina: “Si no me creéis, creed por las obras que yo hago”.
A la vez, en el texto leído, Jesús habla de una distinción de Personas en Dios, una blasfemia para los judíos en general, educados en la unicidad de Dios. Cuando Jesús habla de que realiza las obras del “Padre que me ha enviado”, no está negando esa unicidad, sino que está profundizando la revelación acerca de Dios, de quién es Dios: la verdad de Dios se abre paso a través de las fijaciones humanas, por etapas.
Al hablar de esperanza mesiánica realizada en Cristo, no me refiero a algo así como al espíritu hegeliano que emerge de la materia, me refiero a la presencia actuante de Dios en la historia del universo y de la humanidad. Esta historia es una historia de salvación, que comienza con el tiempo, alcanza su culmen en Jesús de Nazaret y desembocará en el Reino de Dios más allá de la historia, en la plenitud de la vida en Dios para siempre. En el tiempo, sigue siendo una historia paradójica con ausencias aparentes de Dios y con deslumbrantes destellos de su presencia en la vida de los santos, por ejemplo.
La celebración de la Natividad de Jesús, la Navidad, está inmersa en buena parte en la paradoja que vivió Israel: externamente mucho consumismo, sentimientos efímeros de paz, costumbrismo, pero poco contenido de vivencia de fe en Jesucristo nuestro Salvador, poca sintonía interior de esperanza de vida en El más allá de las limitaciones interiores y exteriores, de faltas personales y de ambiente materialista, poca conversión. Hago esta reflexión para que purifiquemos nuestras actitudes de cara a la celebración auténticamente cristiana de la Navidad, superando nuestras propias contradicciones, nuestras alienaciones, mediante la identificación progresiva con Jesús Niño, presente entre nosotros. Que le demos posada en nuestro corazón y no lo despidamos con razonadas sinrazones, como hicieron con José y María, como le respondemos a veces para hacer nuestras conveniencias.
Pidamos al Espíritu Santo que nos aumente la fe, la esperanza y el amor para descubrir a Dios que nos salva en ese Niño aparentemente igual a millones de recién nacidos. Aprendamos las lecciones de la cátedra de Belén para que nuestra vida sea más humana y más cristiana, aceptando de ante mano la paradoja de nuestra vida personal, que no siempre aparecerá tan humana y tan cristiana como cabría esperar.
Chiclayo, 17 de diciembre de 2010
ORDENACION DIACONAL DE ALONSO SERQUEN
Querido hijo Alonso:
Recibes el Diaconado en el día en que celebramos la Inmaculada Concepción de la Servidora del Señor. Por una parte conectas con cierta tradición de la Diócesis, por otra tu servicio diaconal quedará marcado por quien se consideró la Servidora del Señor. Y lo fue.
El Señor la eligió para ser la Madre del Salvador y la llenó de su gracia. El Magnificat es un canto de María a esta acción de Dios desde el primer instante de su ser: llena de gracia. Como nos ha dicho San Pablo, esta gracia le fue concedida generosamente por Dios en orden a Cristo y en relación con El, redunda en alabanza suya, de Dios. Hoy toda la Iglesia alaba a Dios por esta predilección con María, en la que anticipa en parte la obra de la redención al librarla del pecado original y darle la plenitud de gracia en ese momento maravilloso en el que se funden las dos células de papá y mamá, danto origen a un nuevo ser.
Durante años, has escuchado que el Diácono es para servir al Obispo y a los presbíteros, para servir en general a la Iglesia con tu ministerio. Ciertamente que recibes el Diaconado como camino previo para recibir un día el Presbiterado. Pero no olvides que tu referente será siempre Jesucristo, el Siervo de Dios. Servir por amor, sin permitir que se mezcle con ningún interés humano, se te pide que estés desprendido de todo.
Para este servicio generoso y desprendido, la Iglesia te ha pedido que hayas recibido el don del celibato, de lo cual las investigaciones previas a la Ordenación dan testimonio. Lo sabes muy bien, el celibato no es que no te podrás casar, sino que Dios te ha dado la gracia de entregarte a El en alma y cuerpo, con todas tus energías físicas y espirituales para que le sirvas en su Iglesia. El celibato es un don que es necesario cuidar especialmente en estos tiempos en que casi nadie lo valora o no lo cree posible, y en el que el ambiente no favorece vivir en castidad o en virginidad. Es posible vivir el don del celibato contando con la gracia de Dios y poniendo los medios humanos y sobrenaturales que has aprendido durante estos años de formación en el Seminario. No es una castración, sino la posibilidad de realizar una paternidad generosa engendrando a muchos para la vida de hijos de Dios y cuidarla para que crezca, y defenderla como se defiende y cuida la vida del hijo. El celibato, vivido de este modo, permite la realización también humana de quien lo ha recibido. Me permito ahora leerte una larga cita del Papa en “Luz del Mundo”: “El celibato es siempre… algo que sólo es realizable y creíble si Dios existe y si, a través del celibato, lucho por el reino de Dios. En tal sentido el celibato es un signo de índole especial. El escándalo que suscita consiste también en el hecho de que muestra que hay hombres que creen en eso. En ese sentido, ese escándalo tiene también su lado positivo” (p. 158).
Toda tu existencia, la nuestra también, tiene consistencia si Dios existe y le damos cabida en nuestro interior. Fruto de esa interioridad con Dios, surge la oración. Siempre deberás ser hombre de oración, pero, a partir de hoy, la Iglesia te confía su oración: la Liturgia de las Horas. Recítala no como algo que hay que cumplir, sino como expresión de la vida de la Iglesia Universal que ora a Dios y ora con Dios a través de ti. Bien vivida, la Liturgia de las Horas enriquece la vida interior, sirve de gran apoyo para el apostolado y es fuente de sabiduría, sobre todo para la predicación y la dirección de almas.
En la Liturgia de las Horas, la Iglesia, unida a Jesucristo, “ofrece a Dios el sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que pronuncian su nombre. Esta oración… es la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre. Por tanto, todos aquellos que ejercen esta función, por una parte, cumplen el deber de la Iglesia y, por otra, participan del altísimo honor de la Esposa de Cristo, ya que, mientras alaban a Dios, están ante su trono en nombre de la Iglesia” (PABLO VI, Constitución Apostólica “Laudis Canticum”, n. 15).
Querido Alonso, ante la imagen de María realizas tu compromiso de convertir toda tu vida en un cántico de alabanza, un magnificat particular, por la recepción del Orden del Diaconado para cuyo ejercicio tienes la mejor disposición de servir a Dios en su Iglesia, tal como El te señala.
Chiclayo, 8 de diciembre de 2011
INMACULADA CONCEPCION
“Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas”. El salmo 97 que hemos recitado describe proféticamente cuanto celebramos en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María Santísima. Por eso la Iglesia hace suyas, hacemos nuestras, las mismas palabras de Dios para alabarle y exultar por haber elegido con predilección a nuestra Madre Santísima y haberla librado de todo pecado, a la vez que le llenaba de su gracia desde el primer instante de su ser, es decir, desde el momento en que se unieron las células masculina y femenina de sus respectivos padres.
Dios ha cumplido en ella lo que fue anunciado en el Paraíso: que la descendencia de la mujer vencería al demonio, de modo que, si por una mujer entró la muerte en el mundo, por otra mujer, María, entraría la Vida, Jesucristo, la liberación después de la sentencia de muerte que nos ocasionó Eva. En María, Dios da a conocer su poder salvador porque en Ella comienza a realizar la salvación anunciada al hacerla inmune de pecado, de modo que la promesa se hacía realidad. Lo que Dios realizó en María fue un anticipo de la redención obrada por Jesucristo, “en previsión a los méritos de Jesucristo”.
Dios es fiel a sí mismo y cumple sus promesas, Dios es misericordioso y quiere la salvación de todos los hombres. Lo que realizó en María expresa la esperanza de milenios, la salvación en Cristo, y que se proyecta hacia la salvación definitiva en el Cielo. Dios cumple su palabra y espera que nosotros seamos también fieles a nuestro compromiso de fe, a los compromisos adquiridos limpiamente con los demás, imágenes de Dios. Es la lealtad que Dios encontró en María colaborando positivamente en cuanto esperaba de ella, cuyo momento más excelso es la respuesta al ángel en la Anunciación: “Hágase en mí”.
Lo realizado en María hemos dicho que sucedió en atención a los méritos alcanzados por Jesucristo para toda la humanidad. Con Jesucristo, podemos pretender méritos ante Dios para obtener su gracia y sus dones. Así lo hace la Iglesia al dirigir sus oraciones “por Jesucristo, nuestro Señor”. Ciertamente nuestros méritos no son nuestros, pero tenemos los de Jesucristo que los hacemos nuestros por la fe: nuestras buenas obras son meritorias ante Dios si están hechas en unión con Jesucristo.
La fiesta de la Inmaculada Concepción de María nos llena de la esperanza de ir obteniendo victorias en nuestras luchas de cada día, porque Dios quiere seguir realizando maravillas en nosotros y a través de nosotros. Para ello contamos con la poderosa intercesión de María, que nos anima para hacer de nuestra vida un camino de lealtad a Dios y a los hombres, a ser hombres y mujeres de palabra. Por ello cantamos y nos alegramos en este día con toda la Iglesia.
Y queremos que nuestros cantos lleguen a todo el mundo para llenarlo de esperanza de mejorarlo, de alcanzar una vida definitiva porque Dios hace maravillas con los hombres como las realizó en María. Por eso decimos con el salmo: “Aclamad al Señor tierra entera, gritad, vitoread, tocad”. Que sea el cántico nuevo, porque se renueva cada día, de nuestro amor a todos los hombres y mujeres de este mundo anunciándoles el amor que Dios les tiene y el amor al que les llama a vivir. La alegría de nuestra vida y nuestras palabras serán el gran anuncio, el apostolado con todos y cada uno. A todos ha de llegar el mensaje de esta Fiesta. Nosotros somos los nuevos ángeles, los enviados para quienes nos rodean, para otros muchos a los que podemos llegar bien sea a través de las redes sociales o yendo a sus lugares, saliendo de sí mismos para cumplir la voluntad salvadora de Dios, como hicieron María y José yendo de Nazaret a Belén.
Chiclayo, 8 de diciembre de 2011
BODAS DE PLATA DEL P. LUIS DIAZ Y DEL P. MANUEL LOPEZ
Esta segunda celebración de las Bodas de Plata Sacerdotales nos dice que estamos entrando, como diócesis, en la madurez anunciada hace algunos años. Vamos teniendo sacerdotes con años y experiencia, perseverantes en la fidelidad a la vocación recibida, junto con muchos laicos y grupos eclesiales que han madurado en su vida de fe.
Sin duda que en este largo camino se pueden hacer producido cansancios a causa de nuestros defectos o de los defectos de los cristianos o de la falta de respuesta al anuncio del Evangelio. Jesús previó estas situaciones tan humanas para los suyos y dio el grito de ánimo recurriendo a El: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”.
La misma situación de cansancio puede producirse a nivel de parroquias o grupos eclesiales. Así parece sugerirlo el profeta Isaías: “¿Por qué andas hablando, Jacob, y diciendo, Israel: “Mi suerte está oculta al Señor, mi Dios ignora mi causa”?”. El Pueblo de Dios experimentó ese silencio de Dios que le sostenía en las esperanzas de los profetas, parecía haberse ausentado y dejado al Pueblo a su suerte. Es la experiencia de la Iglesia en diversos lugares y en diversos momentos.
Pero Dios no abandona a su Iglesia, como no abandonó a Israel. Ante la indolencia, también los pecados, de muchos, Dios suscita hombres y mujeres de la talla de San Francisco de Asís, de Santa Catalina de Siena, de San Josemaría, de la Beata Teresa de Calcuta o del beato Juan Pablo II, como en otro tiempo suscitó a Moisés, Isaías, Jeremías, Oseas y los demás profetas. Dios es fiel a sus promesas, Dios es fiel a sí mismo porque ha asumido el destino humano en Jesucristo: el cumple con su parte, sólo que, a veces, los hombres no cumplimos con la nuestra, nos detenemos antes de subir a la entrega total del Calvario, retrasamos la resurrección, la manifestación del amor de Dios misericordioso. Dios se ha comprometido en llevar adelante a su Iglesia, comunidad de los salvados en Jesucristo, hasta la meta, la plenitud del Reino, sin que los poderes del mal se apoder de ella.
Queridos hermanos, hoy está más cerca de Vds. la salvación que cuando iniciaron el camino señalado de la vocación sacerdotal. Es el momento de volverse con mayor fe al Pastor y Guardián, de nuestras almas, de la Iglesia, Jesucristo y decirle con la experiencia de los años: “Tu yugo es llevadero y tu carga ligera”. Díganlo con la fe de la Iglesia, sin atender a los errores o pecados pasados, que muchas veces querrán abatirles. Es el momento de renovarse con ilusión en el servicio a la Iglesia, un servicio a la vez tan concreto como es la atención pastoral de Chongoyape o Pátapo y Pucalá, respectivamente. Renueven el primer fervor mediante un mayor cuidado de la vida interior y de una caridad pastoral más libre de escorias, para que brille esplendoroso en Vds. el rostro de Cristo y de su Iglesia.
Camino de fe y de caridad, que recorrerán junto con las comunidades que les son confiadas o que les serán confiadas más adelante, en el que los laicos vayan teniendo cada vez mayor protagonismo. Es necesario dar a la pastoral una dimensión más eclesial, fruto de una renovación de nuestra mente, de nuestro corazón. El momento más fuerte de la dimensión eclesial de nuestra pastoral es la Misa dominical, que trataremos de cuidar domingo a domingo por la participación activa, plena y consciente de todos, que sea la celebración de la Iglesia en torno al altar, Cristo, por ministerio del sacerdote. Que se note en nuestra compostura que estamos impersonando a Jesucristo que dirige la Iglesia hacia el Padre en la unidad del Espíritu Santo. Que se note después esta celebración más allá del templo.
Hay diversos momentos de la vida diocesana que invitan a vivir y poner de manifiesto la dimensión eclesial de nuestra fe. Uno ya próximo será la Asamblea diocesana que celebraremos del 19 al 21 de enero, otro será la Gran Misión del 2013. Participamos de los dones de la salvación, entre ellos el Sacerdocio ministerial, por nuestra pertenecía a la Iglesia desde el Bautismo.
Les ponemos a Vds., P. Luis y P. Manuel, bajo el manto de María Inmaculada, Patrona de la Diócesis, para que sean pastores de la Iglesia a la medida del Corazón de Jesucristo.
Chiclayo, 6 de diciembre de 2011
DIA DE LA DIOCESIS 2011
¿Por qué un Día de la Diócesis? Es una forma de responder con hechos lo que la Iglesia dice de sí misma: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (L. G., 9). Este pueblo fue prefigurado y anunciado en el Antiguo Israel y hoy es constituido por Jesucristo como pueblo nuevo y definitivo de Dios en la Iglesia por la acción del Espíritu Santo.
Nuestra tendencia es plantear nuestra relación con Dios en una actitud individualista, sin llegar a plantear la conexión, comunión plena con los demás para lograr la unidad que Cristo quiso para los creyentes en El. La desunión es fruto del pecado, que nos hace olvidar que podemos participar de los bienes de Dios por nuestra incorporación al Pueblo de Dios, la Iglesia, por el Bautismo. Jesucristo entregó todos los bienes de santificación y salvación a la Iglesia como son, por ejemplo la Sagrada Escritura, los sacramentos, la Jerarquía, la Comunión de los Santos, etc. Demos a nuestra vida de fe la dimensión comunitaria que le es esencial. Así, el precepto de la Misa dominical no es sólo un mandato para cada uno, sino un estímulo que nos da la Iglesia para que vivamos auténticamente nuestra fe, participando del pan de la Palabra y de la Comunión que Dios ofrece a sus hijos reunidos. La Misa fortalece nuestra unión con Dios y con los hermanos en Jesucristo. El Espíritu Santo nos mueve en esa línea.
También, porque pertenecemos al Pueblo de Dios, podemos leer con pleno sentido la Biblia. La Palabra de Dios fue entregada a la Iglesia para que la guardara, la librara de todo error y la difundiera por todas partes. La fe nos lleva a leer la Biblia sabiendo que es una acción propia de la comunidad eclesial, de cada uno unido a los demás.
La Iglesia universal, el Pueblo de Dios “se encuentra y opera den cada diócesis, a la que el Concilio Vaticano II llama “porción del Pueblo de Dios, que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio”. Nuestra pertenencia a una diócesis nos da simultáneamente la pertenencia al Pueblo de Dios, es una misma pertenencia. Pertenencia que nos hace estar unidos, por tanto, a la Iglesia universal dirigida por el supremo Pastor, el Papa. Sólo en comunión con el Obispo y con el Papa es posible vivir en la Iglesia según la voluntad fundacional de Jesucristo. Cualquier actitud contraria es colocarse fuera de la Iglesia, es cismática, rompe la unidad e impide participar de los bienes que proceden de la redención de Jesucristo.
Hay actitudes cismáticas cuando no se aceptan verdades de fe como la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía o no se confía en la providencia divina o no se aceptan normas como la defensa de la vida humana desde la concepción o sobre la defensa efectiva de los derechos humanos, etc. Hablo de “actitudes cismáticas”, no de cismas, porque hay ignorancia. Por eso es necesaria una actividad evangelizadora para dar a conocer íntegramente el mensaje de Jesucristo y sus consecuencias. Es necesaria una evangelización más profunda, que llegue a todos, principalmente a los más alejados de Jesucristo. Por esto estamos dando los primeros pasos en orden a poder realizar una gran misión el año 2013. Pido oraciones para que podamos cumplir este objetivo, que surge del mandato misionero de Jesucristo.
Una gran misión requiere muchos brazos, sobre todo de laicos, que espero que se unan en este esfuerzo por millares. Un esfuerzo, que, de darse y así lo espero, requerirá un gran esfuerzo de los sacerdotes para profundizar en la Doctrina de la Iglesia, que tantos requerirán, y, sobre todo, dispuestos a pasar muchas horas en el confesonario para atender a tantos millares de penitentes. Una actividad así, suscitará muchas vocaciones sacerdotales, que darán continuidad al esfuerzo misionero y mantener cada vez más viva la luz de la fe, que brilla en la oscuridad del error, de la mentira y de la desunión.
Se lo encomendamos a San Pedro, primer Pastor Supremo de la Iglesia y, sobre todo, a María inmaculada, Patrona de la Diócesis de Chiclayo.
SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS
El último domingo las lecturas bíblicas nos mostraban que Dios es el primero que sale a nuestro encuentro antes que nosotros le busquemos: por iniciativa suya nos creó, nos redimió, nos busca para vivir junto a El, para vivir en su casa, nuestra casa, la Iglesia, y nos ocupemos de sus cosas, que también son nuestras. San Juan nos lo ha resumido diciendo que Dios nos amó primero y lo hizo con obras, enviándonos a su “Hijo, como propiciación de nuestros hermanos”.
La llegada de las reliquias de Santa Teresita del Niño Jesús es un recordatorio de la iniciativa divina en la relación de amor que debemos mantener con Dios en Jesucristo. Toda la vida de la Santa está transida de su providencia para atraerla hacia El. Y, junto a ella, la familia se desenvuelve en una actitud de amor hacia El, de modo que puede decirse que Dios era realmente el centro del hogar. De hecho los padres de la Santa han sido declarados beatos como matrimonio, han sido propuestos a la Iglesia como modelo de santidad en la vida matrimonial: trataron de vivir con amor la voluntad de Dios en todas las circunstancias de la vida del hogar. Un ejemplo sobresaliente es el padre, quien, al enviudar, vio cómo sus hijas una tras otra se iban al convento hasta quedarse solo; aceptó generosamente esa voluntad de Dios, si bien le costó mucho, tanto a él como a sus hijas, sobre todo a Teresita.
Teresita va al convento atraída por la llamada de Jesús a entregarse totalmente a El. No era apocada y consiguió del Papa, en una entrevista directa, que le permitiese entrar en el convento cuando aún no tenía la edad para ello. Su vida estaba llena de amor a Dios por una constante correspondencia a los requerimientos divinos, alcanzando una gran madurez humana y espiritual ya en casa de sus padres, expresada en un gran amor a su familia y a la Iglesia. Y es que la familia cristiana es fuente de santificación, si está abierta a Dios, siendo de este modo fuente de vocaciones sacerdotales y religiosas.
En relación con la Iglesia, dirá: “He venido al Carmelo a salvar almas, y sobre todo a rogar por los sacerdotes”. ¿Cómo salvar almas estando metida en un monasterio? Parece una contradicción, pues pareciera más lógico que quisiera ser religiosa de vida activa. Ella misma nos da la explicación: “Mi vocación es el amor”. Y añade: “Comprendí que sólo el amor podía actuar en todos los miembros de la Iglesia… Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado… En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor… Así lo seré todo…”.
Amar a la Iglesia. Por el Bautismo fuimos recibidos en esta gran familia y se nos dio la vida divina para que la participemos y gustemos ya parcialmente en esta vida. Una vida que se acrecienta y se disfruta en la medida en que participamos de los alimentos que se nos ofrecen: los sacramentos, sobre todo la Confesión y la Comunión, el Orden Sacerdotal y el Matrimonio, que son vocaciones específicas dentro de la Iglesia, y el ejercicio de las virtudes cristianas. Porque pertenecemos a la comunidad eclesial, podemos leer lo que Dios ha dicho a los hombres y mujeres de este mundo, la Biblia.
La Iglesia ha recibido el mandato de Jesús de anunciar su Evangelio a todas las gentes. Esta Iglesia evangelizadora llenaba de un gran entusiasmo, ponía en juego todas las energías de Santa Teresita: quería ser cada uno de los miembros del Cuerpo Místico, quería realizar cada una de las vocaciones específicas dentro de la Iglesia: “Siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir. En una palabra, la necesidad, el deseo de realizar por ti, Jesús, las más heroicas hazañas”. Y más adelante descubrió cómo realizar esas vocaciones en una sola para dar impulso y expansión a la vida de la Iglesia: “Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares.… Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío…, al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor…!”
A partir de ese momento, toda su vida será de amor hasta en los más pequeños detalles, “pétalos”, pasando por las fuertes molestias de su enfermedad y llegar a ese holocausto de amor que fue su muerte. Una vida de amor en el corazón de la Iglesia a la que le dio una gran vitalidad misionera desde el convento. Dios le pidió ser misionera de ese modo. Sabemos que fue proclamada por el Papa “Patrona de las Misiones”. Todos somos misioneros y hemos de ejercer esta tarea de amor en nuestro lugar y con el deseo, si es factible, de llegar adonde no se conoce el Evangelio. Tal vez no podamos salir de nuestro lugar, pero hay muchos alejados de Dios que nos necesitan, que necesitan de nuestro amor íntegro a la Iglesia, es decir, a Dios, a las almas, al Papa, a todos, dispuestos a gastarse en un holocausto creciente de amor.
Que la Santa nos ayude y proteja en ser Iglesia viva de cara a la Misión Continental que estamos iniciando.
Chiclayo, 9 de noviembre de 2011
DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO
Una idea que tenemos acerca de nuestra relación con Dios es que nosotros vamos a buscarle. Las lecturas de hoy nos plantean la inversa: es Dios quien nos sale al encuentro con su sabiduría, con la llegada del esposo a las bodas, con la venida de Cristo a llevarnos con Dios para siempre.
Dios es misericordioso, que creó por amor al hombre: Dios fue primero y luego fue el hombre, Dios lo llamó a la existencia, sin necesidad alguna, por puro amor. Desde ahí Dios viene siempre al encuentro del hombre, como hizo con Abran, con Moisés, David o la elección de los profetas; sobre todo vino al encuentro del hombre con la Encarnación de su hijo, como vemos en María y José, en los pastores y los magos y tantos otros desde entonces, como es el caso de Pablo de Tarso.
Descubre esa presencia de Dios entre nosotros, quien le busca con ánimo sincero, quien busca la verdad de las cosas y no acude a Dios como recurso a una necesidad, que, tal vez, tenga solución por medios ordinarios, naturales. La apertura permanente, sincera y humilde de corazón a la verdad y el bien hace posible el encuentro con Dios. El es la sabiduría para el hombre, que le hace gustar de las cosas buenas de este mundo y gusta de los bienes futuros del Cielo en cuanto es posible, anhelando su posesión definitiva más allá de la muerte, estando con Dios para siempre.
La parábola de las diez muchachas nos ilustra sobre la rectitud de intención sobre la verdadera sabiduría para llegar a Dios. La parábola nos habla de estar a la espera del Señor, con el corazón abierto a Dios, que nos visita muchas veces, con las lámparas encendidas. Se trata de una espera activa. Unas muchachas se proveyeron de aceite, otras no. San Agustín comenta: “Prepara las lámparas, cuida de que no se apaguen, alimentándolas con el aceite interior de una recta conciencia” (Sermones 93, 17).
Rectitud de intención que nos lleva a superar la medianía, el más o menos. Las necias hicieron algo: llevaron las lámparas y las prendieron, pero no se proveyeron del suficiente aceite y no lograron su objetivo. Aplicándolo a nuestra vida, podemos decir: rezo, voy a Misa los domingos, pero no trato de mejorar mi conducta y sé, hasta puedo justificarlo, que fallo en la castidad, el trabajo bien hecho y de forma honrada, la buena relación con el prójimo, el evitar la mentira y ser sincero, la vida de familia o el cumplimiento a los deberes de justicia. Si actuamos así, pueden aplicarse a nosotros las palabras de Jesús: “No todo el que dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial”. Pidamos al Espíritu Santo la sabiduría que nos dé el conocimiento de la verdad en nuestra conducta y pidámosle también la fortaleza para realizar el bien conocido y actuarlo de modo permanente. “En la vida de los cristianos,… la conversión primera es importante; pero más importantes aún, y más difíciles, son las sucesivas conversiones. Y para facilitar la labor de la gracia divina con estas conversiones sucesivas, hace falta mantener el alma joven, invocar al Señor, saber oír, haber descubierto lo que va mal, pedir perdón” (S. JOSEMARIA, Es Cristo que pasa, n. 57).
Dios nos espera constantemente, ya en este mundo, pasa junto a nosotros de muchas maneras haciendo llamadas para que le prestemos atención y vivamos junto a El: el deseo de corregir un defecto o de ayudar a alguien, evitar una mirada o una conversación inconveniente, el deseo de confesarse o de leer la Biblia y, sobre todo, provocando en nosotros el deseo de comulgar y vivir unido a cuantos nos rodean, de hacer que nuestros pequeño mundo sea mejor. Se trata de que vivamos siempre en el amor de Dios y al prójimo, según la conocida frase de Santa Teresita: “¡Mi vocación es el amor…!”. Sus reliquias nos van a visitar en esta semana.
Chiclayo, 6 de noviembre de 2011
DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO
El evangelio nos ha mostrado al comienzo la tensión interior de Jesús entre la oración a solas con su Padre y la dedicación a sus discípulos. No es una tensión que le divide: el trabajo evangelizador le lleva al diálogo con su Padre Dios para identificarse con su voluntad; este diálogo le llevaba luego a quienes le seguían, pues la voluntad del Padre es que todos se salven por su ministerio de predicación y redención. Después de la multiplicación de panes y peces, ha apurado a sus discípulos para que se vayan y quedarse a solas con Dios durante la noche; de madrugada va a buscar a sus discípulos.
Ahora Jesús, plenamente identificado con Dios Padre, sale a nuestro encuentro en los acontecimientos de cada día; intercede constantemente por nosotros ante Dios a la vez que está atento a nuestras necesidades concretas. Ahora, desde el Bautismo, su unión con Dios Padre y el Espíritu Santo es también unión con nosotros, está atento a todo lo nuestro, siempre dispuesto a ayudarnos.
Ocurre a veces que su presencia en nosotros se hace más intensa, irrumpe en nuestra vida, como hizo con los discípulos en medio de su trabajo. Se asustaron creyendo ver un fantasma, no reconocieron a Jesús de quien se habían despedido pocas horas antes. Igual que nosotros, preocupados en nuestros asuntos, somos incapaces de ver más allá de las apariencias y buscamos explicaciones o soluciones, que nada tienen que ver con la realidad o prescindiendo de Dios. Así, ante el futuro incierto o algo desconocido, se da la tendencia ir a los brujos o curiosos. Aunque muchos temores surgen por dejarse llevar de las supersticiones como el “martes y trece”. Por grandes que sean los asuntos, recurrir siempre a Dios en una oración confiada para que nos ilumine a encontrar la solución correcta a los problemas.
Jesús se presenta ante sus discípulos caminando sobre la superficie del lago, mostrando una vez más que domina sobre todo lo creado. Por eso pide nuestra confianza en El: “aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan”. Pongamos todo lo nuestro en sus manos, abandonémonos a El. Si hacemos así, caminaremos sobre las aguas de este mundo, superaremos las dificultades.
Para llegar a ese estado de abandono en manos de Dios es necesaria la oración perseverante, como nos enseña Jesús. Y es necesario bajarse de la barca de nuestra cerrazón interior para ir al encuentro con Jesús, fiándonos de su palabra. La palabra de Dios nos sostiene si nos fiamos de El, sin dudar, creyendo firmemente que realiza lo que dice y actuando en consecuencia: andar sobre las aguas de las dificultades. También Jesús, como a Pedro, nos echa en cara nuestra poca fe y, así, nos hundimos, aunque no del todo si le gritamos desde el fondo de nuestra necesidad.
Pero aprendamos de Pedro a tratar al Señor con confianza y a confiar en El. Quitar de nosotros la actitud de autosuficiencia o de confianza en fuerzas misteriosas, que no existen, y descansemos en el Señor sin recurrir a horóscopos o sortilegios o hechizos. Digamos con el salmo: “Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación”.
Con Jesús, los apóstoles estuvieron no sólo en los grandes milagros como el que hemos escuchado y que provocaron la fe en El, sino también en lo de cada día: cuando debían preparar la comida o buscar el agua o asistir a una fiesta o descansar. Con la venida del Espíritu Santo fueron conscientes de esa presencia de Jesús en sus vidas en todo momento: aprendieron que Jesús siempre está con nosotros en el camino de la vida. Aprendamos nosotros también y tratémoslo como a compañero de viaje, sabiendo que nos hará caminar sobre las aguas de las dificultades siempre que sea necesario.
Acudamos a María. Interviene en Caná con una petición de poca monta: “no tienen vino”. Y la consigue.
Chiclayo, 7 de agosto de 2011
DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO
La lectura de estas parábolas me ha hecho recordar a un pescador de Sechura. En el mar se encuentran perlas negras. El, junto con sus hermanos, se dedican a recogerlas. Para ello deben zambullirse en el mar, antes era sin oxígenos, por lo que debían conocer muy bien el lugar para acertar con cada perla en poco tiempo. Era su modo de ganarse la vida, bastante bien.
Jesús, con las parábolas de la perla y del tesoro escondido, nos dice que el amor a Dios sobre todas las cosas es el bien más preciado por el que merece la pena darlo todo. Cuántos dan sus ahorros de años por conseguir la salud con una operación o un tratamiento. Vivir en el amor de Dios vale más que todos los bienes de este mundo. Por mantenerse firmes en la fe, muchos cristianos han dado su vida o, por seguir a Jesús, han dejado su patrimonio, y se han dedicado a evangelizar viviendo pobremente. Cuántos misioneros y misioneras –sacerdotes, religiosas y laicos- han dejado familia, país y posición social por ir a anunciar a Jesucristo en otros lugares.
Pero las parábolas de la perla y del tesoro son también para nosotros. A cada uno, nos pide Jesús que pongamos el amor de Dios como meta de nuestra vida, como valor supremo al que hemos de aspirar y debemos procurar como el máximo bien. Un amor que se expresa en la búsqueda decidida de la voluntad de Dios en la vida ordinaria. Dios lo primero en nuestra vida. Por ejemplo, preguntémonos si somos fieles a la Misa dominical y procuramos comulgar o nos disculpamos con facilidad: llegó una visita, tengo mucho trabajo, me da vergüenza confesarme, etc. También, ¿Hacemos oración cada día buscando el lugar y el momento adecuados o lo dejamos para el final mientras nos dormimos? Si no acudimos con el alma despierta a la oración, difícilmente podremos cumplir su voluntad, más bien le impondremos la nuestra, ya se trate de relaciones familiares, laborales, de intimidad, etc.
Pero, centrándonos bien en el Evangelio, Jesucristo es ese tesoro por el que merece la pena darlo todo. El unirse a El, el vivir su vida en nosotros, el vivir metidos en El en cada momento, el hacerlo todo por El es el gran tesoro que nos da la verdadera vida. San Pablo lo explica diciendo: “No vivo yo, sino que Cristo vive en mí”. Un vivir en Cristo y con Cristo ahora, en toda situación y estado en que hemos sido llamados, dejando cuanto nos aparte de esta vida. “Todo…, todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria!” (S. JM.,Forja, 993).
San Josemaría nos habla del hombre discreto. La primera lectura, tomada del primer Libro de los Reyes, nos ha mostrado a Salomón como es el hombre discreto ante Dios. Cualquiera le hubiera pedido a Dios riquezas salud o fama a la propuesta divina “Pídeme lo que quieras”. Sin embargo Salomón pide “un corazón dócil para gobernar este pueblo, para discernir el mal del bien”. Esta petición agradó a Dios y le concedió lo que pedía junto con muchas bendiciones. Pidamos al Espíritu Santo la gracia de hacer de Jesucristo el centro de nuestra vida. En nuestro interior y en el ambiente sentiremos tantas cosas que quieren apartarnos de El, sentiremos la fuerza de la carne o la inercia del ambiente. Esto es normal, pero contamos con su gracia para hacer de El nuestro tesoro. Esta comunicación, comunión, con Jesucristo, será la que nos haga entrar en el Cielo: Dios nos introducirá en su presencia de bienaventuranza porque verá en nosotros a Jesucristo con quien y por quien hemos luchado en esta vida para vivir la vida verdadera.
Todo esto es posible como lo demuestran tantos hermanos nuestros a través de la historia. Pero, sobre todo, María de Nazaret.
Chiclayo, 24 de julio de 2011
DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO
Un tema frecuente de nuestras conversaciones suele ser lo mal que está nuestro mundo a causa de la violencia, la falta de valores, la corrupción, etc. El mal no es de ahora, es una realidad existente en el mundo casi desde su creación, desde el pecado original, pero, al principio, no fue así. El mal fue introducido en el mundo por el hombre a causa de un mal uso de la libertad: preferir las apariencias frente a la objetividad que nos proporciona Dios.
Como nos dice Jesús en la parábola de la cizaña y afirma ya el libro del Génesis, Dios creó buenas todas las cosas. Todo fue creado bueno para que le sirviera al hombre en su desarrollo personal, guardando estrecha relación con Dios Creador. Sin embargo las apariencias engañan: lo malo tiene muchas veces la apariencia de bien: necesito dinero para comer o comprar unas medicinas y cobro más de lo justo, necesito descansar o distraerme y veo algo pornográfico, me aprovecho de los demás porque todos lo hacen, etc. Perdemos muchas veces la profundidad, el buscar la verdad de las cosas y su finalidad, que deben servir al hombre para su desarrollo personal y social, no somos versos sueltos. El mal, que suele ser pecado, encierra al hombre sobre sí mismo, aunque luego diga que busca el bien de los demás e incluso aparenta buscar a Dios. En la realización del mal, el hombre se erige como señor de todo: hace un mal uso de su libertad, cuya suma es la realidad que tantas veces palpamos.
Pero, como nos ha mostrado ya el Libro de la Sabiduría y ratifica la parábola de la cizaña, Dios es el dueño del campo, el señor de la historia; el mal no tiene la última palabra, habrá una victoria del bien sobre el mal, de Dios sobre el demonio y sus colaboradores. Sirva de comentario a estas afirmaciones lo dicho por el cardenal J. Ratzinger: “Dios deja una medida grande –supergrande según nuestra impresión- de libertad al mal y a los malos; pero, no obstante, la historia no se le va de las manos” (J. RATZINGER, Jesús de Nazaret, II, p. 45).
El mal aparece en el mundo porque quienes debían cuidarlo, quienes afirman vivir en relación con Dios y cuidar de sus cosas, se durmieron, no estuvieron vigilantes: no obran el mal, pero tampoco hacen el bien, se conforman con ser buenos. Planteo a este propósito la siguiente pregunta: ¿Sabemos los cristianos poner todos los medios para que el mal no se extienda? Todos somos responsables de algún modo de la marcha de nuestro mundo: en el bien o en el mal, todos influimos en todos porque estamos unidos en nuestro ser personal, y, por el Bautismo, en el Cuerpo Místico de Jesucristo. Tomemos la decisión de obrar el bien personal y de todos, no seamos islas, porque, tarde o pronto seremos afectados por el oleaje del mal que nos rodea.
Obremos el bien. ¿Cómo? La parábola del grano de mostaza nos habla de comenzar por lo pequeño: corrigiendo nuestro temperamento, esforzarnos por ayudar a los de casa o alegrarles la vida, terminar bien nuestro trabajo y comenzarlo puntualmente, colaborar en obras de bien común, cambiar de canal cuando nos ofrece algo que es inmoral o no ver una revista indecente, percibir el precio justo, no servirse de las ingenuos que pueda haber a nuestro alrededor, actuar ante la injusticia de alguien constituido en autoridad, etc. La parábola nos dice que el grano dio una planta muy crecida: venceremos el mal con abundancia de bien, si somos pacientes en realizar esos pequeños detalles que llenan nuestra vida diaria. Seremos así fermento en la masa del mundo que le hacen dar frutos de bondad.
Añado una última reflexión. Muchas personas actúan mal por ignorancia, por no saber qué es lo bueno o lo malo, tal vez porque tienen mucha ignorancia sobre Dios Creador y Redentor, no saben sobre Jesucristo y su mensaje de amor. Es necesario que conozcamos mejor nuestra fe y formemos bien nuestra conciencia para sacar a tantos de la ignorancia, que causa tanto daño en el mundo. Esto es parte de la vigilancia que nos pide Jesús. A la vez, señalemos el mal, aunque parezca que ese mal es lo frecuente, que lo hace mucha gente. Buscar la verdad sobre las cosas y de los acontecimientos nos dará la libertad para obrar el bien y caminar hacia ese brillo, esa gran luz que tendrán los justos en el Cielo con que termina nuestro Maestro la parábola de la cizaña.
Chiclayo, 17 de julio de 2011
CORPUS CHRISTI 2011
Ser misioneros, conscientes de que es Jesús quien nos envía para anunciar el amor de Dios manifestado en El, sobre todo en su Muerte y en su Resurrección, para que todos consigamos la Vida abundante. La misión tiene una meta: el encuentro personal y comunitario con Jesucristo. Y este encuentro alcanza su culmen en la Santa Misa con la Comunión. Llegar hasta ahí, que es el fruto de la misión, supone realizar las tareas contenidas en la parábola del sembrador: quitar en el alma de quien es misionado las piedras de la indiferencia, fortalecer la voluntad en la perseverancia del bien obrar, fomentar el control de las pasiones, ayudar a no estar pendientes de los bienes materiales o de la aceptación de los demás, a desear a Dios como primer bien. Después vendrá la tarea de sembrar la Palabra de Dios, abonarla con abundante oración y esperar, como hace el labrador, a que germine, crezca, fructifique y perseveren hasta el fin.
En la actividad misionera, hemos de evitar, por tanto, el error de quedarnos sólo en el anuncio del Evangelio y que sea aceptado, sin llegar a un encuentro con Jesucristo en la totalidad de la persona, alma y cuerpo. En este error podemos caer personalmente cuando estamos atentos fundamentalmente a la homilía, a la predicación del sacerdote, sin tener en cuenta que la homilía, junto con las lecturas están destinadas a producir en el creyente el encuentro con Jesucristo, Palabra del Padre; encuentro que culmina en la Sagrada Comunión. Las palabras de Jesucristo, que hemos escuchado en el evangelio de hoy, son fuertes: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. Es un encuentro, repito, en la totalidad del creyente en alma y cuerpo con Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; no es sólo algo espiritual, sino también físico. Jesucristo ha venido a salvar al hombre total, salvación que se inicia ya en este mundo y alcanza su plenitud en el Cielo cuando se dé la resurrección final.
Como nos ha enseñado Jesús, la misión debe ir acompañada por signos, por algo que reclame la atención de los demás y sea perceptible por los sentidos. Misionar requiere simultáneamente acciones que tiendan a aliviar las necesidades también materiales del prójimo, como expresión del anuncio total del amor al prójimo. Con estas acciones, sobre todo cuando son realizadas por un grupo de Iglesia, permiten percibir la totalidad del mensaje evangélico, llevando al potencial creyente a un encuentro personal con Jesucristo en su Iglesia: se trata de incorporarlo plenamente al Cuerpo Místico de Jesucristo, Cabeza de la Iglesia.
Todos deseamos que esta solemnidad del Corpus Christi nos lleve a una presencia más viva de Jesucristo en todas las actividades humanas de modo que todos y todo el universo se orienten cada día más hacia Jesucristo, Cabeza de la Iglesia y de la Creación, para que todos y todo den gloria a Dios, de quien procede todo don, Creador y Salvador.
María, misionera de Jesús, nos acompaña en esta gran tarea a la que hoy somos especialmente convocados.
Chiclayo, 26 de junio de 2011
PENTECOSTES 2011
El suceso de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente, pone en acción al universo material y a los hombres: viento, temblor, llamas, los discípulos que se sienten llenos de una vida nueva que les impulsa a anunciar a Jesús con alegría. Se están cumpliendo las profecías: “En los tiempos mesiánicos, vuestros hijos profetizarán y vuestras hijas cantarán canciones”.
Desde ese día, Pentecostés, el Espíritu Santo está operante en la Iglesia: vino y se quedó para llevarnos a la verdad completa, que es Cristo, para defendernos de nuestros enemigos, para que vivamos con alegría, para que vivamos con la mayor plenitud posible la vida que Jesucristo nos trajo con su Resurrección. En el Credo le decimos “Señor y Dador de vida”.
El Espíritu Santo da vida a la Iglesia, a la comunidad de los creyentes en Jesucristo, de modo que viva y viva en justicia y caridad perfectas. Por eso la Iglesia es Santa: hay una línea de acción que informa su vida y la va llevando tras su Pastor, Jesucristo, hasta la plenitud de la vida divina a través de este mundo entre dificultades y alegrías. Esa línea de acción es el Espíritu Santo. Invocarlo para que sigamos decididamente a Jesucristo y no nos apartemos de El, que sigamos sus inspiraciones, sus mociones, de las que la Iglesia nos hace el eco a través de la proclamación de la Palabra de Dios, de sus enseñanzas como las homilías dominicales, la liturgia, la conducta de tantas personas santas que viven junto a nosotros si abrimos los ojos de la fe y del sentido común.
Ciertamente que en la Iglesia también hay pecados: los tuyos y los míos, los de cada uno cuando no sigue las mociones del Espíritu Santo y se deja llevar por sus tendencias negativas, por sus conveniencias sin importarle nada más, por el qué dirán, por las falsas justificaciones de los pecados propios o ajenos. Por eso el Concilio Vaticano II dice de la Iglesia que es santa y necesita de purificación. Y por eso el testimonio de la Iglesia es opaco, algo difuso. Hemos de aceptar esta realidad a la vez que reaccionamos tratando de llevar una vida más santa, radicalmente cristiana.
Jesús nos envía el Espíritu Santo después de su Resurrección, según hemos escuchado en el evangelio de hoy. El Espíritu Santo, desde entonces, trabaja en el interior de la Iglesia y de cada uno de nosotros para que nuestra vida se conforme cada vez más a Jesucristo mediante el sacrificio de nuestro esfuerzo constante en ser buenos cristianos, que es tanto como estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios en todas las circunstancias de la vida. Necesitaremos muchas veces del sacramento de la Penitencia, cuya institución hemos escuchado: es fruto del Espíritu Santo, presente en Jesús resucitado.
Desde Pentecostés, nos muestra el libro de los hechos, la Iglesia vive unida perseverando unida en la oración, la comunicación de bienes y la participación en la Eucaristía. A esa Iglesia pertenecemos. Vivamos la unidad con obras y de verdad. Es el gran testimonio para que el mundo crea, más allá del ir de casa en casa o de organizar actividades. Hoy, ante la fractura producida entre los peruanos por las pasadas elecciones, es el momento de reforzar esta unidad, yendo a lo esencial de la fe eclesial y de la vida social, más allá de situaciones coyunturales: La Iglesia es “germen firmísimo de unidad”, recuerda el Vaticano II.
Todos unidos formando un solo pueblo, nacido de la Pascua por la acción del Espíritu Santo, que comenzó a obrar de modo decidido en la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María: “el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”.
Chiclayo, 12 de junio de 2011
ASCENSION DEL SEÑOR 2011
Esta mañana habló el Papa en Croacia de la conciencia como “lugar de la escucha de la verdad y del bien, lugar de la responsabilidad ante Dios y los hermanos en la humanidad, que es la fuerza contra cualquier dictadura”. Y continuaba: “Entonces hay esperanza de futuro”. En otras palabras, el Papa invitaba a la apertura del hombre a la búsqueda de la verdad y a la realización del bien, teniendo delante la gloria de Dios y el bien de sus hermanos. Así cabe esperar un futuro mejor
La Ascensión del Señor abre nuestro espíritu a dimensiones insospechadas en relación con Dios, con los hermanos e incluso con el universo. Jesús, una vez realizada la obra redentora, regresa la Padre, de donde había salido, tal como nos dijo: “Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me voy al Padre”. Pero si Jesús bajó solo, no sube solo. Ahora va a Dios Padre, al Cielo, acompañado por cuantos esperaron su venida y por cuantos han puesto en El su confianza a través de los siglos, también a los de ahora. Ahora está sentado a la derecha de Dios, que es tanto como decir que Jesús recibe toda la gloria de Dios también en cuanto hombre. Y cuantos han permanecido fieles a El hasta el final participan de esa gloria divina, porque por la fe y el bautismo quedaron unidos a Jesucristo y permanecieron unidos a El. Lo que Jesucristo ha conseguido de glorificación por naturaleza, los hombres lo consiguen por participación, en cuanto está unidos al Hijo de Dios hecho hombre y glorificado después de su Muerte y Resurrección.
Nos abre a dimensiones insospechadas porque, como dice hoy San Pablo, “todo lo puso bajo sus pies”. Jesucristo está sobre todo como Señor, como cabeza del universo, de la humanidad, de la Iglesia. Al subir al Cielo, lleva consigo estas realidades, las orienta hacia Dios: todo y todos quedan atraídos, impulsados hacia un futuro más amplio de apertura al Infinito, al Absoluto, a Dios, y unidos por Jesucristo y en Jesucristo a vivir en una relación cada vez más estrecha, buscando el bien íntegro de todos y de cada uno.
Sólo que los hombres, debido al uso individualista de la libertad, podemos hacer que esa realidad no se cumpla en algunos y apartemos momentáneamente de Dios las cosas de este mundo. San Pablo nos recuerda en la Carta a los Romanos que “la creación entera espera la manifestación de los hijos de Dios”. Son los cristianos quienes, con su competencia profesional y moral, están llamados a corregir las desviaciones de las conductas humanas que impiden que algunas personas y cosas se dirijan hacia su verdadero fin: Dios. Somos los cristianos unidos a todos los hombres de buena voluntad y competentes, que buscan la verdad y el bien común. Esta es una gran tarea de Iglesia.
Vivir en cristiano no es, pues, vivir con espíritu apocado, apartado de los problemas que afectan al mundo y a los hombres de hoy, sino vivir abierto a las grandes realidades de este mundo y tratar de hacer que todas se integren y se dirijan a sus fines, a su fin, que es el hombre y éste a Dios. Vivir en cristiano es estar en actitud de búsqueda de la verdad y de realizar el bien que de ahí se deriva, con sentido de responsabilidad ante Dios y los demás, según nos decía el Papa; y junto con los demás.
Hoy hemos concluido un proceso electoral. La búsqueda del bien y de la verdad nos lleva a colaborar con quien haya salido elegido Presidente. Digo colaborar, no ser colaboracionistas, que es algo incondicional. Por el bien común, todos, cada uno en su lugar, debemos ser críticos con las nuevas autoridades: apoyarles en cuanto busque el bien común siguiendo la ley natural y los derechos humanos por tanto, oponerse a cuanto se aparte de esa ley y de esos derechos y hacer propuestas para que se haga algo que no es tenido en cuenta y que es necesario para la sociedad. Por último, todos debemos rezar por las legítimas autoridades, como ya nos enseñó San Pablo.
Nos encomendamos a María Inmaculada para que, pasadas las elecciones, se serenen los ánimos de todos los peruanos y busquemos juntos el bien común.
Chiclayo, 5 de junio de 2011
DIVINA MISERICORDIA
BEATIFICACION DE JUAN PABLO II
Hoy ha sido beatificado el Gran Papa Juan Pablo II. Damos muchas gracias a Dios. La Iglesia nos lo propone como modelo a seguir para ser fieles discípulos de Jesús y para que sea nuestro intercesor ante Dios. Todos recordamos muchos momentos de su vida bien por haberlo visto en televisión o haberlo visto directamente. Cuánto gozo en quienes habían conseguido verle de cerca e incluso haber estrechado su mano. Para mí, fue una emoción especial cuando pude saludarle al poco tiempo de nombrarme Obispo e hizo broma de ser un Obispo nuevo.
Ha sido beatificado en el Domingo de la Divina Misericordia, una Fiesta instituida por él. La misericordia del Señor estuvo siempre presente en su vida y hablaba de ella en numerosas ocasiones. Así lo hizo sobre todo en la encíclica “Dios rico en misericordia”.
Jesucristo es la revelación de la misericordia de Dios, que se inclina hacia el hombre pecador o enfermo o indigente o que sufre para consolarlo y elevarlo hasta El, porque ese es su lugar. En Jesucristo, Dios nos ha revelado su gran amor hacia todos nosotros y nos lo ha enseñado con la maravillosa parábola del hijo pródigo. Nos ha dado a su hijo para que volvamos a El en actitud de amor, de igual, sentados a su mesa.
Cuando el hijo pródigo vuelve a la casa paterna, el padre le estaba esperando, lo levanta cuando el hijo se arrodilla y lo abraza, colmándolo de besos y organizándole una gran fiesta. El evangelio de hoy es la síntesis de la parábola hecha realidad. Jesucristo, cargando con nuestros pecados, vuelve al Padre como cabeza de la humanidad en un abandono de amor en los brazos de Dios, confiando en su amor de padre, en su infinita misericordia: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Dios responde a esta entrega, a pesar de su aspecto repulsivo, acogiéndolo porque miraba al corazón de su Hijo que no se había reservado nada para sí y lo daba todo, sin reservarse nada en su corazón: todo para El. Por eso Dios lo exaltó, dice San Pablo: Jesucristo resucitó y vive para siempre. Resucitado, nos envía su Espíritu Santo para que nos limpie por el perdón de los pecados y nos eleve hasta Dios y nos siente junto a El en el banquete de su vida, sobre todo en la Eucaristía. Así es la misericordia de Dios. Vivir la vida cristiana con la dignidad de los hijos de Dios, mucho mayor que la de cualquier personaje importante de nuestro mundo. Seguir en todo el trato de Jesucristo con su Padre Dios y con los hombres que le rodearon. Aprender de Jesucristo, siempre dispuesto a perdonarnos cada vez que nos arrepentimos y vamos a la confesión y siempre dispuesto a hacernos partícipes de su vida en la Comunión.
Ser agradecidos con tanto amor de Dios. Enseñar a los demás que Dios les ama, que lo que mira en primer lugar es su corazón, que lo vuelquen en El, a pesar de sus miserias personales –materiales o espirituales-, para encontrar paz y sentirse serenos en medio de las circunstancias de la vida. El amor es lo permanente del hombre. Amor.
Corresponder en la línea de la parábola del buen samaritano. En la vida encontraremos personas enfermas, pobres, deprimidas, marginadas, tal vez con odio o resentimiento en su corazón. Jesús nos pide en la parábola que tratemos de ayudar a esas personasen con obras concretas, no pasar de largo. Obras de misericordia. “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia”, nos ha dicho Jesús. Veamos con quienes de los que viven con nosotros o cerca de nosotros debemos usar de misericordia, para vivir la igualdad entre todos tal como Dios lo hace con nosotros en Jesucristo. Es un camino esencial para alcanzar la misericordia divina y obtener también el perdón de nuestros pecados. Si no conseguimos más en nuestras oraciones, tal vez sea debido a nuestra falta de misericordia con los demás.
A la Virgen María la invocamos como Madre de la Misericordia. Es la Madre de Jesús, en quien está contenida toda la misericordia divina. Acudamos siempre a Ella para que nos consiga la misericordia para nuestra vi da y nos ayude a usar de misericordia con cuantos nos rodean.
Chiclayo, 30 de abril de 2011
III DOMINGO DE PASCUA (A)
Con ocasión de su Beatificación, hemos revivido los sentimientos de admiración que, en su momento, tuvimos hacia el Papa Juan Pablo II. Sin duda, habremos dado el paso siguiente: la memoria de Juan Pablo II ha producido una revitalización de nuestra fe en Jesucristo y su Iglesia.
Lo que Jesús nos pide hoy, y Juan Pablo nos enseñó, es que nos movamos por una fe cada día más completa. Se acerca a los dos discípulos que van a Emaús, desesperanzados y sin acabar de entender lo ocurrido con Jesús. Se les nota que van buscando una comprensión de lo sucedido el Viernes Santo, no tanto del domingo de Resurrección.
Como un ejemplo de lo que puede ser nuestro apostolado, Jesús se coloca junto a ellos, se interesa por su conversación y por sus preocupaciones, les escucha. Con un lenguaje directo, les llama la atención y les va explicando las Escrituras (el Antiguo Testamento) en todo lo referente al Mesías, a El. Toda la Biblia tiene como centro a Jesucristo; aprender a leerla de este modo. En retrospectiva, los dos discípulos reconocen que su corazón se iba enardeciendo al ritmo de la explicación de la Escritura que hacía Jesús. De este modo, bien dispuestos interiormente, reconocen a Jesús en la fracción del pan. La palabra de Dios recibida con fe nos impulsa al contacto directo con Jesús, lo que ocurre concretamente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía.
Los dos de Emaús se habían quedado en una fe imperfecta hacia Jesús: admiraban su doctrina y sus hechos maravillosos, le tenían por un gran profeta. La fe completa en Jesús requiere un salto mayor: se fundamenta ante todo y sobre todo en el hecho de su Resurrección como vida nueva para el hombre. Jesús de Nazaret es el primero que la experimenta y se ofrece a cuantos crean en El y se bauticen, formando un todo con El.
Pero la fe cristiana es acción de Dios en nosotros, que libremente hemos de aceptarla. Una fe que va en aumento en la medida en que nos dejamos conducir por ella. Los dos discípulos, nobles, abiertos, se dejan conducir por las palabras de Jesús, la Palabra de Dios, y le reconocen al partir el pan. Así hará con nosotros si nos dejamos conducir por El: nuestra fe será cada vez más auténtica, ya no se moverá por este o aquel favor obtenido o que queremos obtener, sino que será cada vez más firme por la experiencia del contacto con Jesús resucitado, sobre todo en la Eucaristía. Una de las manifestaciones de esta experiencia será la alegría. Y, otra, será la necesidad de integrarse más en la comunidad, es decir, en la vida de la Iglesia: los dos discípulos salen corriendo, a pesar de lo avanzada de la noche, para anunciar al resto de discípulos que es verdad, que Jesús ha resucitado, que vive. El contacto con Jesús en la Palabra y en la Comunión provoca en el cristiano la alegría y el deseo de anunciarlo a los demás, comenzando por los que están más cerca.
Esa es una de las experiencias que Juan Pablo II nos quiso comunicar: la fe cristiana es para vivirla junto con los hermanos en la fe, como hacemos ahora en esta Misa, como intentó decirnos con todas aquellas reuniones multitudinarias o en pequeños grupos: la fe cristiana es eclesial.
Quiero concluir con unas palabras pronunciadas esta mañana por el Papa Benedicto XVI: "Luego es necesario sentarse a la mesa con el Señor, convertirse en sus comensales, para que su presencia humilde en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre nos restituya la mirada de la fe, para mirar todo y a todos con los ojos de Dios, y la luz de su amor. Permanecer con Jesús que permaneció con nosotros, asimilar su estilo de vida entregada, escoger con él la lógica de la comunión entre nosotros, de la solidaridad y del compartir".
Al comienzo de este mes de María, queremos decirle a nuestra Madre que nos ayude a vivir una fe auténtica y que queremos expresarle nuestro cariño tratando de ser mejores hijos suyos y de vivir mejor las prácticas marianas como son el Angelus, el Santo Rosario, el rezo de la Salve, etc. y también visitarle en romería en algún santuario dedicado a Ella. Le pedimos que bendiga a todas las mamás vivas y difuntas.
Chiclayo, 8 de mayo de 2011
DOMINGO DE RESURRECCIÓN
“A la cama no te acotarás sin saber una cosa más”. Hoy he percibido que le damos mayor solemnidad a la Navidad que a la Pascua de Resurrección. Y, sin embargo, la Resurrección de Jesucristo es el hecho más importante en relación con nuestra fe, es su fundamento. “Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe no sirve para nada”. Prosigue el Apóstol: Pero no, Cristo a resucitado, el primero entre los muertos”. Tal vez, si damos mayor realce a la Navidad, sea porque tenemos la experiencia de ver un niño pequeño, no así de un resucitado.
Nuestra fe cristiana se fundamenta no tanto en nuestras experiencias, no tanto en que es algo que nos han enseñado desde niños o el fruto de un entusiasmo religioso o el fruto de un desarrollo intelectual. Nuestra fe se basa ante todo y sobre todo en el hecho de la Resurrección de Jesucristo. Con El convivieron varios cientos de cristianos, comenzando por María Magdalena y los Apóstoles y nos lo han transmitido de modo fidedigno. No creemos en un muerto, sino en Alguien que vive para siempre, porque es Dios, en alguien que tiene el poder sobre la muerte y sobre la vida porque es la Vida.
Jesucristo resucitado nos trae la vida nueva de Dios, que participamos por el Bautismo y que nos orienta a vivir según Dios y esperanzados en la resurrección futura. Somos hijos de Dios y Jesús nos da la fuerza para vivir como tales. Esa fuerza está en nuestro interior, si la buscamos mediante la oración y los sacramentos. La Resurrección de Jesús fundamenta el optimismo cristiano, pues El ha vencido a la muerte, y al mundo y al demonio.
Pero Cristo resucitado no es un espectador de nuestras vidas como diciendo: “Yo ya lo conseguí, a ver que hacen Vds. ahora”. El está con nosotros y nos acompaña en nuestra vida de cada día, atrayéndonos hacia El. Así lo decía el Papa esta mañana en su mensaje “Urbi et Orbi”: “Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap. 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. El está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras El en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielos, fieles a nuestro compromiso en este mundo”-
Feliz Pascua a todos”
VIGILIA PASCUAL 2011
Hace pocos domingos leíamos que los discípulos de Jesús, después de la Transfiguración, no entendían qué era eso de resucitar de entre los muertos. Tampoco nosotros acabamos de entenderlo, pues es algo que escapa del ámbito de nuestra experiencia. Guiados por la fe, aceptamos lo que nos dicen los evangelios, la experiencia que vivieron quienes convivieron con Jesús antes y después de la crucifixión. La Iglesia nos lo explica por medio de símbolos: la luz, el agua y el nuevo canto del aleluya.
La resurrección de Jesucristo no es como la de Lázaro o la del hijo de la viuda de Naím. Jesucristo resucita con una vida definitiva y nueva. Jesucristo resucitado vive para siempre y Dios comunica en El su propia vida. Cuantos se unan a El por la fe y el Bautismo no morirán, tendrán vida eterna en el mejor sentido de la expresión porque participarán de la vida nueva de Dios en Cristo Jesús. Esta es la gran esperanza que tenemos cuantos nos convocamos en esta noche santa. Vivimos ya por la fe la vida de Dios, que alimentamos por la oración, la Palabra de Dios y los sacramentos, y esperamos tenerla plena y definitiva más allá de la muerte. “Que muero porque no muero”, dice Santa Teresa de Jesús.
Hemos comenzado la Vigilia en oscuridad. Al principio sólo brillaba el cirio, Cristo Luz, después aumentó la luminosidad al encender en él nuestras velas y, al final, vino la gran luminosidad. Así sucede con Jesucristo, así sucede en el mundo cuando nos prendemos de El. Jesucristo es la luz que brilla en medio de la oscuridad de este mundo, producida por los pecados de los hombres y mujeres que lo habitamos. Sólo en El hay luz para caminar con seguridad y sentido en este mundo. Cuantos se unen a El por la fe y el Bautismo van seguros, saben cómo deben caminar, cómo deben vivir cada día de modo digno: “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo”. Jesús resucitado camina junto a nosotros, como hizo con los discípulos de Emaús, y nos va explicando las Escrituras para llevarnos a permanecer con El, para llevarnos a la Eucaristía, la fracción del pan, y vivir unidos a los hermanos.
Otro símbolo propio de esta noche de Resurrección es el agua. Se bendice como parte de la celebración y se bendice luego a los fieles, como haremos. Algunas veces suele celebrarse el Bautismo. El agua tiene el simbolismo de expresar el paso de la muerte a la vida –lo hemos visto en este tiempo de sequía-, de la esclavitud a la libertad, como sucedió con Israel al salir de Egipto. Por el agua del Bautismo pasamos de la muerte del pecado a la vida de hijos de Dios, incluso cada vez que nos confesamos, que suele considerarse como un segundo Bautismo.
Jesús promete el agua de vida a cuantos tengan sed de Dios: “el agua que yo le daré se hará en él una fuente de agua que salta hasta la visa eterna”. Con este símbolo nos habla que en El está la vida de Dios. Como agua viva y fresca, encontramos la paz, el sosiego, en medio de los sudores de esta vida, en medio de los esfuerzos por salir adelante.
Por último, el canto del aleluya es el gran canto de esta noche, junto al Pregón pascual que nos ha descrito el gran suceso de la resurrección, de la vida de Dios en Jesucristo resucitado. La alegría lleva al canto, a la comunicación de lo que llena nuestro corazón. Una de las señales de que vivimos en fe es la alegría interior, el gozo de sentirse cristianos, el optimismo porque, en Cristo, podemos vencer lo negativo de este mundo.
Nos alegramos con María, a quien Jesús se dirigió en primer lugar después de resucitar. Que Ella nos ayude a permanecer alegres y a comunicar a muchos la alegría cristiana.
Feliz Pascua del Señor.
Chiclayo 24 de abril de 2011
VIERNES SANTO
Acabamos de contemplar con fe y amor la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Quedamos impresionados por tanto odio, de una parte, y por tanto amor de parte de Jesús. Jesús no luchó contra el odio, sino contra la debilidad de su naturaleza humana y fue derecho a través de esa debilidad a cumplir la voluntad amabilísima del Padre: “no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”. Diríamos que Jesús no se “distrajo” por los insultos, los golpes, las vejaciones, la crueldad de la misma crucifixión, las burlas de quienes querían destruirlo. Vivió el amor a Dios y a los hombres de modo intenso y progresivo conforme avanzaba la Pasión. Su expresión final “Todo se ha cumplido” es el grito del amor en su máxima realización, sin que nada lo haya detenido; es el grito del amor que consigue realizarse plenamente, libre de toda atadura. Es el amor que perdura más allá de la muerte y que entra en la unión definitiva con Dios, el Amor, y que le llevará a reunir a los discípulos que, pocas horas antes, le habían abandonado para mostrarles la plenitud del amor realizada en El y que les había anunciado de diversos modos.
Jesús ha quedado constituido Pontífice entre Dios y los hombres, no vive alejado de nuestra realidad, tan dolorosa a veces. Por eso, dice la Carta a los Hebreos, que entiende de nuestras debilidades, ha experimentado todas nuestras limitaciones, todos nuestros dolores, excepto el pecado. Podemos decir que Jesucristo es uno de los nuestros, uno como nosotros. Ante esta realidad y viendo nuestras limitaciones, nuestros dolores, continúa la Carta a los Hebreos “Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno”. Rompamos la desconfianza de que Dios no me puede perdonar o no me hace caso o mi vida es así. El se compadece de nuestras miserias, de todas esas cosas que consideramos negativas; hallaremos su gracia en el momento conveniente para nuestro bien integral, material y espiritual. Dios tiene tiempos para cada persona, como hizo con Jesús hasta mostrarle la hora de salir de este mundo e ir a El. Como Jesús, ponerse en manos de Dios, y Jesús nos obtendrá el auxilio oportuno en el momento adecuado. Esperanzados.
La Pasión de Cristo se continúa hoy ciertamente en todo hombre que sufre, pues asumió nuestros dolores y se hizo solidario con el destino humano. Sufre en tantos lugares donde hay guerra, donde se conculcan los derechos humanos, sobre todo el derecho a la vida, sufre en quienes tienen hambre o carecen de casa, en los enfermos, sobre todo en aquéllos que tienen la debida atención, sufre por la violencia de unos contra otros, a veces en el mismo hogar. La lista sabemos que es interminable, no por ello debe dejarnos insensibles ante esta situación tan dolorosa de Cristo entre nosotros. No puede dejar de decir que Jesucristo sufre hoy en su Iglesia a causa de los pecados de sus miembros –sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos- y a causa de las persecuciones que sufre en distintos lugares del mundo en que se le hace burla o se castiga, incluso con la muerte, por manifestarse cristiano, se le margina en nombre de un laicismo intolerante o, también, cuando se le manipula para provecho político o de otra clase.
Así como quienes buscaron la muerte de Jesús creyeron que harían desaparecer su movimiento. También hoy se actúa en muchos de esos casos para hacer desaparecer a Dios de la vida de los hombres, relegándolo, en el mejor de los casos, al interior de la conciencia, pero sin incidencia en la vida social. Un hecho de esta naturaleza lo vemos, entre otros, en bastantes profesionales, políticos, profesores y estudiantes universitarios, en ambientes económicos, etc. Dios es considerado como perteneciente al pasado, no apto para personas cultas o desarrolladas. Si conversamos un poco, veremos que, aparte de algún problema personal o mental, hay mucha ignorancia filosófica y teológica. Sin Dios, todo es relativo, al final, todo vale.
Levantamos la vista al Crucificado –“mirarán al que traspasaron”-, esperanzados en su victoria como María. Porque Ella está firme junto a la Cruz, no sólo como madre doliente por el hijo moribundo, sino identificado con la obra salvadora de Jesús. En ese momento, el hijo amplía a la madre el panorama de su colaboración: en Juan, recibe a la humanidad entera, en primer lugar a los cristianos, como hijos suyos, y los hijos, también en Juan, la recibimos como madre. Que la acompañemos en estas horas de dolor a causa de nuestros pecados y de todos los pecadores con un gran cariño y con el propósito renovado, tal vez entre lágrimas, de no querer verla sufrir más, o de sufrir con Ella reparando, corredimiendo, por tantos pecados que se cometen en el mundo, tal como he enumerado antes.
Chiclayo, 22 de abril de 2011
JUEVES SANTO: En la cena del Señor
Acabamos de escuchar que Jesús amó a los suyos hasta “el extremo”, “en exceso”. Los suyos somos también nosotros, pues a todos nos tuvo presente, como se desprende del capítulo diecisiete del evangelio de San Juan. Esa expresión sirve para introducir la institución de la Eucaristía y simultáneamente del Sacerdocio. En los días previos se le nota a Jesús su amor desbordante, una emoción especial, que alcanzará su momento cumbre en la Ultima Cena y en la Pasión y Muerte, inseparables. Es Jesús que quiere darse a todos los hombres y mujeres de la historia humana, incluso al universo entero, y llevarlos hacia Dios. Lo hace contando con los hombres –en primer lugar, los sacerdotes- y con los elementos naturales –pan y vino-, contando con el hambre de Dios que se da en todos los hombres y mujeres y se manifiesta en muchos de ellos.
Al comienzo de la Ultima Cena, Jesús realiza el lavatorio de los pies. No era sólo una acción de higiene o un rito. Por lo que explica a continuación, se trataba de una lección intensa, central, para quienes antes habían discutido sobre la primacía en el Reino de Dios, a la vez que anunciaba su servicio supremo con la muerte en Cruz. “¿Comprenden lo que he hecho con Vds.? Ustedes me llaman “el Maestro”, “el Señor”, y dicen bien. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”. Jesús les ha dado un ejemplo de que El ha venido a servir y no a ser servido: ha realizado una acción propia del menos importante en la reunión, cuando El era el más importante. Ejemplo que culminará en la Cruz: no teniendo pecado, dio su vida para la redención de muchos, de todos los hombres y mujeres de este mundo.
Participar en la Eucaristía, en la Santa Misa, es dejarse lavar los pies por Jesús; sólo El puede purificarnos de nuestros pecados, tal vez sólo de pequeñas faltas, pero es El quien purifica, no tanto nuestras buenas obras o nuestro arrepentimiento. Desear comulgar, participar del Banquete eucarístico con el alma lo más limpia posible, nunca estaremos preparados del todo. Pero necesitamos comulgar, siempre con el alma lo más limpia posible, para vivir en cristiano, para gastar nuestra vida en servicio a Dios –cumpliendo amorosamente sus mandamientos- y con un amor cada vez más efectivo hacia el prójimo. Alimentarnos para llegar a la vida eterna. No nos escudemos tras de quienes comulgan y parece que no avanzan en vida cristiana; sólo Dios sabe lo que pasa en el interior de cada uno. Mirar a Jesús, acercarse a El y comulgarle para identificarnos cada vez más con El. Rezar por todos.
En la Comunión aprendemos y vivimos la humildad de Jesús por amor a nosotros, a todos. ¿Cabe amor y humildad más grandes que la de darse a nosotros bajo las apariencias de un trocito de pan? Aprender a darnos así al prójimo. Si amamos, no mediremos el grado de humildad; si somos humildes, no mediremos el grado del amor. Darse. Estar abiertos a los demás y buscar la comunicación con ellos dispuestos a dar y recibir lo que sea necesario para que la unión entre todos sea cada vez más efectiva. Conocerles y ser conocidos. Pasar por encima de las legítimas opiniones y buscar puntos de encuentro.
Amor al prójimo con hechos. Nos quejamos, por ejemplo de la delincuencia, pero olvidamos que nuestra sociedad suprime cada vez más las barreras entre lo bueno y lo malo, que casi todo es opinable. Los delincuentes se preguntan: “¿Por qué no puedo tener lo que otros tienen, si a mí no me han dado oportunidades para tener y disfrutar de las cosas?”. Pensemos que hay mucha falta de formación, que muchos que debieran impartirla no lo hacen o que instituciones que debieran darla prescinden de ella, guiados por un pragmatismo o un economicismo radicales.
Amor al prójimo en la familia. Hay demasiados conflictos en ella a causa de egoísmos e individualismos, sin pensar que un gran bien para mí es también la unión entre todos los miembros de la familia.
Amor a tantos que están marginados de la sociedad: enfermos con sida u otras enfermedades incurables -tal vez contagiosas-, ancianos o niños o jóvenes abandonados a su suerte -que suele ser mala-, drogadictos, prostitutas, homosexuales, poco cultos o pobres socialmente, etc. No me estoy refiriendo a un amor platónico a estos grupos de personas, sino amor con los hechos que vayan aportando solución a sus problemas, tal vez no del todo solucionables. Pero que sientan que hay un aprecio por ellos como personas, que la sociedad cuenta con ellos. Porque en ellos está también la imagen de Dios. En la participación de la Misa de cada domingo, en la Comunión bien hecha, encontraremos la luz y la fuerza para darnos a todos como hicieron, por ejemplo, Teresa de Calcuta o Juan Pablo II, como lo hizo María.
Chiclayo, 22 de abril de 2011
MISA CRISMAL
Dirigiéndose a los católicos de todo el mundo, el Papa Benedicto habló ayer de “asomarse a la intimidad de Jesús”. Bien puede afirmarse que estas palabras tienen especial incidencia en el corazón de cada sacerdote al conmemorar hoy la institución del Sacerdocio.
El clima emocional de la Ultima Cena es una invitación a asomarse al corazón de Jesucristo, que se da hasta el extremo, “en exceso” dicen algunos Padres de la Iglesia. Jesús abre su corazón a aquellos Doce elegidos y que han perseverado con El hasta el final. Es un momento culminante de su evangelización, antes de volver al Padre: instituye simultáneamente la Eucaristía y el Sacerdocio. Quiere perpetuar su presencia física entre nosotros, haciendo que “los que El quiso” fueran los ministros de esta presencia.
Sí, los sacerdotes somos ministros, elegidos por Jesús, para ser su presencia visible en medio del Pueblo de Dios, en medio del mundo. Esta gran dignidad nos llena de pavor y de una gran confianza de que quien nos llamó llevará adelante su obra para que el mundo crea y no le falten los pastores que lo conduzcan hacia Dios. Por nosotros mismos no somos nada, no podemos nada, no valemos nada, al decir de San Josemaría. Pero, con su gracia, podemos ser transparencia cada vez más nítida de Cristo Pastor. Muchas veces tendremos que reavivar en nosotros la gracia que se nos confirió por la imposición de manos, como se le pide a Timoteo.
Nuestra vocación exige de nosotros la contemplación de la intimidad de Jesucristo para que los demás vean en nosotros fieles dispensadores de sus misterios. Habremos de leer una y otra vez los sucesos y palabras de la Ultima Cena para empaparnos, identificarnos cada vez más de ese corazón que tanto ama a los hombres y que ha tenido una especial predilección por nosotros, sus sacerdotes, sin mérito de nuestra parte. Dejarnos guiar por el Espíritu Santo que quiere que nuestra existencia sacerdotal esté cada vez más configurada con Jesucristo, Pastor y Guardián de nuestras almas, de todas las almas.
Sabemos que el punto de partida es el espíritu de oración, que tiene su centro en la Santa Misa. El espíritu de oración necesita de esos momentos especialmente dedicados a la oración personal, en los que el corazón del sacerdote se abre al corazón de Jesús para ser llenado de su amor, de su intimidad, de su vida, que está entre Dios y los hombres, de ser puente que une el cielo y la tierra, lo humano y lo divino, lo que no es y lo que debemos ser.
Con esas disposiciones subiremos al altar de Dios para que Jesucristo actúe, en nosotros y a través de nosotros, el momento cumbre de su paso por la tierra: el memorial de su Pasión, Muerte y Resurrección. Las distracciones nos acecharán, pero queremos ir derechos, como El, a identificarnos con la voluntad del Padre hasta el final, hasta el exceso. Cuidar los momentos de oración, profundizar en ella para vivir y sacar de ahí la fuerza y la alegría para vivir bien nuestro sacerdocio. Ser hombres de oración, tratando de referirlo todo al Señor; muchas veces serán peticiones de perdón, que nos servirán para seguir adelante en la identificación con Jesucristo, para ser mejores transparencias del Pastor que da la vida por las ovejas. Procurar que haya un momento de recogimiento antes de comenzar la Santa Misa, siempre. Y que, al dar la comunión, lo hagamos con mucha fe y con mucho amor al Señor, que llevamos entre manos.
Dentro del espíritu de oración, esforzarse para que la recitación de la Liturgia de las Horas sea completa. Es la oración de la Iglesia. De ahí sacaremos energías para entregarnos a nuestro ministerio, para repetirle al Señor: “No mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”. Y muchos textos alimentarán nuestra oración personal o nos ayudarán en la predicación.
Me permito insistir también en el rezo diario del Santo Rosario, rezando alguna parte más cuando podamos. Ahí encomendaremos tantas cosas a nuestra Madre. Que pongamos ahí la santidad de nuestros hermanos sacerdotes y el ardor para suscitar abundante vocaciones sacerdotales. Dediquemos tiempo y energías a este trabajo tan sacerdotal. Seamos cercanos a los niños y jóvenes para llevarlos al corazón de Jesús. Es un gran estímulo para asomarnos a esa intimidad. Sabemos muy bien que, detrás de cada vocación sacerdotal, hay un sacerdote que trató de ser fiel a Jesucristo.
La bendición de los óleos nos habla del Espíritu que se derramó sobre nosotros y que deseamos derramar en abundancia para los demás y sean llenos de la vida de Dios, se fortalezcan y caminen de modo decidido en fe y caridad.
Y un momento importante de esta celebración de la Misa Crismal es la renovación de los compromisos que hicimos el día de nuestra Ordenación. Nuestra presencia es el mejor testimonio de que queremos permanecer fieles a esos compromisos, contando con la gracia de Dios.
Chiclayo, 21 de abril de 2011
DOMINGO DE RAMOS(A)
Con la celebración del Domingo de Ramos, estamos dando comienzo a la Semana Santa. Es la semana de las semanas porque en ella se conmemoran y se celebran los hechos centrales de nuestra fe: la Muerte y Resurrección de Jesús, que se actualizan en la Eucaristía por ministerio del sacerdote.
Las lecturas de la Misa nos han hablado del siervo de Dios sufriente, de Jesús, que ha asumido nuestra realidad pecadora y va derecho a cumplir la voluntad de Dios Padre a través de la entrega total en cuerpo y alma. Nada le quedó por sufrir a Jesús y nada le detuvo en su fidelidad a Dios en nombre de toda la humanidad: permaneció firme hasta el final en su entrega total para la gloria de Dios y por amor a nosotros, pecadores. Pagó el justo por los injustos.
Ahora nos pide que le ayudemos a llevar la cruz en la vida de cada día con el cumplimiento fiel de nuestros deberes religiosos, familiares, profesionales, sociales. Nos pide la lucha decidida contra todo lo que nos pueda apartar de El, de cuanto fue la causa de su muerte. Un punto muy concreto es luchar para defender toda vida humana, luchar contra tanta erotización de nuestra sociedad para defendernos y defender de ella a cuantas personas podamos, en primer lugar a los hijos. Saber manejar las redes sociales, esquivando cuanto pueda afectar a nuestra vida de fe. Recordemos el viejo dicho: “lo que mancha a un niño mancha también a un viejo”.
El salmo que hemos recitado es una súplica confianza para permanecer firmes en la fe en medio de las dificultades. La Eucaristía, cuyo relato hemos escuchado al comienzo de la lectura de la Pasión, es la respuesta del Señor para poder vivir nuestra fe de modo coherente. Procuremos comulgar en estos días con mucha devoción y agradecimiento al Señor, con la esperanza de poder vivir en cristiano siempre. Preparémonos para estas comuniones, haciendo, en lo posible, una buena Confesión.
DOMINGO DE RAMOS(A)
La Palabra de Dios nos ha narrado la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. La multitud que lo acompañó le reconoció como Mesías, como el enviado por Dios a salvar al mundo.
A los pocos días, las voces que antes lo aclamaron gritarán “crucifícalo, crucifícalo”. Así es el cambiante corazón humano. Esa es nuestra experiencia: le prometemos a Jesús vivir como buenos cristianos, pero, al poco rato, nos olvidamos y actuamos sin tener en cuenta sus mandamientos. Decirle que queremos perseverar en nuestros buenos propósitos.
Jesús va a Jerusalén para dar su vida en rescate por nosotros, pecadores. Sube entre aclamaciones y, sin embargo, Jesús llora sobre su querida Jerusalén porque muchos no le reconocerán por Mesías cinco días después, aun habiendo visto muchos milagros como el de la resurrección de Lázaro.
Jesús se ofrece en rescate por todos los hombres y mujeres de este mundo, por nosotros. Nos preguntamos: ¿Tan graves son los pecados de la humanidad para que Dios se haga hombre y dé su vida por nosotros? Esa es la medida de la gravedad de nuestros pecados y, también, la medida del amor de Dios. A la vez de ofrecernos el perdón por nuestras contradicciones, nos señala el camino a seguir: el amor a Dios y al prójimo hasta gastar nuestra vida por ellos.
Ahora haremos la procesión con los ramos, actualizando la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén. Hagamos el firme propósito de quitar las contradicciones en nuestra vida cristiana y esforcémonos para que el Viernes Santo nos encontremos entre aquellas pocas personas que se dolieron por su muerte tan cruel, El que era inocente.
Pasamos ahora a un anuncio que quiero hacerles. El atrio de nuestra Catedral sufre un gran deterioro; debemos actuar cuanto antes para repararlo. Va a ser un poco costoso, por lo que se pide la colaboración de los fieles chiclayanos para reunir los quinientos mil soles que llevará la reparación. En días sucesivos se irá ampliando la información. Confiamos en la generosidad de todos para reparar nuestra Catedral, tan emblemática e histórica para la Ciudad de Chiclayo.
Que María Inmaculada nos ayude a vivir bien la Semana Santa, dando coherencia de fe a nuestra vida y generosidad para la obra que debemos hacer.
Chiclayo, 17 de abril de 2011
DOMINGO V DE CUARESMA (A)
La resurrección de Lázaro marca un momento decisivo en la vida pública de Jesús, en la revelación del Reino de Dios que ya había comenzado, en la acción de Dios en Jesucristo abriendo al hombre a la dimensión trascendente de la vida en Dios. Como consecuencia del milagro, muchos creyeron en Jesús, otros decidieron quitarlo de en medio.
Este milagro es preludio y anuncio de lo que será la Resurrección de Jesús. El es el Señor de la Vida, que la da cuando quiere y la recupera de nuevo según su designio salvador. La Vida está en Dios y nos la comunica libremente: la existencia es un llamado a vivir, una vida que, en el hombre, ya no termina: el espíritu no muere porque es simple. Por eso el hombre trasciende la muerte, pervive más allá de ésta. Ello es así, además, porque el hombre participa de la vida de Dios, es su imagen. Dios es Vida. Así como Dios no muere, así el hombre no puede morir por ser imagen de Dios, por ser imagen de la Vida.
Pero el mismo evangelio nos ha hecho encontrarnos con la muerte de un señor, que ya olía porque llevaba cuatro días muerto. La muerte es la peor tragedia para el hombre, llamado a vivir siempre. Nos retrotrae al tiempo inicial de la creación del hombre, recordándonos que “al principio no fue así”, fue después que entró la muerte en el mundo a causa del pecado. Sin embargo Dios no condenó al hombre a la destrucción, sería como desdecirse, negarse de algún modo, lo cual sería un absurdo. Antes de que Adán y Eva salieran del paraíso, hace la promesa de redención, de que el árbol roto sería revitalizado por un injerto nuevo: la redención obrada por Jesucristo: es realidad nueva, incorporada al árbol original de la humanidad.
La muerte no es, pues, una palabra definitiva, es un paso amargo hacia la vida, que nos trajo Jesús con su Muerte y Resurrección. Recordemos que el proyecto inicial de Dios es que las mujeres y hombres de este mundo vivamos siempre. Y Dios lleva adelante sus planes. Si el hombre se desgajó del tronco por el pecado, Jesucristo lo reparó abriéndole a la vida con su misma Vida. Por eso nos dice Jesús, como a Marta, que El es “la Resurrección y la Vida…; el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Nos habla de una vida más allá de la muerte. Una vida que es nueva, no es un mero abrirse a vivir de nuevo, tiene la propiedad de participar de la vida de Dios, nos hace hijos de Dios. Se inicia en el Bautismo y logrará su plenitud en la resurrección final.
Sí, resucitaremos. Esta resurrección será de vida para cuantos hayan vivido de la fe en Jesucristo, hayan muerto en su gracia. Y será una resurrección de condenación, de muerte sin morir, para cuantos hayan rechazado a Jesucristo, cuantos le hayan negado en los demás porque no les quisieron ayudar. Tenemos la gran esperanza en la resurrección que nos consiguió Jesucristo, encarnándose y dándose totalmente por nosotros. Que la esperanza de vida para siempre esté en nuestro horizonte de vida: nos dará paz y nos permitirá valorar todo lo de este mundo de modo adecuado.
Como consecuencia, no debemos vivir sólo de las apetencias de nuestro cuerpo, sino dejarnos llevar por las tendencias de nuestro espíritu, que se sabe llamado a vivir siempre. Vida que, para el bautizado es participación de la vida de Dios, “ya que el Espíritu de Dios habita en nosotros”. Si actuamos según el cuerpo, cosecharemos corrupción, muerte; si con el espíritu, alcanzaremos vida eterna.
El camino para la Vida es el que nos ha señalado Jesús: la muerte. Morir a nuestros caprichos, a nuestros gustos sin orientación, a dejarnos guiar sólo o principalmente por nuestros sentidos. Morir a la soberbia y al afán de poder, a desesperarnos ante las dificultades de la vida. Se trata de cumplir por amor y fielmente la voluntad de Dios, como Jesús. Y, unidos a El en su Muerte, participaremos con El en su Resurrección, que ya participamos sobre todo en la Sagrada Comunión y en la unión con los hermanos. El pecado mortal es el gran mal que debemos temer, porque nos puede llevar a la muerte sin morir, al infierno.
Que Santa María de la Esperanza nos ayude en el camino hacia la Vida, siendo recios, perseverantes como Ella al pie de la Cruz, para darlo todo por amor a Dios y a los hermanos.
DOMINGO IV DE CUARESMA (A)
A Jesús le preguntan sobre qué mal ha hecho ese hombre para quedar ciego. Es lo mismo que decimos nosotros a veces: “¿Qué mal he hecho, Dios mío, para que me pase esto?” La respuesta de Jesús nos puede desconcertar más: “Ni pecó éste ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios”.
El ciego es curado, ve, y, simultáneamente, va surgiendo en su interior una nueva luz: la fe. Todo comenzó por un encuentro casual con Jesús. Como explicaba el Papa esta mañana, primero lo ve a Jesús como un hombre más, después percibe que es un profeta, por último lo confiesa como Señor, y se postra ante él. Si analizamos un poco la escena, nos damos cuenta que el ciego es un hombre honrado, que gusta de la verdad, aunque se quede solo. Esta disposición interior, de honradez para con la verdad le lleva a recibir la luz de la fe, como sucede casi siempre. Al contrario, cuando no se busca sinceramente la verdad, sino la verdad que me gusta, la que me parece, la luz de la fe se va debilitando. Todo comenzó para el ciego con un encuentro inesperado con Jesús.
Antes de curar al ciego, Jesús ha proclamado: “Yo soy la luz del mundo”. Según su pedagogía, va de los elementos naturales a los sobrenaturales, lleva al hombre a una nueva dimensión: la relación con Dios. Todos los sucesos le sirven para anunciar el Evangelio de la salvación, para llevar al hombre a una nueva dimensión más allá de lo horizontal de este mundo, de lo cotidiano, de lo intrascendente. Jesús no se impone, va llamando al hombre a que se abra a lo trascendente, a lo permanente por encima de toda circunstancia: la unión con Dios. Dios, que es luz, nos permite valorar las cosas de este mundo, verlas en su verdadera dimensión, a saber relativizarlas en la medida en que nos llevan o no a la unión con Dios, a lo permanente.
Más aún, en ese trabajo no vamos solos: el Señor es mi pastor y me guía, no temo las dificultades u oscuridades que se puedan presentar de momento: “tú vas conmigo, tu cara y tu cayado me sosiegan”. Afiancémonos fuertemente en Jesús, luz del mundo, avivemos constantemente nuestra fe en El como Salvador, como Amigo, como Padre. La serenidad con que nos presentaremos ante los demás será un reflejo de la luz de Jesús y seremos sus testigos. El cristiano es una antorcha encendida para cuantos no encuentran sentido a sus vidas o ni siquiera se plantean el sentido de su vida. La serenidad del creyente forma parte de las buenas obras que los demás habrán de ver para llegar a la fe y amor de Dios.
Con un poco de barro hecho con su saliva, Jesús cura al ciego. Un medio desproporcionado para la curación. Así sucede con los sacramentos como comunicadores de la vida divina. Dios llega al hombre total y quiere salvarlo totalmente. A Dios le interesan también los elementos materiales, pues, además de utilizarlos, El los ha creado para que le sirvan al hombre y realice la ascensión hacia El, ayudado por su gracia: nos va llevando de la mano y alcanzamos la meta de unión con El, de luz y de alegría, si no nos soltamos. Valorar la creación, cuidarla, usarla racionalmente, pensando en el presente y en el futuro. Más aún, si estamos atentos a ella, nos ayudará al encuentro con Dios Creador, y, al encontrarnos con el hombre Jesús de Nazaret, se abrirá ante nuestros ojos un panorama inmenso de posibilidades para servir a los demás, para hacer un mundo más agradable, que nos llevará a descubrirlo a cuantos están a nuestro alrededor, a muchos.
El próximo primero de mayo el Papa Benedicto XVI beatificará a Juan Pablo II. Fue un hombre de fe transparente que movió a muchos hacia la fe cristiana e iluminó al mundo con la luz de la verdad, que proviene del Evangelio de Jesús. El tendría sus oscuridades, como el atentado, pero siempre caminó de las manos de Jesús y de María en una fe ascendente, que nunca ocultó y que mostró hasta en su última aparición en público: aquel golpe que dio cuando ya no podía hablar. ¿No podríamos hacer nosotros lo mismo? Es cuestión de ser sinceros buscadores de la verdad y ayudar a otros muchos a que sean sinceros consigo mismo, con los demás y con Dios.
Termino pidiendo su oración y su responsabilidad de ciudadanos y de creyentes para que las Elecciones Generales transcurran en paz y que todos voten pensando en el Perú y, si cabe, en la comunidad internacional.
DOMINGO III DE CUARESMA (A)
La sensación de sed es algo muy normal, que experimentamos las personas y también los animales y las plantas, mucho más en verano. Jesús, cansado por haber caminado mucho y haber realizado el trabajo de la evangelización, tiene sed. Algo normal, pero, para él, como demuestra la conversación con la samaritana, es una sed más profunda, tiene sed de almas. En ese momento, tiene sed del alma de aquella mujer, para quien es también la redención que viene a realizar. No le importa el cansancio ni los convencionalismos sociales, que veían mal hablar a solas con una mujer: sólo ve un alma que quiere salvar.
A través de un diálogo maravilloso, va llevando a aquella samaritana hacia la fe en él como salvador del mundo. Le habla del agua que sacia. Esa agua es el Espíritu Santo, como dirá poco después: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí, como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva” (7,37-38). Y el evangelista explica: “Esto decía del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él” (7,39). Jesús, jugando con el símil del agua va llevando a esta mujer hacia Dios, a desear la vida de Dios que nos da el Espíritu Santo: el Espíritu Santo es la vida de Dios, que es Amor, “dador de vida” decimos en el Credo.
En todo hombre hay una sed de Dios, más o menos explícita o implícita. A veces el hombre lo sustituye por otras cosas que no sacian –el dinero, la fama, el placer, etc.-, son los ídolos de nuestro tiempo. Porque la búsqueda de Dios, de algo que apague nuestra sed de ser más, de infinito, es trabajoso, produce cansancio, nos cuesta mantenernos en el camino del bien y nos sentamos, nos detenemos, o entretenemos con cosas inmediatas como puede ser un cuerpo bonito, un dinero que resuelve una necesidad del momento, un trabajo realizado sin perfección, etc. “Donde Dios es considerado una grandeza secundaria que se puede dejar de lado temporalmente o en absoluto por otras cosas más importantes, entonces naufragan esas cosas presuntamente más importantes” (J. RATZINGER, Caminos de Jesucristo, p. 87). Esas cosas a las que se refiere el teólogo son la libertad, la justicia, el sufrimiento humano, el recto uso de los bienes de la tierra. El hombre que se aparta de Dios vive insatisfecho y genera el desorden en el mundo en que vive. “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará intranquilo mientras no descanse en Ti”, dice San Agustín.
En Jesucristo, Dios sale al encuentro del hombre, como vemos en el relato de la samaritana o en la parábola del hijo pródigo. Hoy sigue saliendo al encuentro del hombre, lo busca con diversos signos como son la insatisfacción interior, la presencia de grandes santos como Juan Pablo II, las palabras de un buen amigo, el cambio de vida de una persona errada. Jesucristo nos sale al encuentro sobre todo a través de la Iglesia para que no equivoquemos el camino, para llenarnos de la certeza del Resucitado, para darnos el agua de la vida de Dios que es Amor, sobre todo en la Palabra de Dios y en la Eucaristía. Ciertamente que la Iglesia es consciente que muestra el rostro de Dios en Jesucristo, opacado por los salivazos y la sangre de nuestros pecados. Dios sale a nuestro encuentro en la humildad de Jesucristo, pidiendo misericordia a la vez que ofrece la Misericordia, que restituye al hombre en su paz interior porque sólo Dios nos la puede dar, y sólo en Dios podemos vivir en paz unos con otros.
Esto requiere que seamos tan apostólicos como la samaritana. No se conformó con reconocer al Mesías. La fe cristiana impulsa a difundirla. Ella va a su pueblo y les habla de Jesús, lo hace con un modo personal: provoca el interés de sus convecinos interrogándoles: “¿No será él el Mesías?” La fe nos impulsa a ser apóstoles. Hoy, además del contacto personal o grupal, tenemos las llamadas redes sociales, entre otros, el mezinger, el facebook, el twiter, también las cartas al director o los programas abiertos de radio y de televisión. El amor a Dios y al prójimo nos inspirará qué comunicar y cómo comunicarlo.
La Virgen de Loreto es considerada Patrona de los medios de comunicación social. Vayamos a Ella para que nos lleve a Dios y llevemos a Dios a los demás. Lo conseguiremos si vivimos el amor que el Espíritu Santo pone en nuestros corazones.
Chiclayo, 27 de marzo de 2011
MISA POR DON ALVARO DEL PORTILLO
D. Alvaro del Portillo acababa de hacer un viaje a Tierra Santa cuando le llamó el Señor a su presencia. Esa mañana había celebrado la Santa Misa en el Cenáculo, allí donde Jesús tuvo la Cena Pascual, donde se celebró la primera Misa. Era su personal subida a Jerusalén, desde Nazaret donde había comenzado su peregrinación, culminando en la participación plena de la Pascua del Señor, la Santa Misa. En Tierra Santa, todo cobra actualidad cuando se celebra la Eucaristía, hace que se superé la idea de que aquí estuvo Jesús, está.
Hago este breve comentario que nos ayuda a situarnos mejor en la Cuaresma como subida a Jerusalén, como camino que lleva a la Pascua, a una mayor identificación con Jesucristo muerto y resucitado. Le pedimos a D. Alvaro que nos acompañe a peregrinar con el mismo espíritu que él lo hizo. Con esa actitud vivida cada uno en su casa, en su trabajo, en la calle, en las relaciones sociales contribuimos a hacer divinos los caminos de la tierra, al decir de San Josemaría. Y nos advierte a propósito de la preparación para la Semana Santa: “No recorramos, sin embargo, demasiado deprisa ese camino; no dejemos caer en el olvido algo muy sencillo, que quizá, a veces, se nos escapa: no podemos participar de la Resurrección del Señor, si no nos unimos a su Pasión y su Muerte” (Es Cristo que pasa, 95).
Como a los hijos de Zebedeo, Jesús nos dirige también la misma pregunta, a nosotros que estamos decididos a seguirle: “¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Podemos - le respondieron” (Mt 20, 22). La vocación de D. Alvaro es una continuidad de esas llamadas que el Señor dirige a las almas, invitándolas a su seguimiento con todas las consecuencias, una llamada a casados y solteros, profesionales o empleados, a todos sin distinción. Para él fue algo inesperado, pero, como los discípulos del Evangelio, respondió decididamente y permaneció fiel a la vocación recibida al Opus Dei hasta el final de su vida. Estamos seguros de que, al final, escuchó del Señor sus palabras: “Siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco,… entra en la alegría de tu señor” (Mt 25, 21).
Beber el cáliz del Señor es aceptar la voluntad de Dios sobre nosotros, seguirlo paso a paso aun cuando a veces no se entienda bien cuál es esa voluntad o surjan dificultades. Es el momento de meditar en el corazón, de considerar las cosas que suceden a nuestro alrededor en presencia de Dios con el deseo de realizar lo que le agrada; siempre habrá suficiente gracia de Dios, siempre podremos decir “podemos”, contando con esta gracia. Para ello es necesario tener vida de oración, diaria, y frecuencia de sacramentos de Confesión y Comunión, al menos semanal, y, cuando hay especiales dificultades, más oración, tal vez hacer con más amor la que venimos haciendo habitualmente. ”Podemos”, “porque Jesucristo nos enseña este camino divino y lo emprendamos, porque El lo ha hecho humano y asequible a nuestra flaqueza” (S. JOSEMARIA ESCRIVA, o. c., 15) .
Si confiamos en el poder, en la gracia de Dios, habrá paz en nuestro interior por más grandes que sean las dificultades. D. Alvaro, por ejemplo, cumpliendo un encargo de San Josemaría, volaba hacia Roma, cuando coincidieron con aviones de guerra. Los pasajeros temieron, pero él, comentaba años más tarde, permaneció tranquilo y comentaba: “Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada, porque llevaba los papeles. No se me pasó ni una vez por la cabeza que podían echar el avión abajo”.
El deseo de cumplir siempre la voluntad de Dios realizando el Opus Dei, desarrolló en él un gran espíritu de servicio. Porque la grandeza del cristiano en relación con los demás está en servirles con la actitud que nos pide Jesús: “Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo vuestro”. A D. Alvaro lo recordamos siempre sonriente y atento a los detalles para hacer la vida alegre a los demás. Así, fue capaz de adelantar la hora del baño para que un hijo suyo pudiera afeitarse con agua caliente. Pero, sobre todo, su amor a los demás era un gran celo por las almas. Desarrolló una gran actividad apostólica sobre todo en España y en Italia y urgía a todos a acercar muchas almas al Señor. Consiguió que muchos se acercaran al Señor y se entregaran totalmente a su servicio. Lo consiguió con oración, mortificación y amistad; tenía muchos amigos.
Ahora estamos esperando el momento de su glorificación, así lo rezamos con la estampa y así se lo pedimos a la Santísima Virgen, a quien quería con mucho cariño, como lo había aprendido del Fundador del Opus Dei.
Chiclayo, 23 de marzo de 2011
DOMINGO I DE CUARESMA
La tentación como incitación a realizar algo malo es una experiencia que todos tenemos. En sí misma no es pecado, pero, si no se rechaza con prontitud, puede terminar en pecado. Por eso Jesús nos enseñó a pedir en el Padrenuestro: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. No pedimos vernos libres de tentaciones, sino de caer en ellas, del mal, porque, como Jesús, las tendremos. La tentación está presente en la historia de la salvación, antes y después de Jesús.
La tentación existiría aun si no se hubiera dado el pecado original, pues hemos leído que éste tuvo su origen en una tentación no rechazada a tiempo. Podemos decir que la tentación acompaña al hombre desde el inicio de su historia. Como nos ha narrado el Génesis y vemos en las tentaciones de Jesús, el causante principal de la tentación es el demonio. Este odia a Dios, pero, como no le puede hacer nada, actúa sobre las criaturas preferidas de Dios, los hombres y mujeres, imágenes suyas y, por el bautismo, hijos suyos. El demonio tiene muchos colaboradores.
La primera lectura nos ha ilustrado sobre el proceso del primer pecado. El demonio va a la raíz de la existencia humana: el hombre es libre y puede decidir sobre sus actos. Pero ha de decidir sabiendo lo que hace, con conciencia rectamente formada, para elegir acertadamente sobre lo que es bueno o es malo; elegir no sobre lo que parece bueno o malo, porque esta apariencia puede ser equivocada. Y el demonio acentúa el afán de libertad que hay en el hombre, indicándole que serán como dioses. Entonces “los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil… Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el “seréis como dioses” (Gen 3,15) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios” (JOSEMARIA ESCRIVA, Es Cristo que pasa, n. 6).
La tentación de autosuficiencia sigue siendo actual. Muchos no quieren reconocer la autoridad de Dios Creador y Redentor, que nos ha dado unos mandamientos para comportarnos de acuerdo con la dignidad humana y ha encargado a su Iglesia la tarea de exponerlos con claridad en todas sus exigencias. Así el “No matarás” expresa el respeto que el hombre ha de tener por toda vida humana, de protegerla, pues es imagen de Dios e igual a sí mismo. El destruirla, aunque sólo tenga un minuto de existencia, es un pecado gravísimo. Por eso no se puede apoyar a quienes en sus programas políticos o sociales incluyen el aborto, sería un contrasentido: apoyar las obras del demonio en contra del mandamiento divino “No matarás”.
Para no caer en la autosuficiencia de querer determinar lo bueno o lo malo, es necesaria una formación moral, que oriente nuestra conciencia en la toma de decisiones morales acertadas, y fortalecer nuestra voluntad para actuar en conciencia, porque, de lo contario terminaremos justificando nuestros pecados. (“Todos lo hacen”).
Jesús sufrió las tentaciones y venció. Venció porque se apoyaba en la voluntad de Dios, manifestada en su Palabra. Lo hizo con la fuerza de la Palabra de Dios. “Triunfó sobre el enemigo mortal de los hombres no como Dios, sino como hombre. Ha combatido para enseñarnos a combatir en pos de El. Ha vencido para que nosotros seamos vencedores de la misma manera” (LEON MAGNO, Sermo 39 de Quadragesima).
Jesús nos ha dejado ejemplo de cómo luchar ante las tentaciones: además de la Palabra de Dios, Jesús acude a la oración tal como le vemos, entre otros momentos, en el desierto y antes de la Pasión. La Cuaresma es un tiempo para cuidar más nuestra oración, para dedicarle más tiempo o hacerla mejor, con más devoción. Así Jesús llegó hasta el final en el cumplimiento de la voluntad de Dios. Así nosotros saldremos vencedores en la tentación si cuidamos la vida de oración, no sólo cuando somos tentados, que, a lo mejor, lo que debemos hacer es distraernos en otra cosa.
San Pablo nos ha hecho una invitación a la confianza en Jesucristo, que venció siendo obediente al Padre. Nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas. Luchar con la gracia de Dios y la habilidad humana. A veces experimentamos que somos vencidos en lo mismo. Insistir, pedir, ofrecer algún sacrificio. La santidad está en actuar de este modo. Luchar por amor hasta el último instante.
María, “ruega por nosotros pecadores, ahora…”)
DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO (A)
Nos llama la atención el cuidado que Dios tiene en alimentar a los pájaros y dar belleza a las flores. Esta imagen, que también nosotros podemos contemplar, le sirve a Jesús para hablarnos del infinito amor que Dios nos tiene, un amor concreto incluso para atender a nuestras necesidades personales o comunitarias.
El profeta Isaías se sirve de la imagen del amor de la madre hacia su hijo para expresar que el amor de Dios hacia nosotros es mucho mayor aún. El Papa Juan Pablo II emplea el texto referido de Isaías para hablarnos del amor misericordioso de Dios. “Este amor, fiel e invencible gracias a la misteriosa fuerza de la maternidad –dice el Papa, se expresa en los textos veterotestamentarios de diversos modos: ya sea como salvación de los peligros, especialmente de los enemigos, ya sea también como perdón de los pecados respecto de cada individuo, así como también de todo Israel, y, finalmente, en la prontitud para cumplir la promesa y la esperanza (escatológicas), no obstante la infidelidad humana” (Mulieris dignitatem, n. 8).
La confianza en Dios, de la que nos hablan estos textos, va más allá del poder de Dios de darnos cosas materiales o espirituales, se fundamenta ante todo en su infinito amor por todos y cada uno de los hombres y mujeres de este mundo, por cada uno de nosotros. Amor que, si revisamos nuestra vida, lo palparemos en diversos momentos de nuestra historia personal. Ser agradecidos, debemos permanecer en la acción de gracias a la que nos invita San Pablo.
Una confianza en Dios que busca no tanto la satisfacción personal en la consecución de algunos bienes cuanto en el cumplimiento de la voluntad de Dios en cada uno. El cumplimiento de esa voluntad ha de ser nuestro objetivo prioritario: “busquen el Reino de Dios y su justicia; lo demás se les dará por añadidura”. El cumplimiento de la voluntad amabilísima de Dios es el hilo conductor de la vida terrena de Jesús: se encarnó, vivió y murió por cumplir la voluntad de Dios que quiere que todos se salven. Unidos a Jesucristo, el cumplimiento de esa voluntad será objetivo en nuestra vida, voluntad que cumpliremos por amor progresivamente en medio de nuestras fidelidades y rebeldías, que corregiremos mediante el arrepentimiento sincero. Así podremos rezar con pleno sentido el padrenuestro: “Hágase tu voluntad…”.
Jesús, en el texto evangélico que hemos escuchado, concreta la confianza en Dios, entre otros puntos, en el deseo y tenencia de los bienes materiales. Parece como si, a la distancia de dos mil años, estuviera contemplado nuestra realidad: amamos a Dios y también al dinero, nuestro corazón está dividido. Ciertamente necesitamos de bienes materiales para vivir de acuerdo con nuestra dignidad personal. Pero ello ha de ser en la medida en que nos ayudan a caminar hacia la salvación. De aquí la sobriedad en la tenencia y uso de los bienes materiales. La sociedad de consumo nos envuelve y busca cosas cada vez más sofisticadas para satisfacer nuestras necesidades, previamente nos han bombardeado con una publicidad, cada vez más sofisticada también, para que adquiramos los productos que han elaborado y obtener un beneficio.
Aparentemente, nada hay malo en esta cadena. Su defecto está en que el corazón se va apegando a los bienes materiales, generando un materialismo de la vida. Se requiere una lucha ascética, sobriedad, para no dejarse llevar por esas actitudes materialistas y usar de los bienes -tecnologías, ropa, diversiones, etc.- en tanto en cuanto nos sean necesarias para vivir dignamente como hijos de Dios y hermanos de todos.
La bonanza económica que vivimos, a diferencia de bastantes países europeos, no nos ha de llevar a olvidar a los más pobres entre nosotros, a quienes no llegan ni a una economía de subsistencia. Nuestra sobriedad ha de llevarnos a ser solidarios con ellos. Pensemos, por ejemplo, que este año habrá niños que no irán al colegio porque sus padres o quienes se preocupan por ellos carecen de medios económicos para adquirir los útiles escolares.
No puedo terminar sin decir alguna palabra a quienes viven en gran penuria económica. Por encima de todas las circunstancias, Dios les ama y quiere para ellos lo mejor. Si no les llega, es por defecto de nuestra sociedad poco solidaria tanto en la creación de puestos de trabajo como en compartir los bienes que se poseen. Es el momento de unirse a Cristo para participar de modo especial de su cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios, que le llevó a vivir pobremente y a no tener más que un madero para redimir al mundo, para llevar a la humanidad hacia Dios, hacia el Cielo. A la vez les animo a que sigan buscando los medios que necesitan, confiando en la gracia de Dios y en el buen corazón de tantas personas. Que no se desesperen ni angustien, que vivan serenos y alegres como Jesús en la tierra, como hacen tantas personas entre nosotros. Por encima de todo, Dios les ama más que una madre a sus hijos.
Acudimos a la Madre, pobre nazarena, para desear cumplir siempre la voluntad de Dios en cada uno y en todos, como ella hizo.
Chiclayo, 27 de febrero de 2011


