Homilía de Pascua de Resurreción 2009
El gran anuncio de esta noche, de la Pascua: “HA RESUCITADO, no está aquí”. Así lo comunican los ángeles a las mujeres que fueron al sepulcro. Jesucristo había descendido a los infiernos, al lugar de la muerte, al lugar donde la ausencia de Dios se llena con la esperanza de contemplarle un día cara a cara. Así convenía a Jesús, que asumió nuestra condición humana. Ahora ya salió a la nueva vida y va llevando tras de sí a cuantos esperaban su venida redentora.
Ya salió de ese lugar porque Dios lo resucitó. De este hecho fueron testigos los discípulos de Jesús en número de quinientos, como refiere San Pablo. Ahora vive para siempre. Sus discípulos convivieron con El durante cuarenta días hasta que subió al Cielo, hasta que tomaron experiencia de que Jesús era el Mesías humillado, muerto y que volvió a la vida, tal como había anunciado, que era verdad cuanto les había dicho. Una experiencia perceptible para nosotros en la fe, supuesto que queramos ser verdaderamente discípulos suyos. Como a los discípulos, también Jesús nos busca a través de los caminos de la vida y enardece nuestro corazón como a los de Emaús o a Tomás o a los once reunidos en el Cenáculo.
La Carta a los Romanos nos ha explicado esa realidad “que acontece en el Bautismo. En efecto, el Bautismo es más que un baño o una purificación. Es más que la entrada en una comunidad. Es un nuevo nacimiento. Un nuevo inicio de vida” (BENEDICTO XVI, Homilía en la Vigilia Pascual 2007). A semejanza del paso del Mar Rojo –paso de la muerte a la vida-, por el Bautismo el pecado es destruido y la vida de Dios comienza en el bautizado. El bautizado participa ya de la vida de Dios, ha comenzado a ser hijo de Dios. Como tal, tiene derecho a los bienes de Dios y a la herencia eterna, tal como explica la parábola del hijo pródigo. Vivir confiados en Dios.
En el bautismo fuimos “incorporados” a Jesucristo, ha dicho San Pablo. Ahora somos pertenencia suya, su destino es el nuestro. Por tanto, nos dice el Apóstol, ya no vivamos para nosotros mismos, para nuestros egoísmos, que llevan a la esclavitud del pecado y a la muerte, sino para Dios, porque eso es lo nuestro, es una nueva vida, una nueva condición. Ciertamente que hemos de vivir aún la vida nueva en medio de este mundo, donde hay tanto pecado, tanto mal. Pero creamos: Cristo ha vencido al mal en su raíz. El es nuestra fuerza y el fundamento de nuestro optimismo ante la vida.
En la Resurrección, Jesucristo muestra el amor que es más fuerte que la muerte, pues ha ido más allá de ella, y la ha superado, la ha vencido con la fuerza de su amor manifestado en la Resurrección. El mismo amor antes y después, con circunstancias diversas. Solidario con la humanidad, “a través de la muerte El toma de la mano a Adán, a todos los hombres que esperan y los lleva a la luz” (l. c.), a la vida llena de sentido por la fe y el Bautismo; los orienta hacia Dios, destino del hombre. Con un escritor antiguo, escuchemos su voz: “Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial” (Liturgia de las Horas, 2ª lectura del Sábado Santo).
En la lectura de la Pasión en el Oficio del Viernes Santo, escuchábamos el momento en que Jesús nos entregaba a María como madre nuestra, como madre de cuantos por el Bautismo quedamos incorporados a El. Que, como Juan, la recibamos como el gran legado de Jesús, tratando de alegrarle con nuestro cariño y nuestra conducta, con nuestras peticiones, que son signo de confianza filial.
Chiclayo, 12 de abril de 2009
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