Homilía de Oficios de Viernes Santo 2009
En el profeta Isaías, la Iglesia ve descrita anticipadamente la redención obrada por Jesucristo. El poema del Siervo de Yahvé nos habla de un hombre despreciado, con aspecto desagradable, “triturado por nuestros crímenes”. Aceptó voluntariamente esa humillación. Por ello salvará a muchos de los pecados y Dios lo exaltará, concediéndole la abundancia de sus bienes. La lectura de la Pasión nos ha permitido ver en panorámica la profecía de Isaías cumplida en Jesucristo.
La Carta a los Hebreos nos explica que ese cumplimiento permite que ahora podemos acercarnos confiadamente a Dios para “alcanzar misericordia” por nuestros pecados y “hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno”, en el momento de la tentación y de la prueba. Insiste en que el camino de la salvación eterna es la Pasión de Cristo con su oración de súplica y sus sufrimientos. Alcanzó la perfección en esa actitud reverente y entregada a la voluntad de Dios Padre.
La salvación, la perfección, nos explica la Carta a los Hebreos, la alcanzaremos por Cristo, si, como El, obedecemos a Dios. Dicho de otro modo, el camino de la salvación es el camino trazado por Jesucristo, cargando con la cruz de cada día. Permaneciendo “firmes en la fe que profesamos”, aprenderemos a vivir como hijos de Dios en medio de los sufrimientos y dificultades de esta vida. Como nos muestra la Biblia desde el comienzo, se trata de vivir la esperanza en Dios contra toda esperanza: confiar que Dios nos dará lo mejor aun cuando parezca que Dios se olvidó de nosotros, aun cuando humanamente parezca un despropósito, un sinsentido seguir confiando en Dios.
Mantener firme nuestra fe en medio de este mundo del que decimos que está tan mal. Trabajar a favor de los demás, aunque éstos pretendan aprovecharse de nosotros. Trabajar a favor de los demás, aunque parezca que todo está perdido. Esforzarse en superar nuestros defectos, que parecen insuperables.
La Pasión y Muerte de Cristo sigue siendo actual en tantas personas asesinadas a causa de su fe, en tantos que padecen la locura de la violencia y el crimen organizado, los esclavizados por la droga, los dominados por el sistema que les impide expresarse libremente, los niños que no verán la luz por culpa de tantos empeñados en destruir las vidas humanas más indefensas, en tantos niños o adolescentes que sufren por la irresponsabilidad de los padres, en quienes se ven empujados a una vida de pecado y degradante por el egoísmo de muchos, etc. En todos ellos continúa la Pasión de Cristo. Que, como Cirineo con Jesús, pongamos nuestro hombro para aliviar los males que hay a nuestro alrededor y más allá, si estuviera a nuestro alcance. No podemos ser sólo espectadores, nuestra fe ha de ser práctica. El Señor nos recompensará, El sabe cómo. El encuentro imprevisto de Simón de Cirene con Jesucristo influyó sin duda para que años más tarde sus hijos se encuentren entre los discípulos de Jesús.
Junto a la Cruz estaba María, su Madre, y el discípulo Juan. En la Cruz sólo hay una palabra clave que lo explica todo: Amor. En ese contexto de amor que lo da todo hasta el final, Jesús nos dio a su madre como madre nuestra. Que, como Juan, la acojamos como quien nos pertenece y la cuidemos como un gran regalo de Jesús. Ella, a su vez, cuida de nosotros, sus hijos. Al comulgar es un buen momento para agradecer a Jesús el don de su madre y madre nuestra, incluso de acogerla y tratarla con cariño confiado.
Chiclayo, 10 de abril de 2009
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