Predicación durante la Bendición de los ramos
Revivimos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Hay una acción de Dios en el interior de las personas, en nosotros, que lleva a reconocerle como Mesías, como aquél en quien Dios está presente de modo especial –es Dios-, como el que viene a salvar al mundo de sus pecados y males para llevarlo a la plenitud de una vida en paz y felicidad. Es un paso de Dios, sólo comprensible mediante la fe. Externamente lo más que se puede alcanzar es contagiarse por el entusiasmo del hombre de Dios, que habla con autoridad y hace muchos milagros.
Actualizar nuestra fe en Jesucristo, nuestro Salvador, presente ahora de un modo especial en esta acción litúrgica de la bendición de los ramos. También nosotros queremos aclamarle desde el fondo de nuestro corazón, acogiéndole diciendo: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
Se presenta en humildad, cabalgando en un borrico, aunque antes fuese cabalgadura de reyes, sin armadura ni vestidos lujosos, sin poder militar o político. ¿Quién tendrá miedo de acercarse a El? Nos acercarnos a El diciéndole que sólo a El queremos someter nuestra libertad de modo absoluto, porque es nuestro Dios y Salvador. Como los discípulos de entonces que fueron a buscar el borrico tal como Jesús les había pedido, nosotros estemos dispuestos a obedecer sus mandatos y, como ellos, dar explicación a quien nos pregunte de por qué hacemos lo que Jesús nos dice.
Renovemos nuestra fe y nuestro amor para que Jesús camine con cada uno de nosotros por los caminos de la vida y muchos puedan reconocerle como su Dios y Redentor: que le reconozcamos siempre como el único que da sentido a nuestra vida, que todo lo demás es relativo.
Sin duda que, entre el grupo de los que le acompañaban, estaba su madre, María. Pongámonos cerca de Ella.
Chiclayo, 5 de abril de 2009
|