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Jueves Santo

Homilía de Misa Crismal 2009

      Hemos vivido un tiempo en que, con frecuencia, han salido en los medios alguna información sobre la conducta negativa de algunos hermanos nuestros. Sin embargo, como dice Aparecida, “valoramos y agradecemos con gozo que la inmensa mayoría de los presbíteros vivan su ministerio con fidelidad y sean modelo para los demás” (n. 191). Y el Directorio para el Ministerio y la Vida de los Presbíteros ya había afirmado: “Es un motivo de consuelo que hoy la gran mayoría de los sacerdotes de todas las edades desarrollan su ministerio con un esfuerzo gozoso, frecuentemente fruto de un heroísmo silencioso” (n. 37).

      Este juicio positivo de la Iglesia nos dispone a la renovación de las promesas hechas el día de la Ordenación Sacerdotal. Queremos unirnos más fuertemente a Cristo y configurarnos con él. Es una disposición que marca toda nuestra vida: queremos que Cristo, Sacerdote y Pastor de la Iglesia, sea percibido por los fieles en nuestra conducta de cada día, de modo que los fieles vean en nosotros “fieles dispensadores de los misterios de Dios” y se muevan a un seguimiento más fiel de Jesucristo. Como consecuencia, siguiendo al Misal Romano, los presbíteros renuncian a sí mismos y se reafirman en la promesa de cumplir los sagrados deberes por amor a Cristo y servicio a la Iglesia.

      Hoy agradecemos al Señor, junto con la institución de la Eucaristía, la institución del don del Sacerdocio ministerial. Somos conscientes de este don, del que nos sentimos depositarios para la edificación de la Iglesia. Un don que, desde el punto de vista personal, llevamos en vasos quebradizos, por lo que debemos poner todos los medios para no derramarlo y para presentarlo en toda su belleza.

      El cuidado del Sacerdocio exige del sacerdote una vida espiritual intensa, caracterizada por la unión creciente con Jesucristo a través del ejercicio de su ministerio. Vida espiritual que gira en torno a la celebración diaria de la Santa Misa, en la cual debemos profundizar nuestra configuración con Cristo que ofrece su vida para la gloria del Padre y santificación de los hermanos: la celebración de la Santa Misa, poniendo en ella nuestras energías físicas y espirituales, nuestra vida humana y teologal, es el fundamento para que Cristo se manifieste cada vez más en nuestra vida. Superar cansancios, rutinas y distracciones, sobre todo cuando deben celebrarse dos, tres o cuatro misas. Cuidar la preparación remota e inmediata y la acción de gracias dentro o fuera de la celebración.

      El mismo Jesús nos da ejemplo de oración para ser sacerdotes santos. Ejemplo que se continuará en los Apóstoles (“debemos dedicarnos a la oración” de Hechos) y tantos sacerdotes santos hasta nuestros días. Así lo piden numerosos documentos de la Iglesia. Dedicar todos los días al menos un tiempo largo de oración personal, de intimidad con Jesucristo. El desaliento y el desengaño que podemos padecer a veces pueden tener su origen en la falta de oración personal, en la falta de esos momentos en que el alma se adentra en el Corazón misericordioso del Sumo Sacerdote. La oración sincera nos moverá a un mayor dinamismo apostólico, a tener iniciativas para acercar a muchos, o uno a uno, al contacto con el fuego del amor de Jesucristo. Evitará que caigamos en una pastoral de sostenimiento y resonarán con fuerza en nuestro interior las palabras del Apóstol: “¡Ay de mí si no evangelizo!”. Y aquellas otras: “El amor de Cristo nos urge”.

      Junto a la celebración de la Santa Misa y a la oración personal no debe faltar ningún día el rezo íntegro de la Liturgia de las Horas. Es la oración de la Iglesia, a la que queremos servir fielmente y con la que nos comprometimos en la Ordenación diaconal, haciendo nuestra la oración que nos entregó. En lo posible, distribuyamos las horas a lo largo del día o adelantemos en los días que se prevén complicados. Es una gran fuente para la vida interior, la predicación y sacar adelante tantas tareas pastorales.

      La falta de resultados palpables en el ministerio podrá enfriar tal vez nuestra caridad pastoral. Si hay vida interior, reaccionaremos conscientes de que lo nuestro es sembrar y regar, de que el Reino de Dios es fundamentalmente interior y se desarrolla de modo muy diverso, según la parábola del sembrador. Nuestra tarea consistirá muchas veces en remover los obstáculos de la ignorancia, de la superficialidad, de los hábitos negativos, con la paciencia del gran artista de la santidad que es el Espíritu Santo, al que invocamos en diversas ocasiones. Jesús nos ha dejado un gran ejemplo en el trato con sus discípulos y oyentes en general. Actuemos con la esperanza de que el fruto se dará, aunque no lo veamos, y otros lo recojan.

      En este día volvemos la mirada agradecida a nuestra Madre, María, madre de los sacerdotes. Queremos aprender de Ella a caminar con Jesús, el Buen Pastor, que sube a lo alto de la entrega total para ser glorificado por el Padre. No nos dispensemos del rezo diario del Santo Rosario para contemplar con María el rostro de Jesús.

Chiclayo, 9 de abril de 2009


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