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Sábado Santo

      "Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando en oración y ayuno su resurrección (Circ 73).

      El sábado santo, día del descanso en el sepulcro, es realmente día alitúrgico (sin celebraciones de ningún tipo), pues no tiene misa ni comunión; si se prescinde de la vigilia pascual, sólo queda para la liturgia de este día el rezo de las horas.

      Es este un día de luto para la Iglesia pues Cristo el Señor ha muerto, pero a la vez es un día de esperanza en la resurrección.

      Es el día del silencio: la comunidad cristiana vela junto al sepulcro. Callan las campanas y los instrumentos. Se ensaya el aleluya, pero en voz baja. Es día para profundizar. Para contemplar. El altar está despojado. El sagrario, abierto y vacío.

      Acompañemos en el silencio del sepulcro a Jesús. Acompañemos en el silencio del dolor a María y a los apóstoles. Es el día de la reflexión antes de la gran pascua por la resurrección del Salvador. La Cruz sigue entronizada desde ayer. Central, iluminada, con un paño rojo, con un laurel de victoria. Dios ha muerto. Ha querido vencer con su propio dolor el mal de la humanidad.

      Es el día de la ausencia. El Esposo nos ha sido arrebatado. Día de dolor, de reposo, de esperanza, de soledad. El mismo Cristo está callado. Él, que es el Verbo, la Palabra, está callado. Después de su último grito de la cruz "¿por qué me has abandonado"?- ahora él calla en el sepulcro. Descansa: "consummatum est", "todo se ha cumplido". Pero este silencio se puede llamar plenitud de la palabra. El anonadamiento, es elocuente. "Fulget crucis mysterium": "resplandece el misterio de la Cruz."

      El sábado es el día en que experimentamos el vacío. Si la fe, ungida de esperanza, no viera el horizonte último de esta realidad, caeríamos en el desaliento: "nosotros esperábamos... ", decían los discípulos de Emaús.

      El sábado está en el corazón mismo del Triduo Pascual. Entre la muerte del Viernes y la resurrección del Domingo nos detenemos en el sepulcro. Un día puente, pero con personalidad. Son tres aspectos - no tanto momentos cronológicos - de un mismo y único misterio, el misterio de la Pascua de Jesús: muerto, sepultado, resucitado:

      "...se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo...se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, es decir conociese el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo, durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos. Es el misterio del Sábado Santo en el que Cristo depositado en la tumba manifiesta el gran reposo sabático de Dios después de realizar la salvación de los hombres, que establece en la paz al universo entero".

      Es el día en que cada uno de nosotros, juntamente con toda la Iglesia, meditemos los grandes misterios hasta ahora vividos; oración profunda que debe llevarnos hacia un cambio radical en nuestras vidas. Los apóstoles se habían reunido en un lugar aparte para asimilar la muerte del Maestro, pero ellos no quedaron en "la muerte", esperaban "algo más", ese algo que Cristo a lo largo de su vida pública había anunciado.

      Y es María Magdalena, aquella que había ungido al Señor antes de su muerte la encargada de anunciar ese "algo" tan esperado, la espera había concluido ¡El Señor había resucitado!. Ese anuncio de la Magdalena que movió a Pedro y a Juan a ir hacia el sepulcro vacío es el mismo anuncio que debe de llevarnos a unirnos en el anuncio del kerigma - resurrección del Señor- que celebraremos en esta noche santa en que "muertas las cadenas de la muerte" ( cf. pregón pascual) Dios nos da la vida y la gloria.

      Preparémonos desde el fondo de nuestro corazón.


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