Homilía de Domingo de Ramos
La liturgia del Domingo de Ramos revive el ambiente de aquella primera Semana Santa: el contraste entre las aclamaciones a Jesús como Mesías y el “crucifícale”, que grita el pueblo. Puede ser nuestra propia historia de fe: momentos de fervor cristiano y momentos de desentenderse de Jesús. Pero, como Jesús, permanecer firmes en nuestra decisión de amar a Dios sobre todas las cosas.
La Santa Misa, con la liturgia de la Palabra, nos centra en el misterio de Jesucristo abatido por las fuerzas del pecado y del mal, a pesar de ser Dios: asume en profundidad la realidad humana, abatida por el pecado, para llevar a los hombres y mujeres de este mundo pecador hasta la santidad de Dios. Cargado con nuestros pecados, sometido a las fuerzas del mal como si Dios estuviera escondido, va hasta el final de sus días con el único deseo de cumplir la voluntad de Dios, de que Dios sea reconocido como tal y acepte en El a la humanidad entera, que vuelve hacia El en una actitud de entrega total.
La Pasión y Muerte de Jesucristo es una constante afirmación de Dios, pues ninguno de los dolores físicos y morales pudo apartarle de Dios ni por un momento, ni siquiera cuando parecía no verle. Todo su ser humano fue destruido paso a paso. Era la destrucción del hombre de pecado para que diera origen al hombre nuevo recreado por Dios en la Resurrección.
Esa destrucción se ha continuado en la historia de modo sistemático y cruel en tantas personas que son violentadas, explotadas, privadas de su dignidad personal por la locura y el egoísmo de los hombres, por el afán de tener a cualquier precio: asesinatos, explotación sexual de niños, adolescentes o mayores, esclavos, deformados por medios de comunicación al servicio de grupos de poder o económicos, privados de la satisfacción de necesidades básicas como el comer, la casa, la familia, la educación, etc.
Es tarea de nosotros, cristianos, hacer que todos esos dolores, que suelen tener origen en muchos pecados personales (pecados sociales), sean unidos a la Pasión de Cristo. De ese modo aprovechará a todos para su santificación y salvación, para que el mal sea vencido por la fuerza de la fe y del amor, para que la verdad triunfe sobre tanta mentira como pone de manifiesto, por ejemplo, la crisis económica, para que Cristo, la Verdad, triunfe cada vez más sobre el padre de la mentira, el demonio. Que llevemos al Mesías sobre los hombros de nuestra fe con obras en la vida diaria.
María vivió intensamente los momentos de la Pasión y Muerte de su hijo. Ella acompaña sobre todo a cuantos experimentan en sus vidas el dolor que causa tanto pecado y les anima a tomar la cruz de Jesús para permanecer firmes en la fe y fuertes en la esperanza de vida plena en Dios.
Chiclayo, 5 de abril de 2009
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